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Mi vida en Al Qaeda
Reseñas nº 94   |  16 de Julio de 2007
 

(Del libro Mi vida en Al Qaeda. Memorias de un espía occidental, de Omar Nasiri. Ediciones El Andén, S.L. Barcelona, junio de 2007)

Cuenta Gordon Corera en la Presentación del libro que el autor, oculto por razones obvias tras el pseudónimo con el que lo firma, se vio motivado para contar su historia por los sangrientos atentados suicidas del 7-J en Londres, en julio de 2005. Gracias a ellos decidió contactar a la BBC para contar su historia, en el deseo de que pudiera ser útil para abrir los ojos de muchos frente a una amenaza que se manifestaba con toda su crudeza, ahora en un escenario, Londres o para muchos “Londonistán”, que hasta entonces había sido un verdadero paraíso para yihadistas salafistas de todo el orbe.
 
La obra, narrada en primera persona, tiene pues mucho de denuncia, de instrumento pedagógico y, también, de necesaria catarsis tras una experiencia tan impactante como seguramente es pasar siete años de desgaste diario en círculos yihadistas salafistas. Aunque el testimonio de Omar Nasiri es en sí mismo muy completo, quien suscribe esta reseña no puede por menos que ponerlo en relación con obras anteriores muy similares y cuya lectura en bloque permitiría cerrar aún mejor el círculo del conocimiento sobre cómo funcionan las redes yihadistas salafistas, qué las sustenta, en qué escenarios han venido actuando y cómo lo han venido haciendo. Para quienes puedan al menos leer en la lengua de Molière les recomiendo dos lecturas adicionales que deberían hacerse antes de devorar el muy ameno libro de Nasiri.
 
El primero, por orden cronológico y también por orden de lectura, es Confession d’un émir du GIA, escrito por Patrick Forestier en colaboración con Ahmed Salam (París, Éditions Bernard Grasset&Fasquelle, 1999), seguramente el libro más estremecedor que haya leído hasta ahora. La segunda lectura, para hacerla a continuación e inmediatamente antes que la que aquí comentamos, sería la obra de Mohamed Sifaoui: Mes “frères” assassins. Comment j’ai infiltré une cellule d’Al-Qaïda (París, Le Cherche Midi, 2003). Si la Confesión de un emir del GIA explica cómo funcionaba el terrorismo en suelo argelino entre 1992 y 1996, pegado al terreno en la región occidental de Orán y explicando en detalle crueldades insoportables, el testimonio del periodista argelino Mohamed Sifaoui, el único de los tres autores que firma con su nombre auténtico, recoge en Mis “hermanos” asesinos. Cómo he infiltrado una célula de Al Qaida tres interminables meses de infiltración, situada cronológicamente en 2002, en una célula de Al Qaida en París. Ambos tienen pues horizontes limitados, el primero exclusivamente argelino aunque sin olvidar la importancia que la frontera del Oranesado con Marruecos tuvo en el esfuerzo terrorista del GIA, y el segundo París y sus alrededores donde no obstante desfilan ante el lector individuos y células de los distintos países magrebíes que giran en torno a iniciados “hermanos” argelinos que no pierden la ocasión de utilizar el Eurostar para desplazarse a Londonistán, a encontrar al guía Abu Hamza en su mezquita-centro de acogida de terroristas de Finsbury Park que también frecuentaría Omar Nasiri
 
Frente a ambos testimonios, más limitados en tiempo y espacio aunque extremadamente esclarecedores, Nasiri nos aporta ya el gran angular, tanto en términos temporales - su testimonio recoge nada menos que siete interminables años de infiltración en la red de redes, Al Qaida - como geográficos y operativos. En efecto, el recorrido en clave de globalización del terrorismo yihadista salafista de este marroquí se inicia por la “universidad” argelina del yihadismo salafista: la del Grupo Islámico Armado (GIA) en suelo europeo en la primera mitad de los años noventa, sanguinario grupo que supo superar los viejos recelos de los magrebíes entre sí, influidos por las políticas de sus gobiernos respectivos que tradicionalmente se daban la espalda unos a otros y así siguen, en gran medida, en la actualidad. Nasiri comienza su recorrido en Bélgica, donde en los primeros años noventa comprende las maldades del GIA y ello le lleva a ofrecerse a los servicios de inteligencia exterior franceses, la DGSE, para poner freno a los desmanes de esos asesinos. Interesante es subrayar que lo hace como musulmán, conocedor de los excesos introducidos por tales terroristas dentro de un Islam que debería identificarles, aislarles y combatirles. La parte intermedia de las vivencias del autor transcurre en diversos campos de entrenamiento terrorista en Afganistán, donde la organización era la propia de los círculos académicos: de la experiencia iniciática en el Campo “Khalden” Nasiri pasaba curso al Campo “Darunta”, donde confirmaba que allí se experimentaba con armas químicas como el gas mostaza a las órdenes de Abu Jalab al-Masri: aparte de ofrecer en esta segunda parte una interesante galería de personajes de Al Qaida como Abu Zubayda, responsable de reclutamiento en Peshawar y hoy preso en Guatánamo, o Ibn al-Sheij al-Libi, responsable del Campo “Khalden” y que habría sido entregado por los EEUU a Libia en abril de 2006, narra el aprovechamiento que los yihadistas podían hacer de un Estado fallido en el que viejas infraestructuras militares soviéticas servían para un entrenamiento a la antigua. Tal realidad contrasta con las dificultades que hoy afrontan en términos de entrenamiento los yihadistas salafistas, debiendo hacer uso los aspirantes a terroristas de infraestructuras mucho más básicas, como las existentes en las tierras paquistaníes fronterizas con Afganistán, o incluso las inexistentes como es el caso de los campos de entrenamiento móviles en el Sahel, buscados con ahínco por los medios de inteligencia estadounidenses y hostigados por sus fuerzas especiales que apoyan a sus homólogos de países magrebíes y sahelianos en este importante frente de la lucha global contra el terrorismo. El tercer y último capítulo se refiere expresamente a Londonistán, descrito pormenorizadamente en términos de reproche a un Reino Unido que durante años cerró los ojos a una realidad terrorista representada por siniestros individuos como Abu Qutada, felizmente encarcelado hoy después de largos años de impunidad y a la espera de una posible extradición a su Jordania natal, Omar Bakri o el egipcio Abu Hamza, este último un pintoresco personaje cuya influencia ha sido también muy dañina para muchos musulmanes que recalaban en Londres. Abu Hamza no fue detenido hasta 2004 porque Washington se lo pidió a Londres y fue juzgado a principios de 2006 y condenado a siete años de prisión. Es significativo que en este apartado, más breve que el dedicado a Afganistán, el autor afirme en un momento dado que pasó más miedo en los círculos yihadistas londinenses que en los campos afganos.
 
Nasiri justifica sus actividades en la lucha contra el terrorismo yihadista más para liberar al Islam de la radicalización y de la intolerancia, que para servir a un Occidente al que reprocha en términos generales por haberse olvidado de los miles y miles de musulmanes asesinados por los radicales y, ya en lo personal, por haberle desaprovechado durante años. La falta de una percepción común por parte de gobiernos y, en consecuencia, de sus servicios de inteligencia en torno a la verdadera naturaleza de la amenaza en los años aquí tratados, por un lado, y cierta desconfianza hacia el infiltrado musulmán del que a veces se recela por el riesgo de que pueda acabar cayendo en un momento dado en las redes ideológicas y pseudorreligiosas a fin de cuentas son puestas de manifiesto en la obra. Aunque marroquí de nacimiento su conocimiento del GIA más temprano le lleva a recordar algo que, en pocas líneas, resume buena parte de la obra: “El 11-S no fue más que una espectacular extensión de la lógica perversa que utilizaba el GIA para justificar el asesinato de tantos inocentes en Argelia. Seguía la lógica de los atentados de París, la lógica de los atentados a las embajadas de Islamabad, Nairobi y Dar es Salaam. Después, sería la lógica de los atentados de Madrid y Londres. Es la lógica de la cadena de suministro: cualquiera que apoye al enemigo es un objetivo legitimo. Ya no hay civiles. Todo el mundo está en guerra” (página 463).
 
La pregunta que deberíamos hacernos tras leer esta obra es la siguiente: a la luz del conocimiento actual de las divisiones entre países y entre servicios de inteligencia a la hora de valorar elementos que indudablemente definían con claridad la naturaleza de la amenaza durante los años noventa, ¿en qué podríamos estar fallando hoy con respecto a los indicios, aparentemente aún más evidentes de los de otrora gracias a la pedagogía posterior al 11-S? ¿De qué tendremos que arrepentirnos dentro de una o dos décadas, o quizás antes, en lo que a la detección de la amenaza del terrorismo yihadista salafista y al combate contra él respecta?


 

 
 
Carlos Echeverría Jesús (Madrid, 26 de marzo de 1963) es Profesor de Relaciones Internacionales de la UNED y responsable de la Sección Observatorio del Islam de la revista mensual War Heat Internacional. Ha trabajado en diversas organizaciones internacionales (UEO, UE y OTAN) y entre 2003 y 2004 fue Coordinador en España del Proyecto "Undestanding Terrorism" financiado por el Departamento de Defensa de los EEUU a través del Institute for Defense Analysis (IDA). Como Analista del Grupo asume la dirección del área de Terrorismo Yihadista Salafista.


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