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Vencer en Afganistán
En letra impresa nº 779   |  28 de Junio de 2007
 

(Publicado en La Razón, 26 de junio de 2007)

España va a aumentar, en contra de lo anunciado por Rodríguez Zapatero, el contingente de efectivos desplegados en Afganistán. El envío de esos cincuenta nuevos soldados y apenas veinte policías es una decisión necesaria. Los nuevos efectivos tendrán la tarea de ayudar en el adiestramiento de las fuerzas armadas y de seguridad afganas, un objetivo básico para lograr la estabilización del país. Pero aumentar el contingente no es lo único, ni siquiera lo más importante, que debemos hacer para vencer en Afganistán. Urge antes que nada clarificar nuestra misión y establecer una estrategia más congruente unificando las operaciones en este país.
 
En Afganistán ha habido en los últimos años avances políticos notables, como la celebración de elecciones, la promulgación de una Constitución y una progresiva liberación femenina. Pero la reconstrucción del país resulta excesivamente lenta, lo que está defraudando las expectativas de una población que se muestra cada vez más hostil a la presencia extranjera. En el último año ha aumentado además el número de ataques contra las tropas de la OTAN, el número de víctimas y de forma especial los atentados terroristas suicidas. El conflicto se extiende progresivamente por todo el territorio, los señores de la guerra se han fortalecido y la producción de heroína ha aumentado de forma considerable.
 
Ante esta situación necesitamos una convergencia de nuestra actual estrategia dual sobre el terreno. Hoy persisten de hecho dos operaciones militares simultáneas en Afganistán. Por un lado, “Libertad Duradera” tiene como objetivo combatir los residuos del derrocado régimen talibán y eliminar a los terroristas de Al Qaida en este país. Por otro, “ISAF” es una operación de la OTAN, en la que participa España, que sirve de soporte a las labores de reconstrucción y trata de apoyar a las autoridades afganas a imponer su autoridad sobre el terreno.
 
A pesar de que recientemente se unificó el mando de ambas operaciones bajo un general estadounidense, la verdad es que ambas se solapan sobre el terreno creando interferencias contraproducentes. Así, los ataques realizados por la coalición generan en ocasiones víctimas civiles que despiertan una creciente hostilidad de la población hacia las fuerzas de la ISAF. Por otro lado, los señores de la guerra han sido aliados de Estados Unidos en su guerra contra los talibanes, pero se vuelven enemigos cuando ISAF apoya al Gobierno del presidente Karzay para imponer su autoridad sobre sus territorios. Finalmente, la droga constituye la principal fuente de financiación para insurgentes y terroristas, pero erradicar los cultivos solivianta a buena parte de la población que subsiste gracias a ellos.
 
Estas contradicciones ponen en evidencia la necesidad de definir una única estrategia enmarcada en una sola operación para el conjunto de Afganistán. La distinción entre la operación de paz que pretenden algunos países europeos y la operación de guerra que lideran los norteamericanos resulta contraproducente para nuestro objetivo común que es un Afganistán estable y en paz.
 
Para lograr esta estrategia única es necesario salvar dos obstáculos principales. En primer lugar, que los europeos asumamos como misión esencial en Afganistán la lucha contra el terrorismo y la derrota de la insurgencia talibán. Ambas cuestiones están en el mandato de la ONU que da legitimidad a nuestra presencia en este país. Afganistán no es, como hipócritamente defiende Zapatero, una mera misión humanitaria. Es también una misión de combate. Nuestros soldados no pueden permanecer acantonados en sus bases esperando el próximo ataque o confiar en que otros harán frente al enemigo común. España y Europa no tienen más opción que derrotar juntos a sus enemigos o sucumbir ante ellos.
 
El segundo requisito es que Estados Unidos esté dispuesto a delegar en la OTAN el mando de todas las operaciones. No será fácil después de frustrantes experiencias históricas. Pero si Estados Unidos necesita la ayuda de sus aliados europeos tiene a cambio que estar dispuesto a compartir las decisiones sobre el terreno.
 
Para lograr esta congruencia estratégica sería imprescindible que los gobiernos europeos, empezando por el español, levantaran las numerosas restricciones que han impuesto a sus contingentes nacionales para operar sobre el terreno. Hay países que prohíben a sus fuerzas actuar de noche, hay quién prohíbe que soldados de cualquier otra nacionalidad suban a sus medios aéreos, la mayoría de los europeos se abstiene de participar en misiones de combate contra los talibán y muchos de ellos prohíben a sus tropas moverse fuera de sus estrictas áreas de responsabilidad. Todas estas restricciones limitan hasta tal punto la capacidad de actuación y restringen de tal forma el mando sobre el terreno que son una vía segura hacia el fracaso de la operación.
 
Esta nueva estrategia unificada tiene su nudo gordiano en la cuestión del narcotráfico. Todos los esfuerzos realizados hasta la fecha tan sólo han dado como resultado un agravamiento del problema. Las fuerzas locales son incapaces de hacer frente por si solas a este desafío y la OTAN se inhibe de la cuestión porque no está entre sus misiones. Pero mientras no se elimine el flujo financiero que supone la droga para la insurgencia, el terrorismo y los señores de la guerra, será imposible que la misión de la Alianza pueda tener algún éxito. Es necesario por tanto una estrategia alternativa en este punto que contemple medidas audaces como podría ser la compra de la producción de amapola directamente a los agricultores afganos para su destrucción.
 
Zapatero puede tener la tentación de una retirada que le proporcione un nuevo rédito electoral. Sin embargo, nada sería más contraproducente para el futuro de nuestra seguridad. Afganistán volvería a ser la base donde Al Qaida pueda entrenar y enviar a miles de yihadistas dispuestos a atentar contra nuestras sociedades democráticas. Reforzaríamos el convencimiento de los radicales islamistas de que Occidente puede ser derrotado allí donde se le combate. Habríamos cedido una vez más al chantaje del terrorismo que pronto nos plantearía nuevas exigencias. No tenemos más alternativa por tanto que la victoria. La cuestión es en qué medida vamos a contribuir a ella y esta cuestión tiene más que ver con nuestra voluntad para vencer que con el número de soldados que enviemos.

 


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