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La jihad salafista que se puede estar gestando en España
Análisis nº 184   |  3 de Mayo de 2007
 
El Gobierno de Zapatero no tiene ningún motivo para no dedicar más esfuerzos profesionales y económicos a la prevención y contención de este tipo de terrorismo en España.
 
El atentando perpetrado en Argel el pasado 11 de abril ha vuelto a abrir el debate de la situación de peligro que vivimos en España ante la amenaza del terrorismo islamista. Absortos con el tema del fortalecido terrorismo de ETA, tendemos a olvidar que el peligro de la jihad está más cerca de lo que pensamos. Por mucho que el ministro Rubalcaba se empeñe en decirnos que no es necesario elevar los niveles de seguridad en España, las declaraciones de la Confederación Española de Policía (CEP) de los últimos días no tranquilizan a nadie: la falta de medios que denuncian para desempeñar correctamente su trabajo suponen una muestra más de la deficiente gestión de Zapatero, entregado a sus intereses personales de mantenerse en el poder a costa de lo que sea.
 
Al margen de esto que ya no sorprende a nadie, es preciso centrar el tema social que ello representa en España, con el fin de no crear una alarma ciudadana innecesaria, pero sin perder de vista el potencial que revela esta situación si no se ataja a tiempo. Por supuesto que no todos los musulmanes son terroristas, pero no hay que bajar la guardia sobre los que sí podrían llegar a serlo, o ya lo son, y solo esperan una orden para actuar.
 
Musulmanes y musulmanes
 
El islam es la segunda religión más extendida de la tierra tras el cristianismo, con más de 1.300 millones de creyentes, lo que significa que una de cada cinco personas del planeta es musulmana. Los hay de todas las etnias y nacionalidades (en China son 50 millones). Hay que destacar que sólo un 15% de los musulmanes es de origen árabe. Indonesia es el país en el que viven más musulmanes (180 millones). En la Unión Europea superan los 12 millones de personas.
 
En España hay unos 800.000 musulmanes, casi todos procedentes del Magreb, ya que entre marroquíes (563.012) y argelinos (47.079) suman más de la mitad de esta cifra (Datos publicados por el INE en marzo de 2007). La mayor concentración de este colectivo está en Madrid, Barcelona, Andalucía y la zona de Levante.
 
En España, el Islam es una realidad heterogénea, puesto que conviven dos grupos distintos de musulmanes: los que llevan muchos años en nuestro país, que se pueden considerar ya españoles, y los que proceden de la inmigración, que suelen llegar de forma ilegal, hasta que consiguen regularizar su situación en España.
 
Estos nuevos vecinos viven su fe en torno a una mezquita en particular, lo que hace que cada mezquita agrupe a los inmigrantes de un país concreto, llegándose a constituir en algo así como lo equivalente a las Casas de España que los españoles emigrantes han creado en los países de acogida, es decir, centros culturales y de reunión, donde acuden para relacionarse con los suyos.
 
Se da el caso de que incluso aquellos musulmanes que no son especialmente practicantes de su religión en su país de origen, al llegar a España, la mezquita se convierta en un lugar de acogida, sobre todo, para los jóvenes que llegan a nuestro país desorientados y deslumbrados por el sueño del primer mundo.
 
Estas mezquitas o centros de reunión se denominan mezquitas garaje, ya que a menudo es en este tipo de lugares donde se constituyen, al igual que en locales comerciales, bajos de viviendas y naves industriales.
 
No todos estos sitios están integrados en las instituciones que agrupan a casi la totalidad de la comunidad musulmana en España: la Unión de Comunidades Islámicas de España (UCIDE) y la Federación Española de Entidades Religiosas Islámicas (FEERI). Ambas conforman la Comisión Islámica de España (CIE), institución que firmó con el Gobierno los Acuerdos de Cooperación con el Estado español, en 1992. Dichos Acuerdos abordan asuntos como el estatuto de los dirigentes religiosos islámicos e imanes, la protección jurídica de las mezquitas, la enseñanza religiosa islámica en las escuelas, los beneficios fiscales y las festividades religiosas, por ejemplo. Dichos acuerdos suponen, con respecto al Islam, la expresión del derecho a la libertad religiosa garantizado por la Constitución española, pero no contienen los instrumentos necesarios para evitar la extensión del fundamentalismo.
 
Precisamente esta situación no beneficia a los musulmanes honrados que a raíz de los atentados de Argel han querido manifestar su preocupación. El portavoz del Centro Cultural Islámico de Madrid, Mohamed El Afifi, considera que los terroristas son "descerebrados, anormales y criminales" y aboga por tomar con cautela el mensaje de la vuelta del Islam, que Al Qaeda utiliza "para calentar a sus seguidores". Mohamed El Afif señala que "antes de que el terrorismo islamista apareciera en el mundo occidental, hemos padecido esta lacra en los países árabes. El terrorismo es una lacra que tenemos que combatir todos", al tiempo que lamenta que los musulmanes de bien "pagamos por la condición de víctimas y la mala imagen de verdugos".
 
¿Dónde está entonces el foco del peligro? Atención a los salafistas.
 
Los salafistas, Al Qaeda en el Magreb
 
El salafismo, que significa predecesores o primeras generaciones, es un movimiento reformista musulmán que surgió en Egipto a finales del siglo XIX al calor de la Nahda o renacimiento cultural árabe.
 
El objetivo del salafismo era reformar la doctrina islámica para adaptarla a los tiempos. Fue producto del intenso contacto que se produjo entre el mundo islámico y el occidental desde mediados del siglo XIX, que trató de hallar una vía de modernización específicamente islámica. Este movimiento se enfrenta tanto a las doctrinas que establecen una identificación entre modernización y occidentalización (cuyo máximo exponente sería la Turquía de Atatürk unas décadas más tarde) como a las de corte tradicionalista, que rechazan la modernidad procedente de Occidente como algo intrínsecamente destructor de lo islámico.
 
El nombre de salafistas, que remite a los musulmanes de los primeros tiempos, indica su voluntad de buscar los elementos para la reforma del islam en la doctrina original de esta fe, rechazando en mayor o menor medida la tradición islámica posterior. En ese aspecto, el salafismo es, en cierta medida, precursor de los movimientos posteriores llamados islamistas, aunque éstos tienen un carácter más específicamente político y han evolucionado a veces hacia posiciones alejadas o incluso, opuestas al salafismo. Algunos de estos movimientos utilizan la denominación de salafistas.
 
Esta es la filosofía que nutre al Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC) en Argelia, que nació hace nueve años de la mano de Hassan Hattab, aunque su líder actual es Abdelmalek Droudke, conocido también como Abu Musab Abd el-Wadoud. Tiene una gran capacidad para sembrar el terror en el país. Ha llegado a erigirse como el principal grupo terrorista del Magreb y se le calculan unos 800 hombres listos para operar en Argelia.
 
Tras el 11 de septiembre se aliaron con Al Qaeda y pasaron a denominarse Organización de Al Qaeda en el Magreb, de manera que bajo este sello están recopilando adeptos en Argelia, Túnez y Marruecos, que una vez entrenados, están listos para operar en Europa. E n sus países atacan a los intereses extranjeros, ya que  representan esa occidentalización contra la que luchan.
 
En Marruecos, el caldo de cultivo para el reclutamiento de terroristas de la marca de Al Qaeda en el Magreb es el barrio de Fida, en la periferia Casablanca, que si bien comenzó por ser un barrio de migrantes de otros lugares de Marruecos, su precaria situación y abandono ha propiciado que hoy sea el paraíso de traficantes, contrabandistas, delincuentes y mafiosos que controlan la inmigración clandestina hacia Europa y las redes de prostitución.
 
Dos factores han incrementado el nivel de radicalismo tanto en Argelia como en Marruecos. Por un lado, la amnistía otorgada en enero de 2005 por el presidente argelino, Abdelaziz Buteflika, que intentó poner fin a los enfrentamientos promoviendo la reconciliación nacional con los islamistas, que se plasmó  en  la Carta por la Paz y la Reconciliación, en la que se les ofrecía amnistía a cambio de renunciar a la violencia. De esta situación se beneficiaron miles de terroristas que fueron excarcelados durante los seis meses que duró la amnistía. Según la prensa del país, quedaron en libertad más de 2.500, y entre 250 y 300 firmaron su rendición hasta otoño de 2006. Además, se concedió inmunidad a los agentes de las fuerzas de seguridad que hubiesen cometido abusos. A la luz de los últimos atentados, es claro  que a los terroristas, ni agua.
 
En Marruecos, fue en 2002 cuando los islamistas del Partido de la Justicia y Desarrollo (legal y dialogante con el régimen), arrasaron en todos los barrios más conflictivos de Casablanca, incluído el Fida, gracias a su campaña de beneficiencia social, que sin embargo, no pudieron mantener por mucho tiempo dadas las enormes necesidades de estos barrios. Un nuevo fermento surgió como emulación de las organizaciones terroristas islámicas nucleadas en torno a Osama Ben Laden.
 
Los salafistas en España
 
El común denominador de los que se suponen implicados en el terrorismo yihadista en nuestro país responde al perfil de varón, entre 26 y 40 años, inmigrantes regulares de origen magrebí. Están ubicados en Madrid, Barcelona y Levante.
 
Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado han detectado que en los últimos dos años han llegado a España una quincena de imanes marroquíes extremistas salafistas que, de forma organizada, han ido haciéndose con el control de mezquitas en las provincias de Tarragona y Barcelona. La policía investiga qué organización está detrás de esta penetración salafista y de dónde consiguen los nuevos imanes los cuantiosos recursos financieros de que disponen. Se sospecha que la manera principal de financiarse radica en los asaltos a viviendas de noche, con sus moradores dentro, para sustraer tarjetas y pequeños objetos que venden, supuestamente, para sufragar al Grupo Salafista.
 
Hay que aclarar que la inmensa mayoría de los inmigrantes marroquíes, tanto en Cataluña como en el resto de España, practican un islam mucho más tolerante y abierto que el salafista por ser musulmanes sunís malakís.  La labor de los nuevos imanes que se están asentando en la zona tratan de radicalizar a estos colectivos para que se encierren en su comunidad y en su religión, y demonicen cualquier forma de integración en la sociedad.
 
La policía calcula que solo en Cataluña ya existen entre doce y quince mezquitas salafistas, consideradas muy activas.
 
Las FCSE afirman que el modus operandi de estos nuevos imanes salafistas consiste en desacreditar al imán local, dejándolo incluiso en ridículo en medio de un sermón. Llegan individualmente y actúan de forma aparentemente espontánea para que parezca que no pertenecen a ningún grupo organizado. Su bonanza económica les permite quedarse fuera del sistema público, es decir, no se empadronan ni ellos ni sus familias, no llevan a sus hijos a la escuela y, si tienen problemas de salud, acuden a la sanidad privada. De esta forma, están fuera del control legal.
 
Lo que procede
 
La primera conclusión que se desprende de estos datos es que el Gobierno de Zapatero no tiene ningún motivo para no dedicar más esfuerzos profesionales y económicos a la prevención y contención de este tipo de terrorismo en España. Hay que reforzar los mecanismos de integración social de estos nuevos vecinos, empezando por integrar a las autoridades musulmanas de nuestro país en la lucha contra este terrorismo que les afecta también a ellos, ya que al final, pueden acabar pagando justos por pecadores en el ámbito social.
 
También en muy importante vigilar a los reclusos de los centros penitenciarios, lugares idóneos para el reclutamiento de potenciales terroristas.
 
Es urgente que el Gobierno intensifique la cooperación antiterrorista con los gobiernos de países del Magreb, ya que ellos mismos están padeciendo el zarpazo del terror. Una buena cooperación política y policial es fundamental. Es imprescindible que las policías de ambos lados del Mediterráneo trabajen en consonancia contra las mafias de ilegales.
 
Sería muy interesante que Zapatero desplegara una buena política con sus socios europeos para implicarlos en el asunto, ya que es un problema que afecta a otros países de Europa, como hemos visto.
 
Mucho trabajo por hacer. No queda tiempo para ripios ni frases grandilocuentes, no vaya a ser que tengamos que arrepentirnos de no prestar la atención que el tema merece.

 
 
Ana Ortiz es Analista Adjunta en el área de Inmigración y Seguridad Interior.


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