(Publicado en Expansión, 7 de marzo de 2005)
Hace ahora seis meses que el presidente de Gobierno lanzó su idea de impulsar una alianza de civilizaciones entre el mundo occidental y el mundo islámico a fin de profundizar en el conocimiento mutuo y evitar la violencia y el terrorismo. La idea se le ocurrió a un sagaz diplomático español quien, preocupado por la creciente marginación de España en la escena internacional tuvo la ocurrencia de proponer que Rodríguez Zapatero lanzase en la Asamblea General de las Naciones Unidas una propuesta capaz de atraer la atención mundial. La iniciativa tuvo más audiencia entonces en la prensa doméstica que en la internacional, pero el gobierno no ha perdido ocasión para intentar difundir su idea y está preparando una gran cumbre para cuando obtenga los apoyos necesarios. Es difícil que lo consiga. La idea nació sin peso y ha provocado escaso entusiasmo, particularmente entre las naciones que más cuentan en la escena internacional. Por varias razones.
La primera porque se trata de una iniciativa que no es original. No sé si José Luis Rodríguez Zapatero era consciente, pero quien le convenció para incluir la propuesta en su discurso le estaba haciendo un flaco favor en ese sentido. Dejando al margen que la base teórica sobre la que se inspira la propuesta es una derivada, aunque resulte paradójico, de la doctrina ecuménica de la Iglesia católica actual, que llama con insistencia al entendimiento y la convivencia pacífica entre religiones (y , al fin y al cabo lo que distingue a las grandes civilizaciones no es otra cosa que sus creencias religiosas), la propuesta de la Alianza de Civilizaciones estaba repitiendo en Naciones Unidas algo que ya había experimentado con anterioridad esa misma organización y que no era otra cosa que la idea de Jatamí, el primer ministro iraní, del “diálogo de civilizaciones”. De hecho, la ONU había declarado el año 2001 el año del diálogo de civilizaciones, promoviendo una declaración formal que se aprobó al filo de los atentados del 11-S y que ya auguraba cuáles eran los límites de dicho diálogo. El esfuerzo de la ONU sólo sirvió para que Teherán se costeara un observatorio para el seguimiento del acercamiento entre los pueblos que ha tenido poco trabajo y menos resultados. Por tanto, lo que aspiraba a ser novedoso quedaba enterrado por los recuerdos de anteriores fracasos.
En segundo lugar, la idea de una Alianza de Civilizaciones como instrumento para erradicar la violencia y el terrorismo, tal y como anhela el gobierno español, no sólo es errónea sino muy peligrosa. Es errónea porque confunde el planteamiento del problema. Se cree que las causas del terrorismo se encuentran en el desconocimiento mutuo y en la incomprensión, en la falta de diálogo civilizacional y no en las condiciones políticas intrínsecas al mundo islámico. No puede obviarse el hecho de que el terrorismo internacional es, en realidad, terrorismo islámico y más concretamente, árabe. No son los países más pobres y con mayor índice de analfabetismo quienes exportan el terror, ni tampoco quienes producen terroristas. El terrorismo islámico es la resultante de opresión política, intolerancia religiosa y fanatismo educativo principalmente en los países más ricos del Oriente Medio, donde se ha legitimado y alimentado el odio y la violencia contra el mundo occidental y sus valores.
La idea de una Alianza de civilizaciones es, además, peligrosa porque antepone el diálogo con el enemigo al cambio. Esto es, asume que las civilizaciones son algo fijo, inmutable, todas con el mismo valor y todas con el mismo derecho a ser como son. No importa que en el mundo islámico se oprima a las mujeres, se enseñe que hay que combatir a los decadentes infieles occidentales y que se condene a la asfixia económica a millones de seres por hacer valer una lectura rígida del Corán. Respetar todo eso es lo que exige la Alianza de civilizaciones. Con talante, entendimiento y la palabra. El problema es que a estas alturas ya deberíamos saber a qué conduce permitir que la corrupción y la teocracia gobiernen sobre el mundo árabe. Los líderes espirituales de Arabia Saudí o Irán, así como los dictadores laicos, como en Siria, han dado buena prueba de ser incapaces de contener el terrorismo en su suelo. Eso cuando no lo han inspirado contra nosotros directamente. Hablar con ellos no les va a hacer cambiar. Al contrario, seguirán haciendo lo que han venido haciendo hasta ahora. Enviarnos a sus fanáticos de la muerte.
Finalmente, la Alianza de Civilizaciones de Zapatero es un fiasco porque se niega a admitir que su alternativa, la transformación del Oriente Medio, y no el acomodo o el apaciguamiento, es lo que está funcionando. La retirada de Irak fue coherente con las posiciones del PSOE en la oposición, pero también un suicidio desde el punto de vista de la lucha contra el terrorismo. Y no tanto porque se dejara que los terroristas creyeran que habían conseguido una importante victoria, sino porque el gobierno pensaba que abandonando la zona se ponía fin a la amenaza que pesaba sobre nosotros. Todo lo que se ha dicho sobre que los terroristas venían de Leganés y no de montañas y desiertos, apuntalaba esa concepción. Lástima que ahora sepamos que quienes volaron los trenes aquel desdichado 11-M también tenían pensado hacer lo mismo en la estación central de Nueva York. Es decir, que no limitaban su odio a lo que hizo el anterior gobierno del PP sino que se integraban en algo mucho más ambicioso y global. Nos atacaron no por lo que hacemos sino por lo que somos.
Retirarse para dialogar no resuelve nada porque deja que las condiciones que generan el terror sigan intactas. Sin embargo, como estamos viendo estos días, la ocupación de Irak, todavía ilegal para el actual presidente, está comenzando a dar sus frutos. No sólo se han celebrado las elecciones allí, sino que el Líbano se lanza a la calle para expulsar a los sirios y Hosni Mubarak, en Egipto, admite que se puedan presentar candidaturas alternativas en las próximas elecciones presidenciales. Basta leer la prensa árabe para darse cuenta de que hay un antes y un después de las elecciones en Irak. Y si algo empieza a moverse en la región no será gracias a Aliarse con sus dirigentes, sino por forzarles al cambio, a la apertura política y al respeto de los derechos de la persona. Si algo se mueve se debe a la firmeza de los Estados Unidos y al aguante de las tropas de la coalición internacional de la que nos salimos. Firmeza y aguante frente a los bárbaros, no alianza de nuestra civilización con la barbarie, porque la barbarie ni se alía ni respeta civilización alguna.