Washington: La trituradora

por Thomas Sowell, 28 de noviembre de 2006

El Secretario de Defensa Donald Rumsfeld se evaporó más rápida y calladamente que casi cualquiera que haya sido tan importante y tan controvertido durante tantos años.
           
Lo que diga la historia sobre él no lo podemos saber ahora porque la mayoría de nosotros no puede saber hoy todas las cosas que eran sabidas sólo por un pequeño círculo de aquellos que tenían todos los datos a su disposición - y todo el peso de la responsabilidad por las decisiones que tuvieran que tomarse bajo ineludibles incertidumbres y peligros.
 
Es difícil pensar en cualquier secretario de defensa que alguna vez haya sido popular y ciertamente Donald Rumsfeld no logró llenar ese histórico primero en ese departamento. Él se negaba a tolerar la estupidez a pesar de que los estúpidos constituyen una importante grey en Washington.
 
Sea cual fuere el veredicto de la historia sobre la guerra de Irak y sobre el Secretario Rumsfeld, ambos merecen ser tratados y debatidos a un nivel mucho más serio y responsable en lugar de que sea con citas jugosas en los medios, manipulación política y venenosos golpes bajos, los cuales se han convertido en algo demasiado normal.
 
Si las políticas de Donald Rumsfeld estuvieron erradas o no, eso no es motivo para aceptar disertaciones superficiales y hasta amarillistas en temas nacionales de gran trascendencia. Había una época en la que hasta los políticos entendían eso.
 
Cuando el Primer Ministro británico Neville Chamberlain murió a principios de la Segunda Guerra Mundial, guerra que sus propios errores provocaron y que casi pierde, Winston Churchill pronunció el discurso fúnebre a pesar de que Churchill tenía más razones que nadie para estar resentido con Chamberlain por haber hecho caso omiso a las advertencias de Churchill durante años.
 
“Neville Chamberlain actuó con perfecta sinceridad” dijo Churchill. ¿Cuánta gente diría eso hoy sobre un adversario político en un tema tan explosivo como la guerra y la paz?
 
Churchill dijo más, dijo que “a menudo se burlan del fracaso de nuestras esperanzas y de los reveses de nuestros cálculos” pero que “sin importar cómo pueda jugárnosla el destino, siempre marchamos en las filas de honor” cuando hemos dado lo mejor de nosotros mismos.
 
Lo mejor de Chamberlain fue desastroso y no estuvo a la altura, pero nadie podría acusarlo de haber hecho lo que hizo por motivos egoístas o corruptos - algo que se ha convertido en el modus operandi estándar para muchos en la actualidad. Era una época distinta pero necesitamos estar conscientes de lo que es posible y de cuánto hemos descendido desde aquellos días.
 
En Estados Unidos, Wendell Wilkie recibió la mayor cantidad de votos que ningún otro candidato republicano a la presidencia cuando se enfrentó a Franklin D. Roosevelt en 1940. Pero, después de que acabaron las elecciones, no se pasó el tiempo poniendo verde al Presidente Roosevelt. En realidad, llegó a convertirse en emisario de Roosevelt ante el Primer Ministro Winston Churchill.
 
El asunto no es si la gente debería ser simpática con Donald Rumsfeld o siquiera si la historia lo vindicará o si lo condenará. El verdadero asunto es si podemos tener discusiones de manera responsable, como adultos, sobre diversos temas en un momento cuando el destino de esta nación es incierto ya que está en su momento de mayor peligro con unos líderes temerarios y llenos de odio como los de Irán y Corea del Norte a punto de convertirse en amenazas nucleares.
 
A este país le hace falta poder contar con sus mejores ciudadanos de toda profesión y de todo el espectro político. Pero la nación no va a lograrlo si venir a Washington significa ver que la honrada reputación que uno se ha labrado durante toda una vida es arrastrada por el fango solamente porque alguien no está de acuerdo con uno en un tema político.
 
Nuestras audiencias para confirmar jueces federales se han convertido en un circo y en una desgracia. Candidatos que han luchado por los derechos civiles, incluso en los días cuando era un riesgo hacerlo, han sido catalogados como “racistas” solamente por pura táctica política para evitar que sean confirmados.
 
Washington se ha convertido en una trituradora política en la que destruir la reputación de la gente es un procedimiento estándar. La gente hábil y simplista afirma que “Si uno no puede aguantar la presión, mejor no entrar al juego”. Pero la pregunta que va más allá de eso es si este país puede darse el lujo de rechazar a gente que necesita desesperadamente pero quizá tenga demasiada dignidad como para permitir que pigmeos políticos vengan a ensuciar su reputación.
 
Hace falta que atraigamos aliados en el extranjero y también a americanos en casa. Sin embargo, demasiados en los medios de comunicación están prestos a poner verdes a nuestros aliados y a americanos por igual simplemente porque sus políticas no son de su agrado. Es un juego divertido para algunos. Pero es un juego peligroso cuando el país se enfrenta a amenazas sin precedentes.

 
 
Thomas Sowell  es un prolífico escritor de gran variedad de temas desde economía clásica a derechos civiles, autor de una docena de libros y cientos de artículos, la mayor parte de sus escritos son considerados pioneros entre los académicos.  Ganador del prestigioso premio Francis Boyer presentado por el American Enterprise Institute, actualmente es especialista decano del Instituto Hoover y de la Fundación Rose and Milton Friedman
 
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©2006 Traducido por Miryam Lindberg