Vista hacia Yemen

por Luis de la Corte Ibáñez, 27 de abril de 2011

(Publicado en El Imparcial, 24 de abril de 2011)
 
En lo que va de año 2011 las páginas de internacional no se han visto ni un solo día libre de informaciones inquietantes referentes a la calle árabe, o más concretamente en diversos países del norte de África y Oriente Próximo: Túnez, Egipto, Bahrein, en menor medida Marruecos e Irán, con el peor desenlace posible en Libia, donde las protestas y revueltas han derivado en una guerra civil parcialmente intervenida por un mandato (edulcorado e ineficiente) de la ONU, y con pronóstico reservado y crecientes riesgos, Siria y Yemen. La creciente represión ejercida por el régimen de Bashar al-Assad y su señalamiento por parte del presidente Obama, más el tiempo y el espacio que le han dedicado estos últimos días los medios de comunicación de todo el mundo probablemente hacen que el caso de Siria resulte más cercano a las opiniones públicas occidentales. Sin embargo, el asunto de Yemen no merece menos atención.
 
El pasado fin de semana, y después de que la policía causara la muerte a disparos a más de 130 manifestantes, el presidente de Yemen Ali Abdulá Saleh anunciaba su disposición a abandonar el poder en el plazo de un mes, acogiéndose así a una oferta de salida bajo inmunidad ofrecida por varios países del Golfo Pérsico. La propuesta, que también ha recibido el respaldo del conjunto del gobierno yemení y de la oposición política, incluye asimismo indicaciones referentes a la conformación de un gobierno de unidad nacional (que estaría liderado por los propios opositores) y la celebración de elecciones en un plazo de tres meses. La continuidad de las movilizaciones callejeras en Saná demuestra que sus responsables y protagonistas, principalmente integrado por jóvenes estudiantes, activistas sociales y otros sectores frustrados pero formados de la sociedad yemení, no se fían de la solución ofrecida por los dirigentes del Golfo ni tampoco se conforman con sus términos sino que exigen la dimisión inmediata del presidente y rechaza la inmunidad procesal para Saleh. En cualquier caso, todo parece apuntar a que la renuncia del presidente se consumará en breve, dando fin a más de tres décadas de gobierno ininterrumpido. La cuestión es cómo se producirá ese cambio y con qué consecuencias reales para Yemen y para el mundo.
 
De entrada, habrá que ver cuál es la actitud que adopta el estamento militar, los familiares y los miembros del partido de Saleh una vez que éste desaparezca de escena. Al mismo tiempo hay que contar igualmente con las reacciones del Comité Conjunto de Partidos (CCP), una coalición formada en 2002 por varios partidos de oposición entre los que sobresalen Islah (reforma), denominación abreviada de la formación islamista Congregación Islámica para la Reforma, y el Partido Socialista Yemení (PSY), quien gobernó en Yemen del Sur hasta su unificación con Yemen del Norte en 1990. Y no menos importante será el comportamiento de las tribus que componen el tejido social básico del país, en particular las tribus del norte agrupadas bajo las confederaciones Hashid y Bakeelk. Aunque no faltaron casos de connivencia entre algunos jeques tribales con la élite política, sobre todo los que provenían de Hashid (que incluía a la tribu de Saleh), las dos agrupaciones mencionadas tienen razones para mostrarse descontentas con el régimen aún imperante y por ello han venido prestado apoyo a las revueltas desde su inicio hasta la actualidad. Respecto a las influencias internacionales en el futuro proceso de transición política en Yemen la intervención de los países del Golfo deja bien clara su importancia. Hace ya meses que la monarquía de los Saud dieron por perdido a su tradicional socio Saleh, de ahí la iniciativa de facilitar su retirada. Arabia Saudí desempeñará un papel fundamental en los cambios políticos que hayan de venir y ello tanto por razones de interés como de capacidad. El interés no hace falta explicarlo: ambos países comparten fronteras, además de la amenaza común representada por una de las primeras franquicias de la red terrorista fundada por Osama Bin Laden: Al Qaida en la Península Arábiga (AQPA), la cual, tras provocar una cadena de atentados en Arabia Saudí y resultar consiguientemente diezmada por sus autoridades, logró resurgir de sus cenizas bajo la dirección de varios líderes yemeníes de Al Qaida, asentándose en el propio Yemen. En cuanto a su capacidad de influencia los saudíes mantienen relaciones con todos los actores políticos yemeníes, sin dejar fuera a los jeques de las tribus más poderosas. Y aunque no hace falta explicar a Estados Unidos la importancia de que la inestabilidad política no se adueñe de Yemen, no cabe duda de que Riad usará toda su influencia para alinear sus próximos movimientos en ese país del Golfo con los de la Casa Blanca.
 
Casi todos los actores mencionados tienen motivos para esforzarse en propiciar un proceso de transición en Yemen que acabe más pronto que tarde con la actual inestabilidad del país. Aunque esto no dependa sólo de ellos pues lo cierto es que son varias las condiciones y fuerzas que podrían operar en dirección inversa en los próximos meses. Se acaba de mencionar a Al Qaida en la Península Arábiga y conviene volver a recordarla, pues en los últimos tiempos esta formación no ha hecho sino aumentar su arraigo en el país, junto con sus fuerzas y capacidades, produciendo una buena cantidad de atentados dentro del país, recibiendo militantes yihadistas de otras naciones y regiones y sirviendo de base para la preparación de varios complots terroristas (felizmente frustrados) a perpetrar en Arabia saudí y en territorio estadounidense (lo explicamos recientemente en un informe publicado por el Instituto español de Estudios Estratégicos: “Al Qaeda en Yemen: una manaza en progresión”). Pero como ha señalado hace pocos días por Fernando Reinares, uno de nuestros mejores especialistas en terrorismo internacional, es justo ahora, gracias a la actual situación de inestabilidad, tensión y cambio político inminente, cuando AQPA podría volverse más peligrosa. De un lado, porque la coyuntura de los últimos meses ha perjudicado a la ofensiva antiterrorista que se había iniciado hace ya un par de años contra los militantes yihadistas. De otra parte, porque un posible escenario caracterizado por cierto vacío de poder y la desorientación previsible que se deriva de cualquier cambio de régimen, podría ayudar a que AQPA convirtiera cierta porción de Yemen en lo que ya hoy es en parte: un nuevo santuario para terroristas de todo el mundo, como lo han sido Afganistán, las áreas tribales de Pakistán o el Irak de los años posteriores a la caída de Sadam Hussein. Pero los problemas de actividad terrorista en Yemen tampoco acaban ahí sino que el país aún enfrenta dos amenazas insurgentes que se suman, pero no se combinan ni se mezclan con la de Al Qaida. En el norte los Huthi, un movimiento rebelde surgido de la Zaidiyah, rama dominante del chiísmo en Yemen (profesada por el 45% de su población), han liderado varias campañas violentas contra el Estado desde 2004 para oponerse a los agravios económicos, políticos, culturales y religiosos que el gobierno central impone sobre los chiíes del norte. Y desde 2009 un movimiento secesionista que opera en el sur de Yemen ha incrementado sus operaciones armadas, también en parte como respuesta a décadas de opresión institucional. Ninguno de estos problemas está resuelto y no sería extraño que sus protagonistas trataran de aprovechar la situación presente para reactivar sus movimientos, con claro perjuicio para la gestación de un cambio político sereno en Yemen.