(Publicado en La Gaceta, 17 de julio de 2010)
Como atestigua el testimonio de Sócrates, el peor castigo posible para los griegos, peor que la cárcel o la muerte, era el destierro, el repudio y la muerte cívica y social. De ahí el enfado de los disidentes cubanos expulsados por Castro y Moratinos a España.
Con su grosero destierro, mueren cívicamente, y el castrismo ha recuperado algo del oxígeno perdido.
Tanto que el propio Fidel ha aprovechado la ocasión para reaparecer a lo grande en los medios de comunicación. Interiormente, la maniobra permite al régimen castrista reciclar el arma cruel de la política penitenciaria. Primero seleccionando a unos y otros, castigando a los más empecinados y premiando a los proclives en un siniestro juego de utilización de miedos, esperanzas y angustias para dividir a la oposición.
Desactivados los disidentes deportados en un país comprometido a ahogar protestas futuras, el régimen puede tragarse y digerir sin problemas a otros aún en libertad. Ahora hay más espacio en las cárceles y sobre todo más espacio político para volver a llenarlas. Exteriormente, con la expulsión a un país convertido en colaborador de la vulneración de Derechos Humanos básicos –España–, Castro rompe el aislamiento, más aparente que real, de la dictadura comunista. Por lo que sabemos, el Gobierno español ha dado hasta ahora mejor trato a los islamistas de Guantánamo que a los disidentes cubanos. Ante la UE, es el más fiel abogado del castrismo. No es poca cosa para éste tener en Europa a un entusiasta aliado dispuesto a defender sus siniestros intereses.
En definitiva, la maniobra castrista supone una victoria importante para la dictadura: se libra de molestos testigos o futuros huelguistas y divide a posibles opositores, con las manos libres para seguir encarcelándolos y sepultándolos en oscuras prisiones. Además, totalmente gratis, cuenta con el apoyo de un país de la Unión Europea. Mejor, imposible.