¿Una Europa nueva?

por William Kristol, 3 de junio de 2005

(Publicado en Weekly Standard, edición del 6 de junio de 2005)

Ante un arrogante, distante y opresivo viejo régimen, una brisa de democracia puede ser liberadora. Y no sólo en Oriente Medio.
 
Cualquiera que sea el resultado del referéndum francés acerca de la constitución de la Unión Europea el domingo 29 de mayo y la votación holandesa el miércoles 1 de junio, está ya claro (conforme nos acercamos al viernes crucial, antes de las votaciones) que el debate público sobre los referenda y la posibilidad real de un resultado del “No”, podrían demostrar haber sido una experiencia liberadora para los europeos.
 
Déjese a un lado los dudosos méritos de la propia constitución. The Economist, normalmente pro-europeo y de alguna manera pro-estamento, ha llamado al rechazo de la constitución porque “el impulso central del documento es hacia más centralización”, lo que correctamente piensa que es una mala idea. Pero el debate no ha girado entorno a cuestiones del gobierno de la UE. Ha girado sobre algo más fundamental - un colapso de la confianza en el estamento político y mediático de Francia y Holanda, y de Europa occidental en conjunto.
 
Es difícil que los americanos aprecien lo distante que está el estamento (y realmente es un único estamento) de París, Berlín, La Haya, o Bruselas. Su arrogancia se encuentra más allá de toda creencia. El anterior presidente francés Valéry Giscard d'Estaing, el padre de la constitución de 448 artículos, despreció a principios de la campaña las quejas por la opacidad del documento asegurando a sus paisanos, “el texto se lee fácilmente y se expresa absolutamente bien, lo que puedo decir más fácilmente puesto que lo escribí yo mismo”. Como comentó Ivan Rioufol, de Le Figaro, escribiendo en el Wall Street Journal, “el francés no sabía si simplemente era cínico, o no era consciente de lo absurdo de su declaración. Y así se convirtió en una caricatura del político distante obsesionado consigo mismo”.
 
Por otra parte, el ministro europeo de Holanda, Atzo Nicolai, partidario de la constitución, reconoce que “la gente dice que se han hecho demasiados cambios importantes sin debate real - y en eso están en lo cierto”. Así que el debate de la constitución abre la perspectiva de un debate más general, y la ocasión de volver a pensar en general ampliamente -- el fracaso de los estados del bienestar de Europa y las economías de crecimiento ridículo que niega cualquier crecimiento; o sus políticas fallidas de inmigración y multiculturalidad; o su antiamericanismo y chulería frente a la causa de la libertad y la democracia por todo el mundo; o su fracaso a la hora de ser serios acerca de las amenazas que afrontan y afrontamos. Todos estos son ahora temas legítimos de debate público.
 
Para que los americanos capten el carácter del momento, ayuda pensar de nuevo en los primeros años 90. Piénsese en el derrumbamiento de la New York City bajo David Dinkins y las políticas urbanas liberales en general. Piénsese en el escándalo de las actividades bancarias de la Cámara, y la primera y distante administración Bush, y el liberalismo ritualista del Partido Demócrata. Después piénsese en 1992: El fenómeno Perot es comparable a la revuelta contra la constitución de la UE - ruidoso, confuso, pero no carente de sentido.
 
La buena noticia para América es que el descontento de los primeros años 90 produjo un Rudy Giuliani para gobernar Nueva York, un Bill Clinton para redefinir (temporalmente) el Partido Demócrata, y un Newt Gingrich para revitalizar a los Republicanos. En Europa hoy, hay muestras de Clinton-Giuliani-Gingrichismo en el ascenso de Nicolas Sarkozy en Francia, y de algunos jóvenes (me atrevo a llamarlos) neoconservadores y neoliberales de pensamiento fresco por toda Europa.
 
Pero los pensadores frescos no han podido irrumpir hasta la fecha. Es como si fuera 1996, y no hubiera habido redefinición Clintoniana de los Demócratas, y Bob Michel liderara aún a los Republicanos de la Cámara, y no hubiera habido alcaldía de Giuliani en Nueva York, y como si no hubiera habido ninguna reforma social del Congreso, y ninguna intervención americana en Bosnia - y los medios de noticias alternativos estuvieran aún en pañales, y no hubiera emergido ninguna contracultura académica. Esa es Europa hoy.
 
Europa merece más que la clase política y el discurso político (por utilizar una formulación europea) con los que se ha quedado tirada. A este respecto, los izquierdistas que se reunieron en París contra la constitución el miércoles pasado tenían razón al insistir en que su “No” era “un No esperanzado”. Éste es un momento de esperanza - para las perspectivas de una Europa fuerte, pro-americana, pro-libertad, de mercado más o menos libre y libre cambio, revigorizada social y moralmente. En todo caso, como sugiere el Ivan Rioufol de Le Figaro, el referéndum, cualquiera que sea su resultado, ya ha tenido un “efecto liberador”. Rioufol explica, “introdujo la libertad de discurso en el debate político francés. Hasta este momento, la oligarquía política y el pensamiento de los grupos políticamente correctos de los medios habían silenciado cualquier mentalidad crítica... La rebelión de la gente y su demanda de “verdadero diálogo” están barriendo la vieja escena política y su corrección política”.
 
Lo que se cumple en Francia, se cumple en Europa como un todo. Lo que seguirá a las votaciones de esta semana es confuso. Pero el pueblo francés, y otros en Europa, pueden estar asegurando una oportunidad de pensamiento y acción frescos para sí mismos. ¡Vive la France!.
 
 
William Kristol es editor del Weekly Standard y presidente del Project for the New American Century.