Una Estrategia prescindible

por GEES, 27 de junio de 2013

 El principal problema en términos de seguridad para un país comienza cuando no tiene conciencia de la importancia de este asunto, y centra su interés en otras cuestiones que le parecen más acuciantes. Es lo que ocurre con el Gobierno español: centrado obsesivamente en cuestiones económicas, descuida otras a largo plazo fundamentales. Pese al deterioro de la situación a nuestro alrededor, ni la defensa ni la política exterior están entre las prioridades del Gobierno de Rajoy. Ambas están hoy abandonadas a su inercia, a la deriva, y a merced de los acontecimientos puntuales que van surgiendo.

 
En su día se anunció con solemnidad una nueva Estrategia de Seguridad Nacional. Pero la debilidad y desinterés del Gobierno en estos temas le ha llevado a buscar como objetivo, no explicitar una política de seguridad propia, sino contar con el beneplácito del PSOE y no ganarse su oposición. Para que esto fuese posible había dos exigencias: en primer lugar, lograr un texto premeditadamente ambiguo, sin concreción ni desarrollo, fruto de un "corta y pega" superficial de las partes más genéricas de diversos documentos internacionales, que fuese capaz de contentar al caótico partido de la oposición a base de decir poco o nada sobre las preferencias del Gobierno.
 
La segunda exigencia para la nueva Estrategia de Seguridad Nacional era el continuismo. Así, el texto presentado recientemente es una continuación poco disimulada del texto de Zapatero, Chacón y Solana del año 2011. El buenismo, el internacionalismo y el cooperacionismo no encuentran en este texto menor acomodo que en aquél; la nula preocupación por nuestro entorno y por los dramáticos cambios a nuestro alrededor sigue ausente; lo mismo que una lectura actual de la situación europea, norteamericana y aliada, más allá de los tópicos habituales. Desde este punto de vista, la Estrategia de Seguridad Nacional 2013 es un texto anacrónico y anticuado.
 
Un texto vacío de contenido tiene la virtud de no contar con la oposición de nadie. Aquí no hay contenidos novedosos ni iniciativas nuevas que molesten. Y un texto de tinte progresista tiene la virtud de no soliviantar a la izquierda en la oposición. Si ese era el objetivo del Gobierno, misión cumplida: los del "no a la guerra" no protestarán. Al menos de momento, al menos por esto.
 
Ahora bien, más allá de esto están las consecuencias para España. Aunque en el Gobierno nadie parece haberse dado cuenta, una estrategia de estas características que se precie debe cubrir algunas necesidades básicas. Por un lado, hacia el exterior, debe establecer cuáles son los intereses nacionales, los objetivos y las líneas rojas. Es la "carta de presentación" de la seguridad ante el mundo. La presente Estrategia de Seguridad no sólo no lo hace, sino que transmite la imagen de no querer hacerlo. Transmite una escasa credibilidad.
 
Por otro lado, hacia el interior del país, una estrategia de seguridad establece deberes y obligaciones a los distintos ministerios,  organismos y agencias. En esto también la Estrategia de Seguridad es sumamente débil.  El Consejo de Seguridad, tan publicitado, sigue siendo algo institucional no ejecutivo. Respecto a la reforma del llamado "sistema de seguridad nacional", el texto es inmovilista. Poco tardará el presidente del Gobierno en darse cuenta de lo poco útil que le es, al menos en comparación a los de algunos de los colegas aliados con los que comparte foro.
 
¿Hacían falta estas alforjas para tan corto viaje? Nosotros creemos que no. Más aún, podemos asegurar que España sigue hoy tan poco preparada para hacer frente a las amenazas como lo estaba con Zapatero. Y la Estrategia de Seguridad Nacional no sienta las bases para el cambio. De hecho, se constata la escasa alternativa en términos de seguridad nacional respecto al zapaterismo: tras un año y medio, el Gobierno ha llegado al mismo punto de partida del que partió en 2011. Para eso, la estrategia presente era perfectamente prescindible.