Una amenaza para el mundo

por Stephen Schwartz, 1 de septiembre de 2006

Con el desbaratamiento de la conspiración en ciernes de radicales islamistas para devastar el tráfico aéreo transatlántico — en el punto álgido de la temporada turística Estados Unidos-Gran Bretaña — Gran Bretaña ha emergido, poco más de un año después de los atentados del metro londinense, como objetivo aparente del terror jihadista en Europa.
 
Esto no tiene nada que ver con la política británica, la pobreza, la discriminación o la islamofobia. Por decirlo simplemente, el millón de sunníes de procedencia paquistaní o más, que suponen el principal constituyente de los musulmanes británico asiáticos, también suponen el mayor contingente de musulmanes radicales de Europa. Sus simpatías jihadistas representan una ideología importada, organizada a través de mezquitas y demás instituciones religiosas, más que un fenómeno ‘nativo’, como rezaría el cliché. Es simbolizado por individuos como Rashid Rauf, el musulmán de Birmingham natural de Gran Bretaña que fue detenido en la frontera Pakistán-Afganistán hace dos semanas y que hoy es el principal sospechoso en la empresa terrorista, o su hermano Tayib, bajo custodia en el Reino Unido.
 
El Dr. Irfán Ahmed Al-Alawi, director de la Fundación de Herencia Islámica de Gran Bretaña y destacado adversario británico musulmán de los fundamentalistas, lo resumía bien en una conferencia sobre Euro-Islam en junio en Washington. Decía, ‘Los estudiantes que se licencian en las escuelas musulmanas de Gran Bretaña y aquellos que se convierten en extremistas sufren el mismo lavado de cerebro que a los Talibanes. Hay un Islam fundamentalista dentro del Reino Unido — sí, lo hay — y deberíamos hacer limpieza’.
Supe del problema del Islam británico — que es único en comparación con la comunidad musulmana de Francia, Alemania o el resto de Europa Occidental— mientras me implicaba en mi compromiso con el Islam moderado en todo el mundo. Me convertí en musulmán en 1997 en Bosnia-Hercegovina, tras una década de informar y escribir acerca del final de Yugoslavia. En los Balcanes conocí el culto saudí del wahabismo, que pretende controlar a los musulmanes sunníes de todo el globo y que inspira a al-Qa’eda. Trabajé para denunciar el wahabismo antes y después del 11 de Septiembre. Después co-fundé una organización pública, el Centro del Pluralismo Islámico, como una red de musulmanes moderados en Estados Unidos y Canadá, Europa Occidental, Arabia Saudí, Irak, Irán, Israel, los Balcanes, Turquía, Pakistán, la India y el sureste y centro de Asia. Pero mientras iba y venía de Gran Bretaña entre otros lugares y hablaba con representantes musulmanes británicos en foros internacionales, quedó claro que el Reino Unido afronta el peligro jihadista más serio de cualquier país de Europa Occidental.
 
La base de la amenaza son los clérigos musulmanes de importación. El Islam en el Reino Unido está influenciado de manera aplastante por imanes y demás funcionarios religiosos nacidos en Pakistán y formados en ese país o en Arabia Saudí. Las mezquitas sunníes paquistaníes de Gran Bretaña son centros importantes de predicación, financiación, incitación y reclutamiento jihadistas. El panorama islámico en el Reino Unido es mucho más oscuro que en Alemania, donde la mayor parte de los musulmanes son turcos y, cuando acuden al fundamentalismo, o bien siguen una inspiración marxista o una inspiración nacionalista — más oscuro incluso que en Francia, donde la dislocación social y los estallidos violentos de jóvenes descontentos han dado lugar, sorprendentemente quizá, a esfuerzos de clérigos importantes por aplacar a la comunidad.
 
En contraste, los líderes del Islam británico— ejemplificados en el Consejo Musulmán de Gran Bretaña (MCB) — han asumido una postura de truculencia, obstrucción e indignación cuando se hace la sugerencia de que las simpatías jihadistas infectan sus filas. Los políticos y los medios británicos exacerban este problema cuando, aparentando estar perplejos, se rasgan las vestiduras con los musulmanes y conversos educados para ser británicos pero que acaban siendo anti-británicos. El problema no es la sociedad británica. Los jóvenes británicos no se suben al carro de la jihad a causa de experiencias negativas, sino como herramientas en un proceso deliberado de adoctrinamiento, seguido cuidadosamente por imanes y agitadores importados de Pakistán con el respaldo saudí.
Desafortunadamente, el gobierno Blair, apoyo a la administración americana de George W. Bush aparte, parece estar completamente paralizado al tratar la materia. Fui testigo del patético paradigma de las relaciones  del funcionariado británico con el Islam radical en dos coloquios recientes celebrados para tratar ‘la discriminación de los musulmanes europeos’ (el terrorismo es materia de la agenda de tales actos). Uno fue convocado en Varsovia por la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) el año pasado, y el otro fue patrocinado por la Oficina de Exteriores del Reino Unido y la Organización de la Conferencia Islámica (OIC), de financiación saudí, en Wilton Park en mayo.
 
En el primer cónclave, dominado por representantes musulmanes británicos, el imán radicado en Brighton de procedencia étnica paquistaní Dr Abduljalil Sajid, del opaco Consejo Musulmán para la Armonía Racial y Peligrosa, atacó a Tony Blair por un supuesto asalto contra los derechos civiles tras los atentados de Londres de julio del 2005. El imán Sajid entretuvo a los delegados con anécdotas acerca de cómo humilló a Blair, actuando según su insistencia en que Islam y terrorismo no están vinculados en absoluto. Para muchos musulmanes presentes, los atentados y el radicalismo que los inspiran no son nada en comparación con la necesidad de dichos musulmanes (y demagogos) de aparentar desafiar a las autoridades británicas y a las demás autoridades occidentales.
 
Quizá más decepcionantemente, un representante de la Policía Metropolitana londinense habló exclusivamente en el idioma de la corrección política. Volvió a asegurar a su audiencia que las fuerzas británicas del orden evitarían a toda costa 'los estereotipos' y la islamofobia, que definió como presumir que los sospechosos de conspiraciones terroristas pueden encontrarse entre los musulmanes. Ni un solo orador musulmán británico indicó que el 7 de julio pudiera haber creado miedo al Islam; en su lugar, argumentaron que la preocupación británica exagerada por los musulmanes radicales lleva al miedo, a los prejuicios y a la opresión que empujan a los musulmanes jóvenes a la violencia y el aislamiento. De modo que el agresor se pone el traje de víctima.
 
La reunión de mayo en Wilton Park incluyó de manera similar a oradores musulmanes británicos que, tras los incidentes de las viñetas danesas del profeta Mahoma, intentaron culpar exclusivamente de las tensiones a los no musulmanes. Éstos incluyeron a Sir Iqbal Sacranie, exdirector del Consejo Musulmán de Gran Bretaña que en 1939 sugirió que 'la muerte es quizá demasiado fácil' para el escritor disidente Salman Rushdie. Asimismo, en la conferencia, se encontraba el líder malayo Dato Abd Aziz Mohammed, que se pronunció en apoyo de los terroristas palestinos de Hamas. El entretenimiento de cierre fue un discurso ametrallado por Tarik Ramadán, el filósofo euro-islamista empleado de Oxford que es repudiado por muchos musulmanes británicos a causa de sus vínculos con la fundamentalista Hermandad Islámica de Egipto y su afinidad con el terrorismo.
 
El profesor Ramadán habló en favor de la calma en el diálogo acerca del Islam, tanto por parte de los no musulmanes como de los musulmanes, pero también dejó claro que sigue estando impaciente por condenar a las democracias occidentales. También apareció en la última tentativa impresionante de las autoridades británicas por tratar el desafío del Islam después del 7 de julio: la creación, por parte del círculo de Blair, del grotescamente bautizado 'Camino Medio Radical'. Es un circuito de musulmanes británicos integrado por Ramadán y otras figuras públicas, algunos de los cuales son simples embusteros, que ofrecen a los jóvenes fieles, en lugar del radicalismo extremo, una especie de radicalismo moderado, según se indica en el título del programa.
 
Al margen de Ramadán, el ridículo espectáculo de carretera ha incluido al jihadista kuwaití Tarik al-Suweidán, y a un charlatán californiano, Joe Hanson, alias Hamza Yusuf. Hanson cambia su mensaje según la audiencia: cuando habla ante congregaciones en las que predominan los jihadistas, repudia con orgullo cualquier cuestionamiento del Islam radical y predica a los cuatro vientos su esperanza de que otros también 'suspendan la prueba' de la fe moderada. Pero en las reuniones con no musulmanes, afirma ser el enemigo número uno del wahabismo en Occidente, se describe como consejero de George W. Bush (con el argumento de un único comentario en una reunión) y se hace pasar por sufí espiritualista.
 
Aún así, si en general al-Qa’eda puede rastrearse hasta Arabia Saudí y las doctrinas del wahabismo, el cáncer que amenaza el Islam británico tiene una conexión paquistaní esencial. El dictador militar de Pakistán, Pervaiz Musharraf, continúa prometiendo a Estados Unidos y al Reino Unido ser un firme aliado contra el extremismo, y sus emisarios aseguran que Pakistán es una víctima del terror y el sufrimiento igual, por no decir más. Pero Musharraf parece impotente a la hora de hacer algo al margen de la detención puntual.
 
Pakistán tiene un nivel de derramamiento de sangre islamista sin control que sólo es superado por Irak. Junto con los fieles del wahabismo, el país está rebosante de fanáticos de la secta fundamentalista Deobandi, originaria de la India y parte de la cual metatastatizó en los Talibanes. La mezquita Masjid-e-Umer, en Walthamstow, una sinagoga reconvertida a la que asistían al menos ocho de los sospechosos de complot terrorista, es una institución Deobandi.
 
Estos ideólogos inclinados al homicidio sermonean a los jóvenes de la madraza con el fin de que causen disturbios para beneficio de las cadenas de televisión globales. Lo hacen a las órdenes de partidos políticos que defienden la ley sharia en exclusiva, la teología fundamentalista, y la ayuda a los Talibanes y a al-Qa’eda. Entre estos movimientos, algunos están cubiertos de sangre en las mezquitas y calles de Pakistán, como la infame maquinaria asesina conocida como Sipah-e-Sahaba, o Caballeros de los Compañeros del Profeta. Otros, que llevan nombres tales como Jamaat-i-Islami (Comunidad del Islam) o Lashkar-e-Taiba (Ejército del Valiente), ostentan redes paramilitares extensas e internacionales.
 
Esta constelación del crimen está respaldada por altos funcionarios del ejército paquistaní, el estamento del servicio de Inteligencia del país y otras entidades estatales armadas. Y el sistema entero es exportado a todos los países en los que residen sunníes paquistaníes. Ya sea en Gran Bretaña, Estados Unidos, Canadá o en cualquier parte, estos radicales silencian a los moderados a través de la intimidación y el crimen, agitan la militancia e intrigan contra sus enemigos más odiados: primero los musulmanes chi’íes, después los judíos y, por supuesto, los cristianos.
 
Que el General Musharraf libre a su país de la violencia jihadista puede ser imposible. Pero Gran Bretaña no puede y no debe permitir que gángsteres religiosos paquistaníes continúen controlando el Islam británico. Gran Bretaña debería exigir que los clérigos musulmanes se formen y obtengan su titulación al menos en Europa, por no decir Gran Bretaña, según un plan de estudios clásicos y musulmán anti-radical que refuerce la lealtad a las autoridades legítimas. Por miedo a la acusación de racismo, Gran Bretaña no debe abstenerse de investigar el jihadismo en las mezquitas en suelo británico. Las autoridades deberían sacar tiempo para identificar y apoyar a los musulmanes moderados auténticos, y no quedar satisfechas con planes cogidos con chinchetas en reuniones ministeriales, que no implican disponer alarmas de reforma que salten con los radicales. La alternativa a este programa de acción es impulsar el asalto jihadista a Gran Bretaña, y el uso creciente de Gran Bretaña como base contra América y el mundo.

 
 
Stephen Schwartz es Director Ejecutivo del Centro del Pluralismo Islámico de Washington y periodista autor (entre otros libros acerca del islam y sus subdivisiones y diferencias) del bestseller “Las dos caras del islam: fundamentalismo saudí y su papel en el terrorismo (Doubleday). Tras ser editor de opinión y columnista del San Francisco Chronicle durante 2 años y secretario del sindicato de periodistas de San Francisco, sus artículos han aparecido en The New York Times, The Wall Street Journal, el New York Post, el Los Angeles Times, el Toronto Globe and Mail y muchos otros. Como periodista destacó especialmente en la cobertura de la guerra de Kosovo, y desde entonces se ha convertido en uno de los principales especialistas en la región de los Balcanes y su relación con el islam.