Un recibimiento para Ahmadinejad

por Jeff Jacoby, 10 de octubre de 2008

(Publicado en The Boston Globe, 1 de octubre de 2008)
 
La visita de Mahmoud Ahmadinejad a Estados Unidos hace dos semanas fue todo lo que podría haber esperado.
           
En Naciones Unidas, el presidente iraní pronunciaba un discurso jalonado de antisemitismo sin paliativos, denunciando “al pueblo llamado sionista” que domina “los centros monetarios y financieros del mundo” y controla “los centros políticos legislativos” de Occidente a través de medios “engañosos, complejos y furtivos.” Sus comentarios no fueron recibidos con abucheos ni un silencio gélido, sino con cálidos aplausos procedentes de los delegados y un abrazo del presidente de la Asamblea General.
 
A continuación la CNN proporcionaba al fanático jefe de estado otro podio de alto nivel - una entrevista con Larry King, que estrechaba cálidamente la mano del presidente iraní y le lanzaba una serie de capotes gratuitos: “¿Qué parte de Estados Unidos le gustaría visitar? ¿Se reuniría usted con Sarah Palin, dado que ambos han sido alcaldes? ¿No desea ningún mal al pueblo judío, verdad?
 
El jueves, en el Grand Hyatt Hotel de Nueva York, Ahmadinejad era el invitado de honor de una cena y “diálogo” ofrecido por organizaciones cristianas de la extrema izquierda, incluyendo en American Friends Service Committee, el Comité Central Menonita y la World Council of Churches. La Comisión de Libertad Religiosa Internacional de los Estados Unidos había instado a no honrar a alguien que “repetidamente manipula diálogos para convertirlos en plataforma para propagar el odio” y advertía que agasajar a Ahmadinejad “solamente contribuiría a legitimar al líder iraní.' En saco roto. La cena siguió adelante a pesar de las protestas, entre religiosas invocaciones al “diálogo” y el “debate.” Mark Graham, del American Friends Service Committee, entonaba: “No se puede dialogar solamente con gente con la que estás de acuerdo en todos los temas. Eso conduce a una visión muy miope del mundo.”
 
Pero el punto álgido de la semana de Ahmadinejad debe haber sido la noche del viernes, tras su retorno a Irán. Era cuando John McCain y Barack Obama se reunían en Mississippi para su primer debate, y Obama reiteraba una vez más su determinación a reunirse con Ahmadinejad “sin precondiciones” si sale elegido en noviembre.
 
'Nosotros... Debemos, estoy seguro, tomar parte en diplomacia directa con Irán,” insistía Obama. “Y esta es una diferencia importante que tengo con el Senador McCain. Esta noción - no hablar con gente a la que castigamos - no ha funcionado.”
 
Obama adoptaba primero esta postura en julio de 2007, cuando era preguntado en un debate del Partido Demócrata si accedería a reunirse con los dictadores de Irán, Siria, Venezuela, Cuba y Corea del Norte sin precondiciones e inmediatamente respondía: “Yo sí.” Su página web refuerza ese mensaje, prometiendo 'diplomacia presidencial directa con Irán sin precondiciones.' Durante el debate del viernes, Obama afirmaba que hasta Henry Kissinger, un asesor de McCain, “decía exactamente que debíamos reunirnos con Irán sin precondiciones.”
 
Obama se equivocó con Kissinger, que rechazaba la opinión de Obama en una circular de prensa tras el debate. Y se equivoca en el asunto general, por tres motivos al menos:
 
En primer lugar, como defendía McCain, la disposición incondicional del presidente estadounidense a negociar con el jefe de estado de un régimen criminal concede a ese régimen “más credibilidad en la escena mundial.” Contra más insultan Ahmadinejad y los mulás que le respaldan los estándares fundamentales del comportamiento civilizado - fomentando el terrorismo, asesinando pacificadores norteamericanos, convocando conferencias de revisionismo del Holocausto, amenazando con el exterminio de Israel - más anhelan la legitimidad internacional. “Usted se sentará a negociar al otro extremo de la mesa,” decía McCain a Obama, “y eso legitima su comportamiento ilegal.” Las conversaciones cara a cara con el Presidente estadounidense solamente pueden servir para mejorar la posición de Ahmadinejad en el país y reforzar su autoridad en el extranjero.
 
En segundo, lejos de persuadir a los delincuentes internacionales de poner fin a su comportamiento salvaje, las negociaciones presidenciales los reforzarán al sustentarlo. Después de todo, si tal comportamiento puede conducir a una invitación presidencial en toda regla, es lógico que se puedan esperar aún más recompensas de comportarse aún peor.
 
En tercer lugar, las negociaciones incondicionales consumen tiempo - un activo valioso para un gobierno como el de Irán que busca la bomba atómica. “Tras cinco años de negociaciones con los europeos,” escribía el pasado mayo John Bolton, “el único resultado es que Irán está cinco años más cerca de tener armas nucleares.”
 
Como norma general, dialogar con críticos y competencia tiene sentido, en diplomacia como en la vida diaria. Pero al igual que los delegados de Naciones Unidas que aplaudían a Ahmadinejad y los grupos cristianos que le invitaban a cenar, Obama parece creer que el recibimiento debe ir siempre por delante. Que siempre hay que instar a más diálogo. Que ningún régimen ni jefe de estado es nunca tan repugnante como para merecer solo ostracismo. En la campaña, tal inocencia es inquietante. En el Despacho Oval, sería alarmante.