Un programa político para Shinzo Abe

por Gerardo del Caz, 19 de octubre de 2006

¿Quién es Shinzo Abe?
 
Apadrinado por Junichiro Koizumi, Shinzo Abe, con 52 años, se convirtió el mes pasado en el Primer Ministro más joven de Japón desde la Segunda Guerra Mundial. Mucho menos carismático que su predecesor, con un perfil mucho discreto y con una imagen favorable para la mayoría de los japoneses, Abe tendrá que abordar numerosas cuestiones clave para el futuro de Japón. Entre ellas destacan las ya avanzadas reformas económicas iniciadas por Koizumi, la normalización de la situación de Japón en la comunidad internacional y, sobre todo, sus relaciones políticas con los países vecinos, en especial con Corea del Sur y China, ante la amenaza de Corea del Norte.
 
En algunos países asiáticos, y en concreto en China, la figura de Abe ha sido calificada como de “ultranacionalista” y, de hecho, el Gobierno chino siempre prefirió cualquier otro candidato antes que él por sus posiciones a favor de la reafirmación de Japón como potencia mundial y a su disposición a modificar la Constitución en su artículo 9[1]que, redactado por EEUU y los aliados tras la derrota japonesa de la Segunda Guerra Mundial, impuso duras condiciones a la capacidad defensiva de Japón
 
El Partido liberal (LDP) otorgó a Abe el 66% de los votos tras una elección en la que Koizumi describió al nuevo líder como el “mejor sucesor posible y el que mejor podría continuar las reformas y la normalización del país”. Koizumi no sólo se refería a las cuestiones económicas sino que aludía, en concreto, a la modificación de la situación actual de Japón en el mundo, herencia de la Segunda Guerra Mundial, que es para muchos políticos y para los japoneses en general, un obsoleto corsé que impide a la segunda economía mundial actuar con la independencia y legitimidad de cualquier otro país
 
Abe posee experiencia en el Gobierno como secretario y jefe de gabinete de Koizumi. Por la combinación de su imagen como un fuerte defensor de los intereses nacionales y por su carácter tranquilo e introvertido goza de una amplia popularidad entre la población japonesa.  Su figura se hizo pública cuando mantuvo una dura actitud ante Pyongyang en la negociación para la liberación de los rehenes japoneses secuestrados años atrás y, más recientemente,  cuando  criticó con dureza los lanzamientos de misiles coreanos y solicitó sanciones a las NN.UU. Su actitud no ha variado tras el ensayo nuclear de Corea del Norte y, junto con EEUU, ha abogado por estrictas sanciones al régimen de Kim Jong-Il.
 
Más reformas
 
Koizumi ha sido el mejor Primer Ministro de Japón desde la Segunda Guerra Mundial Nunca hasta su llegada hubo un político con un liderazgo tan carismático y que haya conseguido impulsar reformas de tan profundo calado en una sociedad tan reacia a los cambios.
 
Cuando Koizumi se hizo cargo del Gobierno la situación económica de Japón era muy difícil. El país estaba sumido en una profunda recesión y con una economía agotada en plena deflación. Desde su llegada en 2001 aplicó el programa más liberal de la historia de Japón. Disminuyó el gasto público, modifico el sistema de pensiones, privatizó las empresas estatales, redujo el número de funcionarios, saneó el sistema bancario al borde de la quiebra total y recondujo el país a la senda del crecimiento. Finalmente, tras unas elecciones anticipadas, fue fiel a su compromiso de abandonar el cargo dejando a Japón en una situación incomparablemente mejor a la que se encontró.
 

 
Fig. 1: Variación del PIB y del gasto público en Japón
 
 
 Fuente: OCDE “Economic Survey”, Banco de Japón
 

En este ámbito, el puramente económico, Abe tiene ante sí un horizonte sin nubes. Koizumi emprendió las reformas más importantes e inició la ambiciosa y complicada privatización del servicio postal y su disgregación por áreas de negocio. Abe deberá culminar este proceso y considerar nuevas reformas estructurales pero con una economía ya en crecimiento y fuera del círculo vicioso de la deflación y del bajo consumo interno.
 
Es bastante probable que el nuevo Primer Ministro japonés tenga que enfrentarse al final de su legislatura con el difícil problema del envejecimiento de la población japonesa y sus consecuencias en el sistema público de pensiones. Se calcula que será necesaria una impopular subida de 3 ó 4 puntos en el impuesto al consumo para poder sufragar los gastos sanitarios. Abe tendría que compatibilizar esto con su compromiso de reformar la fiscalidad para anticiparse a un empeoramiento de la situación económica mundial y revitalizar la inversión.
 
Será muy difícil que se pueda reducir la deuda pública, el mayor lastre para la economía japonesa, que asciende a más del 130% del PIB y al pago de cuyos intereses se destina anualmente casi el 8% del presupuesto del país. La deuda de Japón, de hecho, supone más del 15% del PIB mundial y disminuirla es imprescindible para recobrar la salud financiera que precisa el país.
 
En otros campos y con el objetivo de mantener el crecimiento económico y atraer la inversión externa, será necesario que Tokio siga las indicaciones de la OCDE y liberalice sus sectores tradicionalmente protegidos como las telecomunicaciones o la energía, cerrados a inversores extranjeros y en donde se deberán poner en marcha políticas que efectivamente garanticen un marco regulatorio estable e inversiones.
 
Japón debería avanzar en cerrar los acuerdos de libre comercio que se encuentran en negociación con distintos países y, en este sentido, debería tomar buena nota de las ambiciosas políticas de Corea del Sur que ha incrementado sus exportaciones de tecnología a costa de la cuota de mercado de muchos productos japoneses en países con los que Seúl ha firmado acuerdos comerciales.
 
China como eje de la política exterior
 
En política exterior no es de esperar que mejoren sustancialmente las relaciones con China a pesar de la salida de Koizumi, con cuyo Gobierno Pekín se negó a mantener conversaciones directas. En los últimos cinco años China y Japón no han mantenido ninguna cumbre bilateral como protesta de Pekín ante las reiteradas visitas del Primer Ministro al templo de Yasukuni[2] donde se veneran a 14 criminales de guerra condenados tras la Segunda Guerra Mundial. Para Pekín, Japón, a pesar de pedir perdón en más de 20 ocasiones por su papel en la Segunda Guerra Mundial, aún no ha asumido toda su responsabilidad.
 
La polémica no puede ser más estéril y muestra la dificultad de un entendimiento de Japón con sus vecinos cuando estos últimos no han superado todavía, ni quieren hacerlo, lo sucedido hace 60 años. Cada vez que Koizumi visitaba dicho templo (siendo perfectamente consciente de las reacciones que provocaba en otros países), los embajadores en China y Corea eran llamados a consultas y la prensa de esos países desataba campañas contra Japón y sus empresas.
 
Abe, que ha visitado en numerosas ocasiones el templo, inteligentemente no se ha comprometido a visitar Yasukuni y tampoco a no hacerlo. De momento lo único que ha dicho es que espera poder continuar la llamada política de reafirmación japonesa y que, también, quiere mejorar las relaciones con Corea del Sur y China.
 
La continuación de la política de “reafirmación japonesa” mostrará a Pekín que esto no es una cuestión que se circunscriba a Koizumi sino que se trata más bien de una característica del Japón moderno, que no tiene miedo a defender sus intereses de seguridad y que aspira a una normalidad internacional.
 
Si bien en el plano político las relaciones no han sido especialmente cordiales, en el ámbito económico la historia es distinta. Japón se ha convertido en el primer inversor en China, las empresas japonesas emplean a más de 10 millones de chinos  y las relaciones comerciales entre Japón y China crecen en valor a un ritmo del 10% anual y China está a punto de sobrepasar a EEUU como primer socio comercial de Japón (véase la Fig. 2).

 
Fig 2: Comercio bilateral de Japón (% del total)
                         Fuente: Thomson Datastream
 

Otro aspecto problemático para China es la estrecha relación entre Japón y los EEUU como contrapeso a su influencia en la región y a su hegemonía política y militar. Los últimos años han visto como Japón se convertía en uno de los más firmes aliados de EEUU en el mundo y como tropas de autodefensa japonesa eran desplegadas, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, fuera de su territorio (en Afganistán e Irak) sin el paraguas de las NNUU. Abe, firme partidario de esta alianza estratégica con los EEUU, también es partidario de que Japón pueda disponer de unos medios de defensa propios e independientes y ha prometido mantener el gasto público en defensa.
 
La continua amenaza de Corea del Norte y la progresiva retirada de efectivos americanos han hecho que buena parte de la opinión pública y muchos políticos se interroguen sobre la necesidad de cambiar el artículo 9 de la Constitución que impide el uso de la fuerza a Japón para salvaguardar sus intereses. Los cambios propuestos en la legislación incluyen la eliminación del nombre “fuerzas de autodefensa” para convertirlas en unas fuerzas armadas regulares y equiparables a las de cualquier país, proporcionarles mayor flexibilidad para hacer frente a un eventual ataque y dotarlas de la capacidad para, por ejemplo, realizar ataques preventivos sobre Corea del Norte ante la evidencia de una inminente agresión (Japón dispone de tres satélites de vigilancia sobre Corea del Norte).
 
El impacto real de esta modificación sería muy limitado pues Japón ya invierte más de 45.000 millones de dólares anuales en defensa, uno de los presupuestos más elevados del mundo, y posee una envidiable capacidad técnica defensiva que se encuentra en algunos aspectos a la vanguardia mundial, por ejemplo, y no es de extrañar, en la detección de misiles. Sin embargo un cambio en la Constitución tendría una gran importancia simbólica para superar las limitaciones impuestas en la Segunda Guerra Mundial por los países vencedores y, sobre todo, por no plegarse a las exigencias chinas.
 
El cambio de la Constitución no es un asunto que cuente con el apoyo total de los japoneses. La percepción de que la Constitución fue “impuesta” por los vencedores no es del todo exacta. Los japoneses de entonces y los de ahora la han admitido, no por presión de EEUU, sino por propia voluntad y muchos no desean ver alterado su actual estado por las implicaciones que tendría para la seguridad del país y las responsabilidades que conllevaría en el plano internacional.
 
En lo relativo a las relaciones diplomáticas con el resto de Asia, Abe ha prometido una política de acercamiento que buscará contener la creciente influencia china en los países asiáticos y tratará de avanzar en un programa de alianzas con las democracias que incluirá desde acuerdos de cooperación y de libre comercio a la construcción de políticas de seguridad común. En concreto Abe llamó a formar una “Unión Europea de Asia”, con instituciones comunes, que se extendería desde la India hasta Australia y que incluiría a todas las democracias.
 
Este resurgimiento de Japón como potencia regional con una política exterior constructiva y de cooperación será muy difícil de contrarrestar por China que sigue una agresiva y hegemónica política en el sudeste asiático, por ejemplo, para atraer a estos países hacía su esfera de influencia y proveerse de materias primas. Además, unos acuerdos de libre comercio con Japón, el aún primer mercado de Asia, serviría para contener el auge económico chino.
 
Un ensayo nuclear como oportunidad para encontrar aliados inesperados
 
Los primeros pasos de Abe han sido muy cautelosos y se han visto ensombrecidos por el reciente ensayo nuclear de Corea del Norte.
 
Al llegar al poder, Abe solicitó formalmente un encuentro con mandatarios chinos y coreanos separadamente para manifestarles su disposición a trabajar juntos por los intereses comunes. China reaccionó positivamente y se produjo una reciente cumbre al más alto nivel que Hu Jintao describió como “un punto de inflexión” en la relación de ambos países. El encuentro se cerró con la firma de una declaración conjunta en la que se reconocían las importantes relaciones económicas y culturales de ambos países y en la que se abogaba por una península coreana desnuclearizada.
 
Fue precisamente durante el viaje de Abe desde Pekín a Seúl cuando Kim Jong-Il sorprendió al mundo con un ensayo nuclear que aparentemente no entraba en las previsiones ni de Pekín ni de Seúl. Tanto Abe como el Primer Ministro de Corea del Sur, Roh, condenaron esta prueba y, juntos, lo calificaron como inaceptable pidiendo sanciones a las NNUU. China hizo lo mismo, con un tono menos duro, y condenó la prueba. Por primera vez los tres países se alineaban en su condena al régimen de Corea del Norte y acordaban la imposición de sanciones. Aunque China se opuso a las duras medidas económicas que proponía Japón, apoyó en NNUU la resolución por la que se establecen sanciones al régimen norcoreano y votó junto con Japón y EEUU.
 
Inesperadamente Abe se encuentra ante una favorable situación diplomática en torno al consenso que ha provocado el ensayo nuclear norcoreano y debería aprovechar el clima de entendimiento para tratar de construir unas relaciones más fluidas con estos vecinos. A su favor cuenta con que la economía de Japón se encuentra cada vez más integrada con las del resto de Asia (véase Fig. 2). China se convertirá en el primer socio comercial en breve y ya es una base imprescindible de producción para las industrias japonesas que, además, ven en China un mercado en expansión para sus productos.
 
En contra de Abe está la incertidumbre generada por el ensayo nuclear y la necesidad de Japón de reformar su sistema de defensa. China ha avisado de que se opondría a cualquier rearme de Japón que pudiera afectar al actual equilibrio entre los países, pero tanto el ensayo nuclear como las pruebas de misiles de Corea del Norte han puesto en evidencia la capacidad defensiva o de disuasión de Tokio. De hecho, este último ensayo ha sido la excusa perfecta para las cada vez más numerosas voces que piden a Tokio una nuclearización del país[3].
 
Es probable que, en el futuro, esta posición común frente a Pyongyang se desmorone. Japón se ha alineado siempre con las tesis de EEUU y ha pedido insistentemente a las NNUU que impongan duras sanciones sobre Corea del Norte en el plano económico y político. Las perspectivas de China y Corea del Sur son diferentes, ambas temerosas de una catástrofe humanitaria que conllevaría una avalancha de refugiados, preferirán que se suavicen las sanciones económicas y optarán por su ya conocida tibieza respecto a Pyongyang.
 
Será tarea de Abe mantener el acuerdo actual y preservar el clima de entendimiento para poder avanzar en otros ámbitos y conjugar  las buenas relaciones con los vecinos y la política de reafirmación japonesa. El Gobierno japonés deberá demostrar que esta política no es contra nadie y que es perfectamente compatible con una política exterior de cooperación constructiva.
 
Un nuevo Japón
 
Cuando Koizumi abandonaba su cargo dio un consejo a su sucesor a modo de lacónica despedida: “no hay final para las reformas”, una frase que resume su mandato y que no se circunscribe a Japón, sino a toda una concepción de la política.
 
Si en cuestiones económicas su sucesor tiene gran parte de los retos económicos resueltos con tan solo continuar las políticas liberales, en el ámbito de política exterior la estrategia a seguir no es tan clara.
 
Japón es hoy un país mucho más fuerte que hace 5 años, cuando Koizumi alcanzó el poder. La normalización de Japón como potencia mundial constituye una nueva realidad a la que sus vecinos tendrán que acostumbrarse. Es insostenible que deba perdurar un sentimiento de humillación y de sospecha sobre un país democrático desde hace 50 años que, además, es la segunda economía mundial y uno de los primeros donantes de ayuda al desarrollo. Por analogía, esto sería como impedir hoy en Europa que Alemania fuera un país normal con plenos derechos y que cualquier movimiento en su política exterior levantara sospechas.
 
China no podrá sostener por mucho tiempo su tradicional victimismo y la hipócrita acusación a los políticos japoneses, y a Shinzo Abe en particular, de ser “nacionalistas” (uno se pregunta ingenuamente qué político chino o miembro del PCCh no lo es). Muy a su pesar, Pekín deberá aceptar dialogar de igual a igual con una nación que ya ha superado el pasado y que es un socio vital en cuestiones económicas. No es presentable que, mientras las empresas japonesas construyen fábricas a lo largo y ancho de China creando empleo y haciendo avanzar la economía china, Pekín mantenga una actitud desafiante y resentida ante su primer socio comercial por encima de los EEUU.
 
Abe deberá tener presente que China, cada vez más poderosa, está dejando atrás esa dócil y falsa imagen del llamado “surgimiento pacífico”, que no se corresponde con su incremento del gasto en defensa de más del 15% anual, con un lenguaje cada vez más agresivo en cuestiones de seguridad (léase Taiwán), ni con su intensa política exterior en Asia y países emergentes  de África o Hispanoamérica donde trabaja para constituir un bloque internacional liderado desde Pekín y que formaría una oposición a EEUU. Conviene recordar que China es miembro permanente del Consejo de Seguridad y que ha ofrecido su derecho a veto a todas las naciones “sin representación”, arrogándose el liderazgo de los países del tercer mundo.
 
Paradójicamente ha sido el tradicional aliado de China, y la mayor amenaza para Japón, Corea del Norte, quien con su ensayo nuclear ha dado un motivo de entendimiento a ambos países y que, indirecta e involuntariamente, ha creado una oportunidad para mejorar las relaciones bilaterales entre Tokio y Pekín.
 
Abe tiene ante sí importantes cuestiones en política exterior para concluir la gran obra que Koizumi comenzó: un Japón próspero, normalizado,  integrado en Asia y comprometido con la democracia en el mundo.
 
Por el bien de Japón y de Asia oriental, sería muy provechoso ver como una nación pacífica y democrática se convierte en un actor de pleno derecho de la escena internacional sin ningún tipo de complejo histórico y, además, adquiere la posición de liderazgo moral que le corresponde y de la que Asia hoy carece.
 
La perspectiva de un Japón activamente trabajando por la paz y la democracia en Asia es muy alentadora. Desde luego no para países como Corea del Norte o China.

 
 
Gerardo del Caz es Analista de Política Internacional, especialista en temas de seguridad y desarrollo en Asia.
 


[1] Art. 9 de la Constitución de Japón:
         “Aspirando sinceramente a una paz internacional basada en la justicia y el orden, el pueblo japonés renuncia para siempre a la guerra como derecho soberano de la nación y a la amenaza o al uso de la fuerza como medio de solución en disputas internacionales.
         Con el objeto de llevar a cabo el deseo expresado en el párrafo precedente, no se mantendrán en lo sucesivo fuerzas de tierra, mar o aire como tampoco otro potencial bélico.
         El derecho de beligerancia del estado no será reconocido”
 
En la práctica, y tras la interpretación de la corte Constitucional, este artículo se ha considerado una prohibición de cualquier actuación militar ofensiva fuera del territorio japonés, de la posibilidad de declarar la guerra o realizar una acción armada sin agresión territorial y de poseer material militar ofensivo. Este artículo, que niega la posibilidad ofensiva del país admite en una interpretación del Tribunal Constitucional la capacidad defensiva de Japón “acorde con el grado de amenazas a la seguridad nacional”.
 
[2] Templo de Yasukuni
Templo shintoista en el centro de Tokio, junto al Palacio Real, en el que se veneran y honran las almas de los caídos en acto de servicio al Emperador de Japón. Su construcción se llevó a cabo en 1869. Se contabilizan en él más de dos millones de soldados, no sólo japoneses. Entre ellos se encuentran los nombres de 14 altos cargos del Gobierno japonés durante la Segunda Guerra Mundial que fueron juzgados por crímenes de guerra.
El templo incluye un museo en el que se justifica la Guerra del Pacífico y en el que se niegan las acusaciones sobre Japón de haber cometido atrocidades en la guerra.
 
[3] Nuclearización de Japón
Japón es miembro del Tratado de No Proliferación pero posee suficientes reservas de uranio y capacidad tecnológica para desarrollar armamento nuclear en menos de un año. En la actualidad, según recientes encuestas, un 23% de la población considera que dotarse de armamento nuclear es necesario para hacer frente a la amenaza de Corea del Norte y numerosos políticos y analistas han predicho este movimiento como inevitable en una región con Rusia, China y, ahora Corea del Norte, con armamento nuclear.