Un penoso contraste

por GEES, 11 de diciembre de 2004

Para el viajero europeo una de las cosas más llamativas de la ciudad de Washington es su tranquilidad. Parece como si la capital del Imperio tuviera vocación de ciudad de provincias. El contraste entre un urbanismo espectacular y un ritmo apacible no puede dejar de sorprender a quien confunde, como es común, Nueva York con Estados Unidos y los seriales televisivos con la realidad.
 
Ese ritmo pausado es el que marca el proceso cansino de renovación de la nueva Administración Bush. Pasan los días y como con cuentagotas se van haciendo públicos los cambios. En el área internacional éstos se han reducido al mínimo, a los ya conocidos desde hace casi dos años, cuando Powell y Armitage anunciaron que no seguirían en el caso de nueva victoria republicana. Rice ha pasado a Estado, contra su voluntad -ella pidió Defensa-, pero obediente a la voluntad superior. Su segundo la ha remplazado en el Consejo de Seguridad Nacional y el equipo Rumsfeld continúa en el Pentágono, con el encargo especial de acabar la “transformación de las Fuerzas Armadas”. Tras cuatro años de crisis e inevitable desgaste, Bush cree en su gente, en su lealtad y competencia. Asumen solidariamente sus errores y sus éxitos, ponen fin a un período de cambio acelerado marcado por la necesidad de una reforma en profundidad de la estrategia nacional y, con los objetivos muy claros, afrontan el encargo nacional de un segundo mandato.
 
Orden, tranquilidad y acción que caracterizan a una Administración madura, experimentada y cohesionada en torno a un plan maestro. Exactamente lo contrario de lo que vivimos en España.
 
Pocos son ya los que parecen dispuestos a creerse que las relaciones con Estados Unidos son buenas, que Moratinos habla mucho con Powell, que le hacen no se sabe ya que encargos y que hay un acuerdo sobre la política antiterrorista... El ridículo ya está hecho. Se puede comprender, aunque no respaldar, la ejecución de una política antinorteamerica y antiliberal, pero resulta bochornoso tratar de hacerla compatible con la ficción de unas buenas relaciones. Si los responsables de comunicación tuvieran un mínimo sentido del decoro evitarían tratar de convencernos de que Powell y Moratinos han tenido una entrevista, cuando no ha sido más que un encuentro en la Sala del Consejo Atlántico. Esta obsesión por tratar de ocultar las consecuencias previsibles de una política insensata y carente de profesionalidad es, como poco, infantil.
 
ZP no parece capaz de actuar en términos estratégicos, todo es táctica, gesto, “talante”. Se trabaja pensando en el siguiente telediario, mientras España pierde peso internacional y nuestro Gobierno autoridad entre sus iguales.  Putin, como colofón, recuerda a ZP en público que debe su ascenso al poder a al-Qaeda y se distancia de consejos tan irresponsables como el de retirar tropas de Iraq.
 
En la tranquila ciudad de Washington, donde las grandes decisiones se toman sin aspavientos, Carlos Westendorp, nuestro embajador, dormita su aburrimiento sin opción a que alguien se le ponga al teléfono. La llegada de Rice al Departamento de Estado no hará sino empeorar las cosas. Ni en su ánimo está el apaciguamiento ni su concepto de ZP y Moratinos puede despertar esperanzas. Les ha visto en acción y, aunque incrédula ante tanta insensatez, no parece dispuesta a olvidar.
 
El inquieto tándem disfruta con su radicalismo alternativo, a costa de perder toda interlocución con quien tiene el poder y de pasar a un lugar subordinado en los asuntos europeos. Esperemos que en algún momento despierten y empiecen a ocuparse de los intereses españoles. Ya será tarde para muchas cosas, pero más vale tarde que nunca.