Un nuevo reto para nuestras FFAA

por GEES, 11 de diciembre de 2003

De todos es sabido que el Gobierno español tuvo un papel destacado en la fase diplomática de la crisis de Irak. El hecho de formar parte del Consejo de Seguridad obligaba a tomar una posición clara. El giro estratégico protagonizado por Francia y Alemania, que trataron de arrastrar al resto de Europa a una política de contrapoder frente a Estados Unidos en compañía de Rusia y China, llevó al presidente Aznar a dirigir el bloque europeo comprometido con la que venía siendo posición tradicional: la compatibilidad entre el proceso de unificación europeo y el estrecho vínculo trasatlántico. No solamente no había ninguna razón para romper esa relación sino que, por el contrario, la asociación con la gran potencia norteamericana seguía siendo deseable y útil.

Sorprendió la ausencia de las Fuerzas Armadas españolas en la campaña bélica. No porque fuera deseable, sino porque resultaba incoherente con el discurso seguido hasta entonces. La obligada cita electoral del mes de mayo y la falta de sintonía con los ciudadanos en el tratamiento de la crisis de Irak parece que aconsejaron mantenerse fuera de las operaciones.

Llega el tiempo de la reconstrucción, del establecimiento de una democracia sobre las ruinas del régimen dictatorial de Sadam Hussein. Un elevado número de países envía contingentes para asegurar el éxito de la misión y, entre otros, España. Como ya ocurrió en Kosovo, el reducido número de personal asignado impedirá que un español esté al frente de una zona, por lo menos en el momento de su constitución. Sin embargo, el Ejército de Tierra aportará el grueso del Estado Mayor de la División encargada del control del área central, entre la norteamericana y la británica.

No hay dudas sobre la importancia de la misión. No podemos permitirnos el lujo de que el proceso fracase e Irak se convierta en un foco de desestabilización regional. Necesitamos establecer, por primera vez en la historia, una democracia en un estado árabe que sirva de modelo para sus vecinos. Sólo así podremos combatir con eficacia los principales problemas que sufren estos países. El subdesarrollo económico es el campo de cultivo del islamismo y provoca corrientes migratorias que acabarán ocasionando serias dificultades en Europa. El crecimiento demográfico es muy alto, por efecto de la natalidad y de la asistencia médica, pero estos estados no son capaces de ofrecer trabajo a los jóvenes que se incorporan al mercado laboral. La incapacidad de los partidos tradicionales, junto con la alta corrupción, vienen gestando un complejo de fracaso colectivo que alimenta el nacionalismo antioccidental y legitima el terrorismo. La inseguridad regional anima carreras armamentistas que aumentan el de por sí tenso panorama, con la crisis israelí-palestina enquistada en su corazón. Un proceso político, en fin, que sólo puede evolucionar a peor.

Nuestras Fuerzas Armadas han demostrado en operaciones anteriores su capacidad para afrontar retos como éste, trabajando conjuntamente con unidades de otros países. Se dispone de la formación y de la experiencia suficiente. Es más, son estas misiones las que dan sentido a los Ejércitos del siglo XXI y las que aportan a nuestros hombres la convicción de que su trabajo no sólo es reconocido dentro y fuera de nuestras fronteras, sino que afecta a la seguridad y bienestar de miles de personas que necesitan de nuestra ayuda.

No será un paseo triunfal y a nadie se le ocultan los riesgos que, una vez más, van a asumir. Pero su presencia en Irak es fundamental para la reconstrucción del país y de la región, paso previo para poder resolver los problemas de seguridad y terrorismo que sufren aquellos estados y que proyectan al resto del mundo.