Un mundo sin fronteras

por Victor Davis Hanson, 18 de junio de 2007

Pagar más a nuestros propios trabajadores más pobres, hacer algo de ejercicio ocasional y obedecer las leyes - las de inmigración especialmente - no es desagradable ni de primos. En su lugar, es el enfoque más ético, y a largo plazo más barato.
 
El problema de la inmigración es global. Miles de extranjeros que cruzan nuestras 2000 millas de fronteras desde un México empobrecido reflejan un problema de circulación unidireccional global mucho mayor. En Alemania, los trabajadores turcos -- tanto legales como ilegales -- están desesperados por alcanzar o bien la ciudadanía o la residencia permanente. 'Londonistán' es el término coloquial de un Londres nuevo de miles de nacionales paquistaníes sin asimilar. En Francia, en el 2005 hubo disturbios a causa de que muchos hijos de inmigrantes norafricanos están en el paro - y descontentos. Los albaneses fluyen en masa a Grecia para hacer las labores del campo, y después son deportados regularmente por hacerlo ilegalmente.
 
La lista podría seguir.
 
De modo que, ¿por qué millones de estos emigrantes se dirigen a Europa, los Estados Unidos o el resto de Occidente? Es fácil. Las democracias estables y el libre mercado garantizan el crecimiento económico, los estándares de vida en ascenso, y por tanto miles de puestos de trabajo, mientras que las tasas de natalidad de estos países y las poblaciones nativas caen en picado. En contraste, los inmigrantes normalmente huyen de estados fracasados que no pueden ofrecer a sus pueblos ninguna esperanza real de prosperidad y seguridad. Mientras la gente en Occidente tiene una mayor esperanza de vida y disfruta de jubilaciones más prolongadas, el sector servicios y las industrias sanitarias luchan por suplir sus siempre crecientes necesidades. Mientras tanto, los adultos más jóvenes dependen con frecuencia de otros para limpiar sus hogares, cambiar los pañales de sus bebés y hacerse cargo de sus parientes ancianos.
 
Como norma en Occidente, contra más callos en tu mano, menos dinero haces. De modo que americanos y europeos se emplean a fondo en ocupar un puesto de trabajo de oficina. Pero un inmigrante puede pensar que lavar la ropa o servir mesas es aún mejor que hacer lo mismo en Oaxaca o Ankara. Unos cuantos inmigrantes sí huyen de persecuciones o procesamientos, pero la gran mayoría simplemente buscan empleo - pero a cambio de salarios bajos que los americanos o los europeos no aceptarían a ningún precio.
 
Aún así, teniendo en cuenta los costes sociales de la inmigración ilegal, esto no es una situación de colocar a los empleados disponibles en los puestos de trabajo vacantes en la que todos ganan. En su lugar, con demasiada frecuencia se convierte en una especie de apartheid cultural en el que tanto trabajadores extranjeros sin asimilar como ciudadanos occidentales albergan resentimientos entre sí. Los patronos se pueden consolar con que pagan mejor que lo que ganaban los inmigrantes allá en su país. Esto podría ser cierto, pero los salarios nunca son suficientes para permitir que tales recién llegados alcancen la equidad con sus anfitriones.
 
Naturalmente, los inmigrantes se enfadan pronto. Y en lugar de mostrar agradecimiento por un pasaporte de salida de los vertederos de Ciudad de México o Túnez, pueden seguir la hipocresía abierta: el extranjero una vez agradecido pero ahora agotado puede enarbolar la bandera del país al que no volverá mientras critica encendidamente la cultura del país receptor que nunca abandonará. En la segunda generación - como vemos de los disturbios de Francia o de las bandas de Los Ángeles - las cosas pueden ponerse aún peores. En el momento en que llegan los inmigrantes ilegales, comienza una especie de carrera: ¿pueden hacerse legales estos recién llegados, hablar el idioma del anfitrión, y recibir educación antes de envejecer, salir perjudicado o perder su empleo? Si es así, entonces se asimilan y sus hijos son detentados como modelos de diversidad. Si no es así, el final de la historia puede ser la caridad social o la cárcel.
 
La hipocresía abunda por doquier. Los defensores del libre mercado afirman que deben disponer de mano de obra barata para seguir siendo competitivos. Pero también cuentan con los subsidios públicos para hacerse cargo de sus ex empleados cuando se hacen mayores, se ponen enfermos, o se meten en problemas. Los gobiernos de países tales como México o Marruecos normalmente se preocupan mucho más de sus inmigrantes una vez que hace tiempo que se fueron. Después, estos pobres ya no son la volátil prueba de sus propios fracasos, sino víctimas de la indiferencia de algún gobierno extranjero rico.
Y estos desgraciados normalmente envían dinero a casa. La clase media baja se queja sobre todo de la inmigración masiva, pero entonces tienen que competir con extranjeros por los puestos de trabajo, con frecuencia vivir entre ellos y no usan servicios. Los ricos, que contratan inmigrantes a cambio de salarios bajos y solamente los ven en el trabajo, con frecuencia piensan que la inmigración masiva, incluso si es ilegal, es maravillosa.
La solución deseable no es el status quo - ni siquiera las barreras, las multas, la deportación, la amnistía o los programas de trabajador invitado. En su lugar, las sociedades fallidas en Latinoamérica, África y gran parte de Oriente Medio tienen que impulsar la planificación familiar y ponerse las pilas utilizando su abundante riqueza natural para mantener en casa a más de su propio pueblo. ¿El remedio para el Occidente más rico? Ya va siendo hora de recordar que pagar más a nuestros propios trabajadores más pobres, hacer algo de ejercicio ocasional y obedecer las leyes - las de inmigración especialmente - no es desagradable ni de primos. En su lugar, es el enfoque más ético, y a largo plazo más barato.
 
Existe una ironía final, contra más ignoran las leyes las élites occidentales, permitiendo los guetos étnicos sin asimilar y beneficiándose de un mercado laboral de explotación, más comenzarán a parecerse sus propias naciones a los mismos lugares de los que huyeron los inmigrantes.

 
 
Victor Davis Hanson es historiador militar y ensayista político. Actualmente es miembro permanente de la Hoover Institution tras haber impartido clases en la California State University desde 1984 al frente de su propio programa de cultura clásica. Entre otros medios, sus artículos aparecen en The Washington Post, The Washington Times, Frontpage Magazine, National Review Online, Time o JWR.
 
 
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