Ucrania: así no

por Óscar Elía Mañú, 26 de enero de 2014

Desconcierto, impotencia, desunión. Son las tres palabras que definen la reacción europea ante la crisis ucraniana. Desconcierto porque en la última fase de la crisis los europeos se limitan a reaccionar según las imágenes de Kiev llegan a los televisores; impotencia porque los intentos europeos de mediar se han visto arrastrados por la intransigencia rusa y la violencia callejera; desunión, en fin, porque la ficción de una política común de seguridad y defensa se plasma aquí en iniciativas distintas, de distintos países, y al margen de los demás.
 
Grave deficiencia europea, habida cuenta de que el detonante de la crisis es precisamente la parálisis de la firma del acuerdo de Ucrania con la Unión Europea previsto para finales de noviembre de 2013. Los europeos siguen teniendo un miedo casi reverencial a abrirse hacia las tierras de un gigante ruso al que temen desairar: Ucrania no es una excepción. La ausencia del tema en el fallido Consejo Europeo sobre seguridad y defensa de diciembre pasado muestra hasta qué punto los miembros de la UE prefieren edificar fantasías en el aire que afrontar problemas reales y actuales junto a sus fronteras.
 
La falta de alternativa europea a la presión rusa –deuda pública y suministro de gas-, y la imprevisión ante lo previsible son la causa lejana. Con la fase aguda de la crisis, el rechazo visceral de los europeos hacia el uso de la fuerza, y el sentimentalismo democrático, han llevado a la UE a limitarse, tal y como hizo Van Rumpuy, a criticar la "represión" gubernamental…justo cuando miles de manifestantes sitiaban a decenas de policías en la "Casa de Ucrania" a base de cohetes y cócteles molotov, visualizándose que la represión es mutua. Europa, ante la violencia en las calles ucranianas, permanece pasmada, paralizada.
 
Pese a que la UE se cuida de manifestarlo, lo cierto es que el uso de la violencia por parte de los opositores ucranianos -de manera directa, indirecta, fomentada o tolerada- es inaceptable. La Union Europea actual representa una forma de gobierno, la democracia parlamentaria, en la que la discusiones se dirimen pacíficamente a través de las instituciones, y no con la ocupación callejera y el ataque a las instituciones: afortunadamente, la palabra revolución no pertenece al lenguaje político de la Europa actual, aunque ciertamente mantiene un prestigio que no merece.
 
Desde este punto de vista, el mayor logro ucraniano en las últimas décadas ha sido construir unas instituciones democráticas imperfectas pero que al menos han encauzado mal que bien las diferencias hacia el parlamento. La misma constitución que ampara a su antecesora ampara a Yanúkovich, y los votos de su partido son tan válidos como los de la oposición: ni las inaceptables presiones rusas ni las acusaciones de corrupción justifican los ataques violentos contra las instituciones parlamentarias en el centro de Kiev.
 
En segundo lugar, Europa moderna se ha construido también de acuerdo a unas reglas de acceso, a la Unión misma y a los acuerdos y tratados que subscribe. No todo vale para participar o negociar con la UE. El caso de los países excomunistas y de la ampliación de la UE hacia el Este -único éxito europeo en dos décadas- es ejemplo de una política de consenso dentro y fuera de los países, con sus vecinos y entre las grandes potencias.
Tratar de arrastrar a Ucrania hacia Occidente contra la opinión de la mitad de la población y contra el criterio del Kremlin es la mejor manera de desestabilizar el país o de partirlo en dos. Las relaciones de la UE con Rusia, la apertura comercial a las ex-repúblicas y la modernización ucraniana no pueden depender de las decisiones de Klichko o de los grupos callejeros que cercan las instituciones. No al menos sin abrir la puerta a una inestabilidad de consecuencias inesperadas.
 
Que Europa permanezca al margen porque quiere hacerlo o porque no puede hacer otra cosa no quita para que las consecuencias sean nefastas. El silencio europeo ante la violencia opositora la legitima, da esperanzas a sus protagonistas y espolea a los más violentos: Klichko, Yatsenink o Tiagnibok oscilan entre dejarse arrastrar por los radicales o espolear a los manifestantes para mantener su presencia. El aislamiento del Gobierno de Yanukóvich y la falta de alternativas de Occidente lo deja sin opciones, más allá de resistir hasta el final o buscar consuelo en el Kremlin, la causa del problema. El rechazo de la oposición a sus cesiones de última hora -primer ministro y varias carteras- lo ponen ante el abismo de elevar el uso de la fuerza o ceder a las pretensiones de la calle.
 
En ninguno de los dos casos, la solución previsible al menos hoy -caída del gobierno o un uso mayor de la violencia por parte del Estado- es satisfactoria para los europeos. Su interés exige que Ucrania pivote institucional y diplomáticamente hacia occidente; pero ésta es justo la peor manera, o la manera más segura de que fracase, por mucho que los manifestantes que se enfrentan a la policía enarbolen banderas europeas.