Turquía, o el fin de una ilusión

por Ángel Pérez González, 26 de febrero de 2017

La profunda crisis del régimen político turco contribuirá a modificar definitivamente el escenario estratégico que rodea Europa. Se trata de una crisis previsible, al menos para aquellos que han tenido la oportunidad de viajar y trabajar en Turquía durante los últimos cinco años. Pero no por previsible ha resultado menos extemporánea y repentina en una Europa ensimismada y aislacionista, a pesar de su desordenado ir y venir por los mentideros diplomáticos internacionales. Hace ahora tres años era ya evidente el proceso de islamización política y religiosa del país. Al menos lo era para aquellos turcos más conectados con Occidente y paradójicamente mejor situados desde un punto de vista económico. Su preocupación era evidente y su desanimo, a pesar del crecimiento económico del país, respecto al futuro también. Mientras en Europa se proyectaba una imagen de Turquía positiva y se intentaba presentar al nuevo islamismo gobernante como una excelente oportunidad para demostrar que aquel no es necesariamente incompatible con la democracia, Turquía se escoraba irremediablemente. Y el tiempo ha dado la razón a los escépticos. El islamismo es  incompatible con la democracia, exactamente igual que el comunismo, el nazismo y otras ideologías que aspiran, simplemente, a confeccionar una sociedad homogénea e intolerante con la disidencia ideológica o cultural. Como ideología omnicomprensiva no puede existir sin recortar o exterminar la oposición y como fórmula religiosa es necesariamente incompatible con cosmovisiones, y por tanto identidades filosóficas, distintas. Y combinada con la idea decimonónica de estado nacional (un pueblo, una etnia, una lengua) es la mejor receta para alejarse de la modernidad.

El escenario ideológico

Turquía es un recipiente repleto de traumas. Se trata de una gran potencia venida a menos, tanto por razones internas, como por la acción coordinada de las potencias europeas. Como potencia desheredada y vencida guarda en su interior un resquemor latente junto a un orgullo indisimulado por el esplendor pasado. Se trata de una sociedad musulmana a disgusto consigo misma. Desde que Ataturk creara la república y adoptara una postura ideológica crítica con el Islam, al que de manera subrepticia culpó de la decadencia otomana; los turcos se mueven en tierras movedizas. La eliminación o la huida de las minorías cristianas y judías acentuaron esa tensión. Paradójicamente la república laica fue el escenario de la persecución a veces y la acción política otras, tendente a homogeneizar la población del país. Así los griegos abandonaron sus ciudades costeras o fueron expulsados y los armenios resultaron virtualmente erradicados. Y para aglutinar esa crisis identitaria, el estado hizo suyo un fuerte nacionalismo que ha impregnado desde hace décadas la educación y los sentimientos de la mayoría de los turcos. Las ciudades están repletas de banderas de Turquía, cuyo número y dimensiones solo son superados por la multiplicación irracional de mezquitas. Sin saberlo Turquía fue precursora, dando el poder a un populista, líder de un partido tan populista como el, mucho antes de que esa deriva terminase por germinar en Occidente. Erdogan llegó al poder, antes había sido alcalde de Estambul, en 2002 y se mantuvo como primer ministro durante once años antes de convertirse en presidente en 2014. A lo largo de su carrera ha demostrado muchas veces su filiación islamista y su principal éxito fue destruir la capacidad del ejército para intervenir en política, en defensa de la república laica que hoy está a punto de pasar a mejor vida. Mientras en Europa se jugaba con la absurda idea de que Erdogan no quería decir exactamente lo que decía, quizás por la convicción de que la política y la sinceridad son incompatibles, resulta que Erdogan si quería decir lo que decía. Sirva esto para  reconocer que la habilidad europea para no tomarse en serio determinados mensajes políticos es tan recalcitrante como poco imaginativa. Erdogan fue detenido en 1999 por leer en público un poema que decía, de forma premonitoria, que “las mezquitas son nuestros cuarteles, las cúpulas nuestros cascos, los minaretes nuestras bayonetas y los fieles nuestros soldados". En Europa se tildó aquello de texto nacionalista, pero las autoridades y el ejército turco lo interpretaron correctamente como una declaración islamista. En realidad, resultó ser una declaración de intenciones.

Una dictadura de facto

Los cambios que Erdogan pretende introducir en la constitución turca convertirán, de facto, al país en un régimen presidencial semidictatorial, muy parecido al ruso; sin contrapesos eficaces. La reforma no impondrá ni siquiera un límite temporal preciso a la presidencia de la república, pues la norma incluirá la trampa necesaria para saltarse esa minucia. Como todo régimen dictatorial acabará girando en torno a aquellos problemas, reales o ficticios, que permitan consolidar el nuevo régimen. La primera obsesión de Erdogan y sus seguidores es el gulenismo, formula islamista que pretendió abrazar la modernidad y que, compartiendo el mismo objetivo, reislamizar la sociedad, es visto como un serio contrincante. Es imposible saber la dimensión real del gulenismo en Turquía, pero parece evidente que sea cual sea, servirá de coartada para perseguir a todo tipo de oposición.  El gulenismo, nombre que se da a los seguidores de Fhetullah Gulen, exiliado en EEUU desde 1999, ha sido presentado como una tendencia islamista abierta y tolerante. En realidad es tan pobre intelectualmente como el islamismo tradicional de Erdogan, y de hecho ambos, Erdogan y Gulen fueron cercanos colaboradores. Ambos pueden definirse como antikemalistas. Que las dos tendencias de pensamiento que se han acabado imponiendo en Turquía sean islamistas describe a la perfección el estado de postración del país y su elite gobernante. En cualquier caso la persecución de individuos o instituciones que puedan ser afines a Gulen permitirá al nuevo dictador crear su enemigo interno. Por suerte para Erdogan, además del gulenismo, el terrorismo kurdo también servirá como aglutinante. El PKK es sencillamente un grupo terrorista de inspiración comunista. Nada nuevo bajo el sol y cualquier cosa menos una organización que merezca respeto. Sencillamente han mantenido la región kurda en estado de tensión permanente hasta que en 2012 se iniciaron conversaciones de paz hoy estancadas. Las graves tensiones en el Kurdistán sirio e iraquí y los últimos atentados del grupo kurdo TAK parecen cerrar este intervalo de conversaciones que incluso permitieron por primera vez la presencia de un partido kurdo en el parlamento. Si el gulenismo es un problema ficticio, este sin duda es y será un problema real. Y por último Erdogan se enfrenta a un escenario regional convulso. Hasta ahora ha eludido mal que bien las repercusiones internas, no sin polémica, como la tolerancia de facto que durante años ha gozado ISIS en el desarrollo de sus tentáculos comerciales.

Por tanto la república turca ha podido hasta ahora compaginar su alineamiento pro occidental; su aspiración a entrar en la UE; su aversión al régimen sirio; la gestión del problema de los refugiados; la contención del problema kurdo y la tolerancia armada de la actividad del ISIS. Un frágil equilibrio que se ha roto por razones internas. Erdogan aspira a convertir Turquía en algo diferente, un estado más poderoso gracias a la recuperación de sus raíces religiosas e imperiales; y ese salto exige una redefinición del equilibrio descrito.

Alineamiento internacional

El alineamiento internacional de un estado depende tanto de su entorno geográfico como de la naturaleza y ambiciones de su régimen político. Y aunque parezca evidente, es necesario recordarlo porque en el caso de Turquía siempre se presta más atención al escenario que al protagonista. Hasta ahora Turquía cumplía tres papeles clave: puntal de occidente, en la región y frente a Rusia; ejemplo de democracia en el mundo musulmán y puente entre Europa y Asía. Y estos tres papeles los ha seguido a rajatabla. La condición para actuar bien era simple, no sacar los pies del tiesto. Como puntal de Occidente, era un fiel aliado de los EEUU; como democracia musulmana, garantizaba fielmente la existencia formal de una república laica y como puente con Europa, jugaba sus bazas como posible candidato a entrar en la UE, lo que permitía jugar en la liga de las potencias medias. ¿Por qué triunfan las corrientes islamistas? Sencillamente porque ha sabido recoger mejor que otros la semilla del nacionalismo. Como le sucede normalmente al comunismo, el triunfo del islamismo es por si solo improbable. Sin el uso de la fuerza revolucionaria su implantación es difícil y a menudo imposible. La única forma que tiene de vencer esa barrera sociológica que impide el alineamiento general de la población con sus tesis es el abrazo de fórmulas ideológicas emocionales y vertebradoras de la sociedad. En este caso (y casi siempre en realidad) el nacionalismo. El islamismo ha sabido identificar su ilusión social con la idea de nación. Ahí radica la derrota del kemalismo, que en su momento utilizó el mismo elemento como aglutinante social. Al asociarse al nacionalismo, el islamismo ya no puede solo aspirar a un estado islámico tradicional, necesita que este sea soportado por una ilusión nacional suficientemente sólida. No hay más remedio por tanto que reforzar la proyección internacional de Turquía como potencia regional, algo que siempre fue, en definitiva. Y para ello debe sacar los pies del tiesto.

Sería injusto, de todas formas, considerar que el escenario regional no ha afectado a este proceso de reencuentro con su personalidad histórica. La guerra de Iraq primero; luego la guerra en Siria y la aparición del ISIS han generado en torno a Turquía una tormenta perfecta que sus aliados occidentales no han sabido o querido resolver. Y eso ha obligado, de nuevo, a sacar los pies del tiesto. Perseguir a los kurdos, intervenir en Siria o tolerar primero y combatir después al ISIS ha sido una tarea hercúlea que ha obligado a Turquía a encontrar nuevos socios internacionales (Rusia) o a tolerar antiguos enemigos (la dictadura siria) aspirando a estabilizar su extenso y convulso perímetro fronterizo. Esos nuevos aliados están dispuestos a reconocer su poder regional. Sus aliados occidentales son más reticentes.  Por tanto el descenso hacia ninguna parte puede comenzar. Históricamente la debilidad turca ha sido elegir mal sus alianzas internacionales. Veremos si en esta ocasión no sucede lo mismo.

Europa

Para Europa lo que está sucediendo, dentro de lo malo, es una bendición. Adiós a la idea descabellada de incorporar Turquía a la Unión. Proyecto imposible so pena de, bien destruir el proyecto europeo, o convertirlo solo en un mero acuerdo de preferencia aduanera. La Unión Europea en su conjunto y sus miembros por separado han demostrado sobradamente su incapacidad no ya para poner en marcha políticas mundiales ambiciosas, sino para establecer una zona de seguridad alrededor de sus fronteras. Por miedo o falta de voluntad política y por ausencia de medios, la idea de estabilizar Libia, crear zonas de seguridad en Siria o apuntalar el expansionismo ruso en Ucrania resulta imposible. Pero al menos los conflictos que han puesto en jaque al continente tienen la virtud de obligar a todos a repensar lo hecho hasta ahora. La UE debe aprovechar las circunstancias, por adversas que sean, para redefinir sus fronteras. No se puede ampliar la Unión indefinidamente; y menos fuera de sus límites naturales. De lo contrario se definirán solas, o lo harán sus miembros más díscolos (Brexit). Por supuesto esta decisión, dejar Turquía fuera del proyecto, obliga a redefinir la relación con el nuevo estado, ahora sí, islámico. Igual que obliga a pensar detenidamente lo que debe hacerse en Ucrania. Los comienzos no han sido positivos. Merkel se enzarzó en una negociación con Turquía que recuerda tristemente las que entablan España y Marruecos. Una sucesión de sobornos a penas disimulados que, a fin de cuentas, no evitan que el problema estalle y, además, malacostumbran a la parte más beneficiada por la corruptela.

Conclusión

Parece evidente que el futuro inmediato de Turquía será tormentoso, algo malo por razones estratégicas y económicas (al fin y al cabo se trataba de un mercado interesante para muchas empresas europeas). No hay duda de que el islamismo ha llegado para quedarse; que el régimen político sufrirá cambios que lo harán más rígido y menos democrático, y que el alineamiento internacional del país será más flexible, por tanto menos fiable. Y todo ello en un contexto de contracción económica y terrorismo. Tras un largo noviazgo, Turquía parece abandonar cualquier interés en incorporarse a la Unión Europea, algo que de todas formas resultaba difícil. Y para Europa esta nueva situación permite descartar completamente esa posibilidad que no ayudaba, en absoluto, a mejorar su viabilidad futura como organización supranacional. La gran perdedora será la clase media, occidentalizada u occidental sin más, habitante de las grandes ciudades como Estambul o Izmir. Se acabó el cuento de la lechera. Turquía no es Europa.