Trump: un año de revolución

por GEES, 15 de enero de 2018

Ante la sorprendente victoria de Trump, contra todo pronóstico de medios y cancillerías, incapaces de descubrir la orientación política de Estados Unidos, pudo pensarse que su gran virtud era no ser Obama ni Hillary Clinton. Un año después, sabemos que su carisma consiste en haber hecho despertar al mundo occidental del marasmo en que lo ha sumido la ausencia de un desafío bélico comparable a los que tiñeron de sangre el siglo XX.

 

En un libro memorable, Arnold Toynbee explicó en el primer tercio de aquél siglo que la vitalidad de las civilizaciones consistía en su capacidad de respuesta a las amenazas. Este mecanismo de challenge and response era el fundamento de “Un estudio de Historia”, su obra fundamental. Vencidos los totalitarismos de la pasada centuria y asegurado el progreso material sobre la base de una economía científica, es decir liberal, y el Estado de Derecho, se pensó que el género humano, en su versión occidental pero con un carácter notablemente expansivo, había alcanzado una cima. El politólogo Fukuyama lo llamó “El fin de la historia”. Los más perspicaces acudían al auxilio de Popper clamando el advenimiento de la sociedad abierta, vencedora de sus enemigos, que poblaban más que la primera la obra del austriaco. Total que ya podía reverdecerse lo que se quisiera el aforismo del chisposo Samuel Johnson, of all that human hearts endure, how little what kings and laws can kill or cure, la organización política del mundo occidental había alcanzado la perfección. Los males, si los hubiera, serían de orden privado. Y punto.

 

Sin embargo, transcurrida la década de los ochenta y apenas derrumbado el Imperio soviético, en la paradójica fecha de la Navidad de 1991, comenzaron a atisbarse los problemas que dos lustros más tarde demostrarían que, en ciencia política, no hay materialismo que valga y que el determinismo histórico – presente en Fukuyama, ausente en Popper – era tan falso para el marxismo como para el liberalismo. Los excesos de unificación política y económica de Europa datan de entonces, igual que la explosión de la deuda pública como modo de resolver aspiraciones sociales. También es la fecha de inicio de las dificultades geoestratégicas que asombrarían al mundo poco después: la primera guerra de Irak y la fallida intervención americana en Somalia en 1993, que Bin Laden interpretaría como incentivo para atacar en el corazón de los Estados Unidos el ominoso 11 de septiembre de 2001.

 

El resto de la historia es conocida, de puro haberla vivido: la acumulación de deudas incalculables, públicas y privadas, puesto que toda aspiración humana debía ser consagrada en un mundo perfecto a lo Huxley, y la lección a los mundos preteridos representados por el islámico, cuyo resentimiento por la incapacidad de acceder a los bienes políticos y económicos logrados por Occidente, ha generado el desafío de nuestro tiempo.

 

Pero Occidente se había deteriorado espiritualmente tanto para entonces, siguiendo el guión del profético libro de C. S. Lewis “La abolición del hombre”, que los desafíos ya no generaban respuesta. Y este era el momento de dar la razón a Toynbee en su radiografía del declive de las civilizaciones.

 

Así, el único modo en que un ser tan vacuo y petulante como Obama pudo alcanzar la presidencia de los Estados Unidos fue su habilidad para capturar ese anémico zeitgeist. En la campaña que le llevó a la magistratura pública más relevante del mundo occidental dijo: "Irán, Cuba, Venezuela, estos países son minúsculos comparados con la Unión Soviética. No plantean una amenaza seria del tipo que nos planteaba la Unión Soviética”. Y añadió: “Estamos a tres días de cambiar fundamentalmente los Estados Unidos de América”. Y ganó. Y estuvo a punto de lograrlo.

 

Lo que Obama quería decir es que no sólo no había que reaccionar frente a las amenazas, sino que era el momento de salir de la Historia para inventar un nuevo tipo de civilización que pudiera diluirse en las promesas bíblicas de Isaías en que el lobo conviviera con el cordero. Porque, y la histérica reacción a su ascenso al poder parecía avalarle, ¿qué impedía a Obama usurpar el papel de Dios?

 

Pues al parecer el Estado de Derecho en la figura del Tribunal Supremo primero y del propio pueblo americano después. Una de las maneras en que Obama pretendió su acceso al Olimpo fue la reforma sanitaria bautizada Obamacare. El Supremo no la revocó pero cuando intentó revolver el cuchillo en la herida obligando a las monjas a comprar anticonceptivos, las Little Sisters of the Poor obtuvieron amparo judicial. Por fin, cuando pretendía que su legado fuera consagrado por la dinastía Clinton, el pueblo americano, empobrecido y dividido por su mandato, perdido el rumbo mundial por su insistencia en el liderazgo desde atrás, eligió a Trump. No hay mal que cien años dure.

 

Y así fue cómo la nación más poderosa del mundo, adalid de Occidente, detuvo el avance del progresismo que estaba corroyendo sus cimientos y debilitando su resistencia ante las amenazas económicas – China -, espirituales – dilución de la herencia de Jerusalén, Atenas y Roma -, geoestratégicas – negación del problema islámico – y políticas – desvanecimiento de la separación de poderes y la independencia de la prensa -. Trump representa pues a las mil maravillas la expresión de William Buckley, retomada por el buen sentido del elector americano: standing athwart history and yell: stop! (plantarse ante la historia y gritar: ¡basta!).

 

Esa era, en efecto, la manera en que este delicado intelectual definía la actitud del conservador americano ante los excesos de la contracultura. Llegada esta a su paroxismo en la persona de Barack Obama, no le quedaba al pueblo americano más remedio que poner fin a la deriva. Y este, queridos lectores, es el momento histórico en que nos encontramos. Esta, y no otra, es la batalla que representa Trump. Por ello, es relevante. No sólo para los Estados Unidos, sino para el conjunto del mundo occidental que sufre, incluso en mayor medida que América, las consecuencias del progresismo obligatorio.

 

Esta guerra, pues no hay más que abrir un periódico o ver un noticiario para comprobar que lo es, requiere una afirmación desacomplejada de Occidente. Trump la hizo en su discurso de Varsovia.

 

 

Afirmó allí la legitimidad de la “…esperanza en un futuro en el que el bien doblegue al mal y en el que la paz se alce sobre la guerra.”

 

Era un ejemplo que Polonia podía dar inmejorablemente: “Durante décadas de dominio comunista, Polonia y otras naciones cautivas de Europa, sufrieron una campaña brutal para destruir la libertad, vuestra fe, vuestras leyes, vuestra historia, (…), la auténtica esencia de vuestra cultura y humanidad. Y sin embargo, a través de (…) aquello, nunca perdisteis vuestro espíritu.

 

Y cuando llegó (…) el 2 de junio de 1979 y un millón de polacos se congregaron alrededor de la Plaza de la Victoria para su primerísima Misa con su Papa polaco, aquél día, cada comunista en Varsovia debió darse cuenta que sus opresivo sistema estaba llegando a su fin. Debieron darse cuenta de ello justo en el momento en el que durante la homilía de Juan Pablo II un millón de polacos, hombres, mujeres y niños, súbitamente alzaron sus voces en una única plegaria. Un millón de polacos pidieron, no riquezas, no privilegios (…sino que) cantaron tres sencillas palabras: Queremos a Dios.”  

 

Y para que no existieran dudas que al evocar el pasado, Trump estaba hablando del presente, dijo: “Este continente ya no se enfrenta al espectro del comunismo. Pero hoy, nosotros en Occidente hemos de decir que existen graves amenazas a nuestra seguridad y a nuestro modo de vida. Son amenazas. Las confrontaremos. Las doblegaremos. Pero son amenazas.

 

Estamos luchando con decisión contra el terrorismo islamista y prevaleceremos. No podemos aceptar a quienes rechazan nuestros valores y usan el odio para justificar la violencia contra el inocente.

 

…En ambos lados del Atlántico, nuestros ciudadanos están acosados por otro peligro, uno que depende claramente de nosotros. Este peligro es invisible para algunos pero a los polacos les resulta familiar: la continua interferencia de la burocracia estatal que drena la vitalidad y la riqueza del pueblo. Occidente se hizo grande no gracias al papeleo y los reglamentos sino por permitir a la gente intentar perseguir sus sueños y cumplir sus destinos.

 

Recompensamos la brillantez. Luchamos por la excelencia y apreciamos las obras de arte inspiradas que honran a Dios. Estimamos el Estado de Derecho y protegemos el derecho a la libertad de palabra y expresión.

 

Valoramos a las mujeres como pilares de nuestra sociedad y nuestro éxito. Ponemos nuestra fe en la familia, no en el Estado y la burocracia, como centro de nuestras vidas.

 

Y por encima de todo, respetamos la dignidad de cada vida humana, protegemos los derechos de toda persona y compartimos la esperanza de cada alma de vivir en libertad.”

 

Y concluyó haciendo la pregunta decisiva: “¿Tenemos el deseo y el valor de preservar nuestra civilización frente a aquellos que la subvertirían y destruirían?”

 

A la que la respuesta implícita era clara: si así lo deseamos en Occidente debemos organizar un entierro digno a la convicción del fin de la Historia de Fukuyama y reingresar en ella para buscar los modos en que la civilzación occidental pueda prevalecer frente a sus enemigos.

 

Esta batalla requiere junto a la afirmación de Occidente, el desenmascaramiento de sus enemigos internos, parapetados en la costumbre de mandar por decreto.

 

Si recuerdan bien Hillary acusó a Trump de no querer aceptar el resultado de las elecciones cuando pensaba que iba a ganar. Acto seguido, cuando perdió, amagó con no aceptar los resultados, intentó que el colegio electoral no respetara la voluntad del pueblo y finalmente – tras haber encargado un dossier incriminatorio de Trump en el mercado negro de las agencias de información – acusó a los rusos de haber alterado el resultado de la votación. Hemos vivido un año en el que los malos perdedores – el establishment – ha procurado por todos los medios – que son muchos y asombrosamente acaudalados – deslegitimar al presidente electo e impedirle hacer su trabajo al que se debe constitucionalmente.

 

Con todo, su esfuerzo ha sido vano. Trump ha logrado impulsar la reforma impositiva reduciendo los tributos para empresas y familias, ha reducido reglamentaciones obstruccionistas de la libertad y la prosperidad, ha limitado los efectos de la inmigración irregular, ha nombrado jueces de distrito y un espléndido magistrado para el Tribunal Supremo, ha constreñido al máximo – a la espera de la inexcusable reforma legal – las consecuencias del Obamacare, ha vencido a ISIS liberando a Irak de su opresión, ha restablecido la posición tradicional de los Estados Unidos en los foros internacionales, ha propiciado una situación económica de crecimiento sostenido por encima del 3%, la bolsa está por las nubes, como lo está la confianza de los consumidores, el desempleo se sitúa en el nivel más bajo de los últimos diecisiete años – aunque recuperar las cifras de población activa que la política de Obama redujo a niveles de los 80 llevará más tiempo – y se ha dado luz verde a los proyectos energéticos que están haciendo de USA una Arabia Saudí de Occidente.

 

En 2008 el establishment entró en cólera cuando el famoso locutor radiofónico Rush Limbaugh exclamó que esperaba que fracasaran las políticas de Obama, porque las consideraba nocivas para Estados Unidos. Hoy, cuando todos los medios, americanos y foráneos; y las cancillerías occidentales defendiendo rastreramente su interés personal por encima del de sus pueblos, desean abiertamente el fracaso de Trump, nadie se aplica a sí mismo la crítica de falta de respeto a la democracia. Ese es uno de esos rasgos del progresismo que han rechazado los votantes: la manía de aplicar reglas al prójimo que nunca respeta.

 

La cuestión esencial en las democracias occidentales es por tanto si los pueblos tendrán la suficiente decisión y capacidad de acción para derrocar regímenes que se han convertido en la aplicación despótica, y en ocasiones tiránica, del progresismo compulsivo en todo el ámbito político y social, condenando la discrepancia a la condición de locura o reaccionarismo.

 

El fin de la Historia no es pues el esperado. La deriva del sistema liberal democrático obliga o bien a su modificación sustancial para que pueda realmente ser fiel a sus orígenes, o a su superación en un modelo más libre y repetuoso con el Estado de Derecho. Debe revocarse la apropiación del modelo por una oligarquía autodesignada que marca la pauta no sólo de las ideas políticas sino de los gustos, las orientaciones sexuales y hasta de la ciencia. Que castiga con la muerte civil a los desafectos. Lissenko, así, no anda lejos de las obscenas cantidades de dinero destinadas a subvencionar la propagación de la fe en el calentamiento global.

 

Sin embargo, y sin caer en el desaliento, no cabe asegurar sencillamente que esto sucederá pensando que el determinismo es la regla. No hay que minusvalorar la pulsión suicida (véanse las cifras de nacimientos en España, por ejemplo, y la adicción al aborto en todo Occidente) que subyace en la propia deriva del mundo occidental. Busca diluirse en la nada, íntimamente agotado del narcisismo sin causa por su propio ombligo[1].

 

De modo que, siguiendo a Goscinny, todo Occidente está ocupado por una legión de déspotas. ¿Todo? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles americanos resiste, todavía y como siempre, al invasor.

 

Trump ha empuñado su bandera democrática, emprendiendo un cambio que en términos romáticos podríamos calificar de revolucionario. Por eso es tan odiado y combatido. La derrota del desafío de nuestro tiempo depende de nuestra capacidad de responder – en los términos de Toynbee – y que Occidente no perezca.

 

 

 


[1] Por si alguien tiene interés en sentir vergüenza ajena y llorar de pena: https://spectator.org/the-prince-and-the-community-organizer/