por Manuel Coma, 20 de Enero de 2010
El martes 12 un terremoto de fuerza 7,1 con epicentro 16 Km al oeste de la capital de Haití desató sobre Port-au-Prince esos demonios que los devotos del vudú tratan tan asiduamente de controlar. La historia ha sido cruel con el país que a pesar de haber sido el primero en independizarse en América Latina, ha permanecido aferrado a la más extrema cola continental desde todos los puntos de vista, excepto, quizás, dicen los que lo conocen, en el carácter alegre y optimista de sus habitantes. Es el único país absolutamente negro, un puro trasplante de África, y eso no ha sido un buen punto de partida. Esa homogeneidad racial no ha servido para crear una moderna conciencia nacional, cimiento de la política contemporánea. Haití ha sido siempre una sociedad sumamente desestructurada, dominada por sistemas políticos basados en la más elemental fuerza bruta y la corrupción más descarada.
Aunque lo urgentísimo es proporcionarles el máximo posible de ayuda, y hacérsela llegar, lo importante es procurar que esa ayuda no termine contribuyendo a perpetuar el desastre permanente. El caos que actualmente reina no es más que una brutal amplificación del desorden en el que se desarrolla habitualmente la vida del país. El estado brilla ahora por su ausencia pero su presencia nunca ha sido deslumbrante. Sin embargo, los haitianos tienen otro rasero por el que medirse, en el que no resultan, ni mucho menos, tan desastrosos: en Nueva York constituyen una de las comunidades inmigrantes de mayor éxito. La indecible tragedia y la respuesta internacional deberían ser borrón y cuenta nueva para el desgraciado país, si los principales donantes se organizan para evitar que una vez más la ayuda internacional se precipite en el negro pozo sin fondo de la ineficiencia y la corrupción.
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