Tailandia: caminando hacia el abismo

por Gerardo del Caz, 18 de mayo de 2010

Las esperanzas de que el conflicto tailandés se solucione de forma pacífica y próxima se hicieron añicos hace unos días, el 13 de mayo, cuando una bala atravesó la frente del líder opositor, Khattiya Sawasdipol, mientras era entrevistado por el diario International Herald Tribune. El momento, recogido por las cámaras de todo el mundo, ha significado el inicio de una escalada violenta cuyas consecuencias son imprevisibles y que anticipan más violencia. En juego está la democracia más asentada del sudeste asiático.
 
Las posiciones enfrentadas están muy lejos de un acuerdo a pesar de algún intento de negociación y parece que el Gobierno sólo contempla ahora la fuerza para acabar con la revuelta y atajar así nuevas protestas. El país más estable y pro-occidental de la zona se sume progresivamente en una espiral con difícil salida y la debilidad del rey, elemento aglutinante de todas las facciones del país hasta ahora, no hace presagiar nada bueno.
 
 
1. Thaksin, el origen del problema
 
Tailandia ha sido para otros países asiáticos un modelo en muchos aspectos. El único que jamás ha sido colonizado, de los pocos de la zona que no cayó en el comunismo y con Filipinas, el único que mantiene un acuerdo militar con los Estados Unidos por el pacto de Manila y hasta 2006 podía presumir de una relativa estabilidad institucional, con una democracia parlamentaria que se consolidaba poco a poco, bajo la tutela del rey.
 
Fue esta estabilidad, unos gobiernos prooccidentales, así como la alianza con EEUU durante la Guerra Fría, lo que posibilitó que Tailandia se desarrollara mucho más que los países de alrededor y se convirtiera en una economía emergente, casi a las puertas de los cuatro tigres asiáticos. A pesar de la dura crisis económica que sufrió en 1997, Tailandia ha registrado desde los 80 unos elevados índices de crecimiento y en la última década se ha convertido en uno de los mayores consumidores de acero del mundo lo que indica su creciente producción industrial.
 
Para buscar un origen de la situación actual podemos remontarnos precisamente a 1997, cuando a instancias del rey, y para superar la crisis económica provocada por un excesivo endeudamiento, se acordó modificar la constitución y se ampliaron los poderes del primer ministro. Lo que se entendió en su momento como una serie de medidas para fortalecer la democracia y reforzar la autoridad devino pronto en un foco de problemas que ha terminado por desestabilizar el país.
 
En 2001 aparece un personaje clave en este conflicto: Thaksin Shinawatra. Uno de los hombres más ricos de Tailandia, dueño de la mayor empresa de telecomunicaciones, así como de constructoras, y con negocios en toda Asia, se presentó a las elecciones con un programa populista que buscaba atraerse a las clases rurales más desfavorecidas. Su partido, una plataforma creada en torno a su persona, se llamó “Thai rak Thai”, algo así como "los tailandeses aman Tailandia". Con la promesa de subir los impuestos a los más ricos, perdonar las deudas a las familias más pobres, otorgar costosas subvenciones de servicios sanitarios a las zonas rurales y, como decía su lema, "dar la voz a los que nunca la tuvieron", Thaksin ganó los comicios. Los de 2001 y los de 2005. Y, con toda probabilidad, los de 2006, de haberse celebrado normalmente.
 
En esos años, en un país con un 80% de campesinos y unas zonas rurales deprimidas que nada tienen que ver con la cosmopolita y occidentalizada Bangkok, se produjo una profunda fractura social entre la elite económica, que odiaba a su primer ministro, y el campo, donde Thaksin era considerado un héroe y conseguía más del 80% de los votos. Thaksin buscó gobernar para ellos desde el primer día. Llevó a cabo una política de claro perfil populista entregando generosas subvenciones al ámbito rural e implicando a sus empresas privadas en actividades estatales. Sus empresas creaban comedores, daban subvenciones a campesinos y hasta hacían publicidad de Thaksin con los alimentos que regalaban. Con los nuevos poderes de la constitución de 1997 su poder era total frente al del parlamento con lo que fue capaz de llevar a cabo una gestión patrimonialista del país, dominando la justicia y las actividades económicas.
 
Desde las elecciones de 2005 Thaksin fue acusado por los principales periódicos de corrupción, compra de votos, fraude masivo, nepotismo e incluso de incompetencia para acabar con el terrorismo islamista que azota el sur del país. La millonaria venta de la mayor empresa de telefonía celular, que era de su propiedad, a un consorcio de Singapur, por la que no pagó impuestos, desembocó en una ola de protestas en Bangkok que hizo literalmente imposible la gobernabilidad. A esto añadamos su nefasta gestión de la catástrofe del tsunami y las críticas de quienes le acusan de pretender controlar los medios mediante la coacción y el chantaje.
 
En 2005, Thaksin, a instancias del rey, convocó a elecciones anticipadas para el 2 de abril, seguro de que las ganaría. Igualmente seguros de perderlas, los partidos de la oposición se negaron a presentarse a las mismas; pero se celebraron, y con un 61% de los votos (y una participación del 65%) Thaksin siguió siendo primer ministro, aunque por razones técnicas no pudo formar GobiernoLas manifestaciones en su contra en Bangkok se sucedieron y se inició el movimiento "amarillo". Thaksin comenzó una represión en toda regla persiguiendo a opositores mediante detenciones, equiparándolos con terroristas, intentando cerrar la prensa independiente y profundizando es sus políticas populistas.
 
2. Golpe de Estado de 2006
Coincidiendo con la presencia de Thaksin en Nueva York para hablar ante la ONU, y justo cuando en Bangkok se preparaba la mayor manifestación contra él, que con toda seguridad hubiera atraído también a miles de sus seguidores y habría causado enfrentamientos y violencia, el Ejército, a instancias del rey,  decidió acabar con la situación de división social y tomar el control del país mediante un golpe pacífico en el que se prometían elecciones a corto plazo.
 
La irrupción del Ejército debido a "políticos irresponsables", como declaró el general Sonthi Boonyaratklin, supuso la vuelta de Tailandia a los años 70 y 80, donde la toma del poder por parte de los militares no era ninguna novedad. De hecho, para la mayor parte de los habitantes de Bangkok o Chiang Mai, la segunda ciudad del país, ésta era la única salida posible: un golpe de Estado amparado por el rey con el que se pudiera acabar con la situación de caos y desorden institucional, para que se concentrara el poder durante un tiempo, hasta que entre en vigor otra Constitución.
 
Entonces, Thaksin se exilia en Londres desde donde sigue influyendo en la vida diaria de Tailandia a través de sus negocios y de sus influencias. En mayo de 2007 el partido político de Thaksin es disuelto por un tribunal y el 19 de agosto se vota una nueva constitución diseñada por la junta militar que recibe el 58% de apoyo de los votantes.
 
En diciembre de 2007 se celebran elecciones en las que el Partido del Poder del Pueblo (PPP) con importantes vínculos con Thaksin, obtiene una mayoría simple. Thaksin se apresuró a intervenir desde Hong Kong celebrando la victoria y poniéndose a disposición de los vencedores para volver a Tailandia y trabajar con ellos.
 
El 29 de enero de 2008 Samak Sundaravej, del PPP es nombrado primer ministro y diez días más tarde Thaksin regresa a Tailandia. Sin embargo la nueva constitución no daba al gobierno la capacidad de influir en los tribunales que en agosto de ese año iniciaron un proceso contra Thaksin por acusaciones de corrupción y que le obligó de nuevo a exiliarse a Londres el 11 de agosto. El 19 de septiembre otro tribunal  de Bangkok fuerza la dimisión del primer ministro tras demostrar que recibió pagos ilegales por participar en un programa de televisión. El PPP lo sustituye por Somchai Wongsawat, el cuñado de Thaksin, que es nombrado primer ministro.
 
3. Amarillos contra rojos. ¿Cómo se ha llegado hasta aquí?

La división en la sociedad se hace enorme y el 20 de noviembre de 2008 estalla una revuelta en Bangkok en la que cientos de miles de ciudadanos vestidos de amarillo y cercanos al Partido Democrático piden la dimisión de Somchai por las acusaciones de estar bajo las ordenes de Thaksin, que sigue en su multimillonario exilio de Londres apareciendo en televisión y participando en cuestiones políticas internas. Los manifestantes piden la convocatoria inmediata de elecciones. 
 
Doce días más tarde la corte suprema de Tailandia concluye un proceso de varios meses y determina que el PPP cometió fraude electoral y el primer ministro Somchai es depuesto por el rey. Se convoca a las dos semanas una votación en el parlamento para la elección de un nuevo primer ministro bajo las presiones del rey. El parlamento, bajo la tutela de familias próximas a la casa real, otorga el mando al rival de Thaksin, Abhisit Vejjajiva, líder del Partido Democrático con el apoyo de numerosos representantes que anteriormente habían apoyado y habían sido elegidos con el PPP. Se trata de una débil e inestable coalición de gobierno formada por 6 partidos de ideología difícilmente conjugable. El nuevo primer ministro, nacido en Gran Bretaña, educado en Oxford, y de carácter conservador, se compromete a realizar unas elecciones en dos años y acusa a Thaksin de liderar desde el exilio al movimiento opositor con instrucciones de derrocar al rey.
 
El 24 de febrero de 2009 se inicia el movimiento "rojo" cuando cientos de miles de personas se concentran en Bangkok rodeando la oficina del primer ministro y pidiendo elecciones libres ya que el parlamento ha perdido la legitimidad tras el cambio de orientación de los diputados electos. En abril los "camisas rojas" boicotean la cumbre de la organización ASEAN que se celebraba en Bangkok y la inestabilidad se hace habitual en las calles con manifestaciones semanales. En septiembre de 2009 se concentran más de un millón de personas en Bangkok, todas ataviadas de rojo, a las que Thaksin se dirige por videoconferencia instándoles a no rendirse. La respuesta de Abhisit fue acusarlos de estar a las ordenes de Thaksin y de querer convertir al país en una república.
 
Hay que decir que la cuestión real es profundamente sensible en Tailandia donde el jefe de Estado tiene una veneración no equiparable a ningún otro país de la zona y donde una simple crítica es justificadora del delito de lesa majestad.
 
Al tiempo que se sucedían las protestas, Abhisit incrementaba la presión sobre los manifestantes acusándolos, con mayor o menor fundamento, de ser republicanos para apelar al respeto a la monarquía. Se suceden las detenciones que lejos de calmar la situación, producen más protestas. Esta ha sido la tónica general de Tailandia desde entonces, con un progresivo incremento de las protestas y frente a una actitud del gobierno que oscilaba entre la pasividad, esperando la desmovilización de las protestas, y la acusación constante de intentar derrocar al rey. Desde el pasado diciembre la situación se vuelve prácticamente ingobernable con choques entre las facciones roja y amarilla. En febrero la corte suprema de Tailandia resuelve la apropiación de 1.400 millones de dólares de Thaksin que estaban en cuentas congeladas por la venta ilegal de empresas estatales a un grupo de Singapur y por el que empresas de la propiedad del ex primer ministro se embolsaron esas cantidades de forma irregular.
 
4. Un problema de legitimidad 
 
El problema principal de Tailandia es la falta de legitimidad de cada una de las partes. El gobierno actual no quiere convocar elecciones ante la posibilidad de que el movimiento rojo, que ha intentado convertir el conflicto en una lucha de clases, pueda ser el vencedor. Se alega que Thaksin desde su exilio de Londres y con sus millonarios negocios en Asia y Dubai sigue participando en la política y la prueba fehaciente de ello es su omnipresente fotografía en las manifestaciones.
Los partidarios de la opción gubernamental, menos visibles con sus camisas amarillas, se oponen a cualquier adelanto electoral con la justificación de que son meros títeres de Thaksin, condenado por corrupción y acusándolos de querer iniciar una revolución social en el país. El movimiento amarillo es profundamente monárquico y se identifica con una clase social más urbana y cosmopolita.
Desde el día 10 de marzo los manifestantes rojos comenzaron a instalarse en muchas zonas de la ciudad de forma permanente –muchos vienen del campo- y el 3 de abril ocuparon el centro de Bangkok colapsando los distritos comerciales y financieros y provocando enormes pérdidas para la economía. El ejército no intervino hasta el 10 de abril, cuando después de una serie de amenazas, intentó desalojar uno de los campamentos causando 26 muertes y fracasando estrepitosamente en el intento de hacer desistir a los manifestantes que, lejos de verse mermados, se vieron reforzados al tener más apoyos y más movilización gracias a las muertes y a poder presentar ante el país el conflicto como una lucha de clases. Miles de personas se desplazaban de los pueblos a Bangkok para unirse a los camisas rojas para protestar por el desempleo, la eliminación de subsidios a los alimentos o los combustibles, o contra una situación política encallada.
 
El 3 de mayo, el primer ministro Abhisit llegó a un principio de acuerdo por el que el gobierno actual se comprometía a convocar elecciones una vez que los disturbios se detuvieran y los manifestantes abandonaran las barricadas del centro de Bangkok. Las elecciones tendrían lugar el 14 de noviembre y el primer ministro ofreció a los manifestantes "rojos"  una reforma constitucional, reformas económicas para reducir las desigualdades sociales, libertad de prensa y una investigación de los incidentes del 10 de abril. No se cedía en la revocación de las condenas a Thaksin. Los opositores accedieron a ello pero esta vez fueron los "amarillos" otros sectores más tradicionales de la sociedad tailandesa los que iniciaron protestas e hicieron que esa oferta fracasara al considerar que se cedía a un chantaje por parte de los que pedían "democracia".
 
Ante esta situación, los manifestantes rojos, mucho más numerosos, y sabedores de un respaldo social mayor en el resto del país, anunciaron su intención de permanecer indefinidamente en el centro de la ciudad y de bloquear los distritos clave hasta que los militares no se retiraran y que se fijara una fecha para la disolución del parlamento que a sus ojos carece de legitimidad. El primer ministro, ante este ultimátum realizó una nueva oferta asegurando la disolución del parlamento entre el 15 y el 30 de septiembre. Era una solución in-extremis para poder evitar el conflicto abierto. Cuando los manifestantes se disponían a disolverse comenzaron las divisiones entre las filas antigubernamentales ya que algunos se negaban a abandonar sus posiciones hasta que se investigara el papel del primer ministro en los sucesos del 10 de abril y hasta que se retiraran los cargos por terrorismo y lesa majestad contra muchísimos líderes del movimiento.
 
El 10 de mayo, el primer ministro Abhisit anunció que si los manifestantes no se retiraban antes del día 12, se incrementaría la presión militar para desalojarlos. El mismo día 12, tras no recibir confirmación de la disolución, el primer ministro retiró su oferta y ordenó a los militares que iniciaran el asalto cortando los canales de suministro de electricidad, agua y alimentos.
 
5. Futuro incierto
 
Las últimas noticias son los sucesos tras el tiroteo al General Sawasdepol con los manifestantes ya armados y en plena guerra urbana contra las fuerzas armadas. El apoyo social en el resto del país es claro y la explosión de bombas en edificios gubernamentales, hace que las expectativas no sean lo peor. Buena parte de las fuerzas armadas tiene simpatías por los manifestantes rojos con los que comparte el origen rural y humilde y se teme que el conflicto se extienda a otras ciudades del país donde el ejército no podría contener las protestas tan fácilmente.
 
El desbloqueo de la situación es muy complicado y la escalada de violencia que se está viviendo en los últimos días hace presagiar que esta crisis esta muy lejos de solucionarse ya que las diferentes partes se posicionan para tener una posición de fuerza para poder negociar. Cada vez es más difícil encontrar tailandeses que sean neutrales ante la situación actual y el número creciente de víctimas servirá para alimentar el conflicto a corto plazo haciendo más difícil una eventual reconciliación.
 
El papel de Thaksin es muy importante pero sus condenas por corrupción y las acusaciones de haber instigado un golpe de estado contra el rey y el odio que despierta en la clase úrbana de Bangkok lo descalifican para que pueda volver a la política en el corto plazo. Su cómodo exilio entre Londres y Dubai le permiten evitar a la justicia tailandesa y su millonaria fortuna sirve para prestar apoyo económico al movimiento rojo.
 
Clave es la figura del rey, Bhumibol, con 82 años, enfermo y recluido en un hospital de Bangkok por problemas respiratorios, apenas hace apariciones públicas y delega absolutamente todo en su gabinete o consejo real. Es la única autoridad que inspira respeto y veneración a la inmensa mayoría de tailandeses y que en otras ocasiones, como en los años 1973 o 1992, ante revueltas populares, ha podido forjar acuerdos por el respeto que inspira su persona. Oficialmente no se ha pronunciado a favor de ningún grupo para no dañar su propia imagen pero es evidente que no tiene simpatías por Thaksin y que el consejo real ha estado detrás de los cambios de gobierno y apoyando al actual primer ministro dado que, en caso contrario, el ejército nunca habría salido a la calle ante las protestas.
 
Su sucesión, para su hijo Vajiralongkorn, está aún por solucionarse dada su baja popularidad y la revuelta actual es una erosión continua a la institución al significar el colapso del sistema que era aceptado por toda Tailandia y del que la monarquía era garante. Desde que heredó el trono, hace 64 años, su política fue la de delegar los asuntos políticos en su consejo real y en una reducida clase social ligada a su persona por vínculos de sangre o de negocios. Es esta élite real contra la que los manifestantes “rojos” dirigen su ira y por ello se ha politizado la institución real, algo inédito en la historia y que supera ya las estrictas leyes que penan el delito de lesa majestad hasta con 15 años de cárcel por simplemente criticar al soberano. Sea quien sea el próximo rey, difícilmente contará con la veneración y el consenso del país entero como había sucedido hasta ahora.
 
La convocatoria de elecciones generales puede parecer a priori una solución sencilla pero ello significaría acceder a las pretensiones de los manifestantes y sería más que probable que el candidato populista que heredara el apoyo del PPP de Thaksin ganaría las elecciones
 
Según la prensa tailandesa hay tentativas por parte de EEUU de amparar una solución negociada entre ambas partes pero por ahora todo intento ha fracasado y parece ser que China está apoyando de forma incondicional al Gobierno. China, en 1997, facilitó a Tailandia su primer préstamo exterior de importancia con objeto de asistir a Tailandia en la crisis financiera y jugó un papel importante en la estabilización de esa economía. Estratégicamente buscaría una victoria diplomática e ideológica. El fracaso de la democracia más avanzada en el sudeste asiático y su estallido de caos y desorden podría ser útil a China para menoscabar los intentos democratizadores en la región y servir como un argumento para justificar su propio régimen por la estabilidad y la armonía social que conlleva. Para China sería mucho más conveniente que el actual vacío de poder fuera ocupado por un partido o por el ejercito para instaurar un sistema al estilo de Birmania o Camboya que pudiera ser más equiparable al propio y con el que pudiera tener unas relaciones diplomáticas más estrechas. Naciones Unidas ha ofrecido una ayuda que en términos reales se traduce en poco más que buenos e ingenuos deseos para que ambas partes dialoguen.
 
En definitiva el problema está en un sistema democrático de gobierno que en Tailandia se ha deteriorado por no tener una clase media estable y estar bajo la tutela permanente de la casa real y del ejército. Anand Panyarachun, primer ministro en 1991 y 1992, ha declarado: "La democracia en Tailandia no es como en EEUU, siempre dará dos pasos adelante y uno atrás. Es una democracia al estilo tailandés, en la que la autoridad del rey prevalece siempre. Así será el único sistema que funcione". Queda por ver cuál será el papel de la monarquía que durante años ha instigado golpes de estado, cambios de gobierno y que ha pergeñado un sistema político donde los primeros ministros podían ser depuestos sin previo aviso. Ahora ya no será posible.
 
Desde un prisma occidental, la complejidad del país es difícilmente trasladable a términos familiares. Es erróneo equiparar esté conflicto a una simplista lucha de clases o de monárquicos y republicanos. Los que apoyan al movimiento rojo vienen precisamente de áreas rurales profundamente conservadoras y sienten una veneración absoluta por el rey actual pero no por el círculo que le rodea y por los privilegios de una reducida oligarquía que tiene el poder económico y político del país. Es por tanto muy difícil buscar un único culpable a esta situación puesto que la irresponsabilidad y falta de preparación de un pueblo en su conjunto pueden llevar al poder a aquellos que menos lo merecen, lo cual recuerda que la democracia es un sistema que precisa unos requisitos básicos, como la educación y la información.
 
Lo que nos demuestra Thaksin, sus seguidores y sus adversarios es el peligro de que plataformas populistas construidas en torno a candidatos "fuertes", con carisma, deriven en corrupción y en una usurpación de los poderes públicos. Y eso no es un problema “tailandés", sino la prueba de la fragilidad de un sistema que en Tailandia, como en Italia, Venezuela, Argelia u otros sitios, tiene sus imperfecciones y sus riesgos. Tailandia estaría mucho mejor resolviendo sus problemas políticos con una justicia independiente, un rey fuera de la política y unas instituciones fuertes, y no con militares golpistas, con o sin apoyo real y dividida entre facciones de colores y dirigiéndose hacía un incierto futuro.