In the wake of a brutal crackdown last month in the eastern Uzbek city of Andijan, American policymakers seem to face a dilemma. On the one hand, the US must vigorously protest against the killing of hundreds of unarmed demonstrators and reaffirm that we stand for freedom, not repression. But on the other hand, the US has important military interests in Uzbekistan, including the use of a regional base that assists our efforts in Afghanistan. What is to be done?

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La situación en Uzbekistán es fácilmente entendible: “U” de Ucrania, “están” de Kyrgyzstán. El punto álgido de la ola de democratización de los estados ex soviéticos está alcanzando Asia Central, donde no puede sino superponerse a la ola similar del mundo árabe, y donde no puede ser obstaculizada mucho más.
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Uzbekistán representa hoy el mejor ejemplo de la era post soviética en los países de la zona: economías que estaban orientadas a Moscú que ya no son competitivas a pesar de sus enormes recursos naturales, líderes locales y clases dirigentes que, provenientes del antiguo PCUS y totalmente corruptas, gobiernan el país patrimonialmente.
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En las semanas posteriores al 11 de septiembre de 2001, la vecina república ex soviética de Uzbekistán se convirtió en un aliado particularmente útil. Fue el primer país en ofrecer asistencia militar a nuestro Gobierno y posteriormente el Pentágono estableció una base allí.
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La democracia en tales tierras puede ser una delicada flor de difícil aclimatación. Razón de más para que lo que dicen apreciarla pongan toda la carne en el asador para sacarla adelante.
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