Barack Obama o Hillary Clinton han buscado compensar su aferramiento a la ritual retirada de fuerzas militares de Irak con pronunciamientos sobre Pakistán o Irán que dejan el tema mesopotámico en pelea de niños.
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Bueno, lo fundamental no es su retirada, sino que ha perdido las primarias. Pero lo ha presentado de tal manera, que los votos que ha tenido significaban un derecho a negociar la vicepresidencia.
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Por más que lo ha intentado la diplomacia española, Bush se va a ir de rositas sin encontrarse con nuestro bienamado presidente del Gobierno.
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Clinton planteó su discurso desde la profesionalidad, analizando problemas concretos y proponiendo alternativas. Por el contrario Obama se dirigió al corazón de la gente, dio alas a sus ilusiones, les hizo creer que otra América es posible. Los americanos quieren soñar y el realismo de Clinton no les satisface.
El ardiente clavo al que todavía el martes pasado seguía aferrada es que a Obama podía sucederle algo durante el largo verano de duros enfrentamientos con McCain. Al afroamericano aún le quedan inquietantes esqueletos en sus armarios.
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Para que esta nueva iniciativa diplomática pudiera tener éxito debería haberse iniciado hace cuatro años.
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La prensa le había extendido un nuevo certificado de defunción, supuestamente firmado por ella misma, pero el saludable cadáver volvió a alzarse firmemente sobre sus pies para negarlo.
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