El soniquete «Bush mintió, la gente murió» ha vuelto a estar de fiesta unos días en Estados Unidos, a propósito de la aparición de un nuevo informe del Comité de Inteligencia del Senado sobre el uso político de las informaciones y estimaciones de inteligencia en los orígenes de la guerra de Irak.
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¿Alguien necesita que se le explique que un político es un abogado y un propagandista de la causa que promueve y que, en una democracia, cuando se toma la terrible decisión de recurrir a la guerra hay que defenderla públicamente?
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No importa por quien se decanten las preferencias personales, los americanos tendrán que optar en noviembre por el cambio: por más presencia en el mundo o por huir de él.
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Rodríguez Zapatero lo tiene claro: él quiere que Barack Obama sea el próximo presidente americano y le encantaría poder llegar a sentarse en el Despacho Oval. No en vano es uno de los pocos aliados de América que no lo ha hecho.
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Barack Obama o Hillary Clinton han buscado compensar su aferramiento a la ritual retirada de fuerzas militares de Irak con pronunciamientos sobre Pakistán o Irán que dejan el tema mesopotámico en pelea de niños.
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Bueno, lo fundamental no es su retirada, sino que ha perdido las primarias. Pero lo ha presentado de tal manera, que los votos que ha tenido significaban un derecho a negociar la vicepresidencia.
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Por más que lo ha intentado la diplomacia española, Bush se va a ir de rositas sin encontrarse con nuestro bienamado presidente del Gobierno.
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Clinton planteó su discurso desde la profesionalidad, analizando problemas concretos y proponiendo alternativas. Por el contrario Obama se dirigió al corazón de la gente, dio alas a sus ilusiones, les hizo creer que otra América es posible. Los americanos quieren soñar y el realismo de Clinton no les satisface.