Las fuerzas internas y externas que han querido reconstruir el país han contado a su favor con el deseo de paz y el hartazgo de desorden, abusos y violencia. En su contra han tenido la desestructuración de la sociedad afgana.
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4.500 soldados de la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF) y 1.000 de las Fuerzas Armadas afganas han lanzado su mayor ofensiva conjunta en el país hasta el momento: la Operación Aquiles. No les quedaba otra.
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La Alianza Atlántica tendría que advertir a la comunidad internacional con que la actual política antidrogas hace un gran daño al proceso de estabilización y reconstrucción de Afganistán.
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Lo más probable es que las tropas aliadas tengan que vérselas con un hostigamiento creciente en forma de ataques terroristas, muchos de ellos suicidas, encaminados a impedir la labor de reconstrucción del país, así como a dificultar la interrelación entre los soldados aliados y la población civil.
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Los talibanes saben que el campo de batalla real es el mediático. En Occidente la gente no tolera ver imágenes de muertos inocentes por fuego de la OTAN y, más tarde o más temprano, le retirará su apoyo.
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El seguir apoyando a su presidente puede empeorar las cosas a unos meses vista, un momento más cercano de las elecciones en las que muchos se juegan el escaño, pero subirse al carro derrotista no hace más que acelerar el fracaso del que difícilmente pueden salir indemnes.
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El neo-pacifismo de Rodriguez Zapatero está minando así la credibilidad de España como un aliado fiable y solidario y está comprometiendo de forma irresponsable la seguridad de nuestros soldados al negarles cualquier posibilidad de refuerzo
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El problema de Afganistán para el Gobierno de ZP es que no cree en la misión. Si hay tropas españolas allí no es por su convicción de estar contribuyendo a luchar contra el terrorismo y a estabilizar el suelo afgano.
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Mientras que los mandos de la OTAN alertaban ya en marzo pasado de la creciente conflictividad en todo Afganistán, con especial virulencia en el sur, nuestro gobierno prefirió escudarse en la naturaleza humanitaria de la misión y no atender así ni a las peticiones militares de reforzar el contingente ni a las de la Alianza de aumentar la contribución.
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El ministro de defensa y el presidente del gobierno son buenos amigos, quizá los más próximos de todo el gabinete. Pero la amistad le ha valido de poco a Alonso, quien ha sido públicamente desautorizado por Rodríguez Zapatero, al negar cualquier aumento de nuestras tropas en Afganistán.
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