Solbes. Impostura e ineficiencia

por José María Rotellar, 28 de noviembre de 2007

Comenzó la semana con el Foro ABC, en el que participaba Pedro Solbes, vicepresidente económico (¿?) del gobierno. Muchas eran las especulaciones sobre su incorporación a las listas electorales y su disposición a continuar en el ejecutivo si Rodríguez Zapatero continúa en La Moncloa tras las próximas elecciones generales.
 
Y habló el hombre gris, el responsable -junto con Felipe González- del gran desastre económico al que nos llevaron los socialistas, con su culminación en la recesión de 1993: ¡un punto decreció la economía! Habló para decir “sí a todo”, como quien no quiere la cosa, en ese papel de “poli” bueno que se adjudica él mismo, con voz tenue, que esconde, bajo su aparente tranquilidad, sus ataques. Envuelve su discurso en un ambiente a medio camino entre la hipocresía y la mediocridad. Intenta dar lástima, para que le sitúen como el ministro sensato y razonable de este gobierno ayuno de ideas.
 
Es momento de ponerle ante el espejo, donde no puede tapar sus vergüenzas. Solbes no ha sido un buen ministro ni un buen gestor. No lo ha sido nunca. Ha tenido la suerte de suceder a ministros catastróficos -Solchaga- o coincidir con personas todavía menos preparadas que él -no pongo nombres, que el artículo tiene limitación de espacio, pero piensen en el gobierno actual en pleno-.
 
Durante toda esta legislatura se ha dedicado a vender imagen de supuesta gestión. ¿Qué ha hecho Solbes, sin embargo? ¡Nada bueno! Recibió una economía saneada -y no a punto de fenecer, como la que él entregó- y decidió aguantar el resultado. Como todo el mundo sabe, con ese planteamiento se pierde el partido, y él está a punto de conseguir que el fantasma del paro y la inflación desmedidos vuelvan a planear sobre España.
Ni una sola reforma, ni una sola. Un apaño en el mercado de trabajo con Caldera, que no soluciona los problemas del mercado laboral español y nada más. Nada más bueno, quiero decir. Porque en cuanto a distorsionar y perjudicar la economía se ha aplicado con interés.
 
Pretende aparecer como el redentor de nuestros problemas económicos y, sin embargo,  mira hacia otro lado mientras engorda la bola de nieve que nos arrastrará si no tomamos medidas.
 
Pretende aparecer como un economista riguroso y presenta unas cuentas públicas con un crecimiento estimado de manera errónea. Tan errónea que reconoce, a los dos días, que seguramente no se cumplirá.
 
Y pretende envolverse en la bandera del liberalismo, al tiempo que se proclama también socialdemócrata. Explica lo primero porque dice creer en el mercado -como en la OPA a Endesa, ¿verdad, ministro?- y lo segundo por su creencia en el pago de impuestos -es decir, nos quiere convertir a todos los que cumplimos con Hacienda en seguidores de las tesis socialistas, en un claro ejemplo de manipulación-.
 
Liberal no es, desde luego. Ser liberal es bajar impuestos y contener el gasto, manejando el que queda con eficiencia. Y Solbes ha subido 2,5 puntos la presión fiscal, ha incrementado el gasto por encima del crecimiento del PIB nominal y ha participado en el fracaso de toda la gestión del gobierno Zapatero. Solbes es socialista y, como tal, piensa sólo en lo que más le conviene a él y a su partido.
 
Le preocupan poco la economía española y los avatares de los ciudadanos. Dice que la desaceleración es “la vuelta a la normalidad”. La carga hipotecaria o la subida en 15 céntimos del litro de leche o en 20 céntimos la barra de pan le da igual. Es normal. No le molesten con esas cosas, que él es ministro. Eso es cosa del ciudadano, que tiene la fea costumbre de querer seguir comiendo y viviendo bajo un techo. Somos unos ingratos. ¡Qué gran ministro tenemos y no nos hemos dado cuenta!
 
Ha permitido la intromisión gubernamental en la citada OPA a Endesa, ha mirado para otro lado con la CNMV, y ha consentido los cheques electoralistas del gobierno del peor presidente de la historia de España.
 
Su balance es triste y pésimo. No se salva. Vende imagen e intenta dar pena, para conseguir cierta valoración en las encuestas, pero no se salva. Su retorno a la cartera de economía ha confirmado lo peor de su primera etapa, que no es otra cosa que su incapacidad para tomar decisiones e imponerlas en el consejo de ministros frente a los disparates de cada viernes de sus compañeros socialistas.
 
Los números no los tiene tan mal ahora por una simple razón: ha tenido la suerte de que en 2004 heredó la cartera de Rato y del PP, mientras que en 1993 la recibió de un conmilitón suyo, el inigualable Solchaga. No, no va a entregar ahora la economía con un déficit de casi el 7%, ni una catástrofe general en cuanto a los cumplimientos de convergencia con Europa. Ahora va a entregar una economía maquillada, de “tente mientras cobro”. Sin embargo, el crecimiento económico está en franca desaceleración, con una tasa intertrimestral anualizada del 2,82%, con un aumento de la tasa de paro y una escalada inflacionista -que perjudica más a los más débiles- asombrosa.
Pero eso, con ser grave, no es lo peor. Va a entregar una economía que pierde la confianza a nivel internacional, con un intervencionismo preocupante y una parálisis en políticas de reformas. La pérdida de competitividad y de credibilidad es alarmante. El déficit exterior, asombrosamente abultado. La disminución de salarios reales y el fin de la convergencia con Europa, una realidad. Su política para remediarlo, inexistente.
Y nos lo venden como la estrella gubernamental, como el hombre sensato. Esto es lo mejor que tiene Zapatero, lo que da idea de lo nociva que puede ser una segunda legislatura suya.
 
Piensen, amigos lectores, quién gestionaría mejor en momentos difíciles. Háganlo con las facturas en una mano y con su nómina en la otra. Y luego, voten.
 
José María Rotellar es Profesor de Teoría Económica de la Universidad Autónoma de Madrid