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Gees.org Opinión Siria (I): las razones de Putin
Siria (I): las razones de Putin

Siria (I): las razones de Putin

por Óscar Elía Mañú, 08 de Febrero de 2012

En pocos casos la personalidad de un gobernante encaja tan a la perfección con un proyecto de país como en el caso de Vladimir Putin. De carácter impetuoso, soberbio, ambicioso y competitivo, su proyecto político es el de una Rusia fuerte, expansiva, hegemónica y con fuerte capacidad de influencia en la arena internacional. El contraste actual entre los dirigentes euroamericanos, partidarios de la política del consenso, y Putin, que representa con mayúsculas la política de poder, resulta tan palpable como la falta de comprensión de aquellos hacia la omnipresencia de éste en todos los grandes asuntos de la política rusa. Empezando, por supuesto, por la exterior, que es donde la Rossiya Matushka se pone tradicionalmente a prueba.

Desde luego, a la crisis Siria no es ajena la situación y la presión interna sobre el Kremlin. ¿En qué medida? No hasta el punto de explicar todas las razones de Putin. Pero la intransigente posición en el Consejo de Seguridad de la ONU tras la violencia de Homs, aguantando sin dudas ni vacilaciones las arremetidas diplomáticas de Francia y Estados Unidos, transmite seguridad y fortaleza a la sociedad rusa, llamada a votar el próximo 4 de marzo. Ello en unas condiciones difíciles para el gobierno, con las acusaciones de fraude tras las elecciones legislativas de noviembre y las manifestaciones contra la deriva autocrática del gobierno.  No pocas veces los ciudadanos rusos premian con su afecto a un gobernante que apela a un nacionalismo ruso que es casi existencial. Y en el que Putin -que aspira a repetir por tercera vez en la presidencia de la República tras el interregno de Madvédev- se mueve cómodamente.

Pero las razones ideológicas de la Rusia de Putin para alinearse con Assad son poderosas, más allá del atávico nacionalismo y la casi nunca suficiente explicación en términos de política interior. Desde otro punto de vista ideológico, Rusia lleva una década integrando el difuso pero incansable grupo de países enfrentados al régimen político liberal, a la economía de libre mercado y al sistema de seguridad colectivo de ambos resultante. Sin más elemento en común que la oposición al bloque liberal-capitalista occidental, pero no por ello menos agresivo y activo en los últimos años.

No se trata solo de una cuestión ideológica o abstracta. En prácticamente todos los asuntos que desde hace diez años han pasado por el Consejo de Seguridad de la ONU, Moscú se ha alineado contra el bloque occidental y Estados Unidos: las reticencias rusas hacia la resolución sobre Siria son sólo poco mayores a las suscitadas a propósito de Liria en marzo de 2011, a su vez precedidas de las relacionadas con Irak en 2003. Lo que ha llevado a algunos analistas, no sin parte de razón, a hablar de una nueva "guerra fría", dos décadas después del fin de la URSS: con nuevas zonas fronterizas susceptibles de conflicto, y nuevos glacis de seguridad o áreas de influencia: en las que se integra Chechenia, sometida tan a sangre y fuego por Putin como Homs por Assad. Los episodios de Osetia y Abjasia, las tensiones con Ucrania o el escudo antimisiles, muestran el encontronazo con una OTAN a la que Moscú ya no permite expandirse más hacia un este que considera asunto propio.

Lo anterior -un renacionalismo ruso unido a la ola ideológica antioccidental- implica además de una posición diplomática, un tangible estiramiento militar ruso por el mundo. El proyecto de Putin y Medvedev de invertir 322.581 millones de dólares en gastos militares hasta 2020 sitúa el gasto en defensa en hasta el 5,5 % del PIB, doblando el porcentaje de hace dos años: y justificado en la necesidad de una "Rusia fuerte" en el nuevo siglo. En fin, los buques y aviones rusos se estiran ya por todo el mundo, y lo mismo Rusia participa en operaciones en el golfo de Adén, que realiza maniobras en el Caribe o reposta sus bombarderos estratégicos en las pistas de Venezuela.

Dentro de este desperezarse de Moscú, Siria proporciona a Rusia presencia en el Mediterráneo, gracias al puerto de Tartus, donde Rusia cuenta con instalaciones propias, las únicas junto a la de Crimea fuera de territorio ruso. La presencia de naves de guerra rusas en la costa siria es tan frecuente como creciente en los peores momentos para el régimen de Damasco: el portaaviones estrella, el Almirante Kuznetzov, lo hizo el pasado mes de enero, rumbo al Atlántico. Con Egipto en plena sacudida, Túnez en transición, y Libia aún en guerra, queda Argelia -el viejo aliado soviético- y más allá Marruecos como centros de atención. ¿Cómo perder tan privilegiada plataforma en pleno "mare nostrum" y en semejante momento? El propio ministro de Defensa sirio aprovechó para visitar al grupo aeronaval ruso en Tartus, dejando clara la sintonía entra ambos países: ahora el ruso de Exteriores visita Damasco, en medio de lo que ya es una guerra civil.

La "primavera árabe" no sólo está provocando inestabilidad en el Mediterráneo; en el resto de Oriente Medio también. Como en el siglo XX, en el XXI la región será uno de los puntos de fricción internacional, y el orden internacional que surga dependerá de lo que aquí ocurra. Con su inextricable sistema de alianzas, su significado religioso y moral y su capital importancia econômica, ninguna gran potencia puede renunciar a estar presente en Oriente Medio. Todo país que aspire a ser potencia mundial -y de veras Putin aspira a recuperar el papel de Rusia en el mundo perdido en los noventa- debe jugar en el tablero de la región.

Las relaciones militares del régimen de Damasco con Moscú vienen de lejos, tanto en la venta de material como de entrenamiento: la relación de su fuerza aérea es tan estrecha que el propio Bashr se adiestró con los cazas soviéticos, lo que da una idea de la cercanía -casi sentimental- del régimen con su gran patrocinador de grandes programas de armamento. Patrocinador que, bien entrada la crisis siria, e incluso tras las primeras matanzas de Homs, aún suministra armamento ligero a las tropas de Assad. La caída de éste eliminará esta privilegiada y bien ganada posición rusa en la región, junto a Líbano, Israel e Irak, y con una relación directa con Irán, verdadera figura en la sombra que se adivina detrás. ¿Cómo abandonar una presencia justo ahora, cuando más importancia tiene mantenerla?

La determinación rusa, como afirma la columna de GEES de hoy miércoles, responde a un proyecto claro y definido. Perfectamente racional y comprensible. Las razones de Putin tanto las ideológicas como las estratégicas, son tan coherentes como contundentes. ¿Con qué capacidad de éxito oponer a su política las buenas intenciones euroatlánticas?

 



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