Serbia: Elecciones para la continuidad

por Mira Milosevich, 23 de enero de 2007

(Publicado en ABC, 21 de enero de 2007)

El próximo 21 de enero, se celebrarán en Serbia elecciones generales. Aunque, desde las últimas guerras en la antigua Yugoslavia, la situación política en el país se suele describir en términos de antagonismo entre las “fuerzas proeuropeas” y los “nacionalistas”, esta vez tal esquema resulta más que evidente, lo que ha influido en  la agrupación de los partidos democráticos en coaliciones, por miedo a no conseguir el 5% de los votos que exige la nueva ley para obtener representantes en el parlamento. Así que, de los ochenta partidos que participaron en las penúltimas elecciones, la oferta ha bajado a unos quince entre cuyas listas deberá decantar sus preferencias la ciudadanía. La gran novedad es que los partidos de las minorías tienen por primera vez la oportunidad de colocar a algunos de sus candidatos en el parlamento. Hasta ahora, el número de electores de la minoría albanesa en el sur de Serbia no llegaba a 30.000, insuficiente para alcanzar representación parlamentaria. Los albaneses de Medvedje, Presevo y Podujevo, que, después de la guerra de Kosovo (1999), intentaron unir estos territorios con los de Kosovo y Macedonia de población mayoritariamente albanesa, nunca antes quisieron participar en las elecciones serbias. Ahora se presentan en una lista conjunta de cuatro partidos.
 
A pesar de las novedades,  la batalla decisiva se dará, como en los anteriores comicios, entre las formaciones demócratas y los nacionalistas del Partido Radical Serbio (PRS), cuyo antiguo líder, Vojislav Seselj, preso actualmente en la Haya por decisión del Tribunal Penal Internacional (TPI), que le imputa crímenes de guerra en Croacia y Bosnia-Herzegovina, ha enviado desde la cárcel una consigna a sus seguidores: los radicales deberán pronunciarse contra la entrada de Serbia  en la UE y en la OTAN. Este partido, el principal legado del régimen de Slobodan Milosevic, puede aún beneficiarse de su demagogia nacionalista y del apoyo de los antiguos socialistas, y alcanzar, según las encuestas, un 30% de los votos frente al 50% que sumarían las coaliciones demócratas. Este alto porcentaje se debería más a la desconfianza de la población en los programas de los demócratas (a causa de la lentitud de las reformas económicas y de corrupción) que a un entusiasmo real por el programa aislacionista del PRS. Desde la prisión, Seselj sigue intentando influir en la política serbia, y es significativo que el 30% de los electores preste oído todavía a un acusado de crímenes de guerra.
 
Seselj debe esta popularidad crepuscular a la delicada situación en Kosovo. Aunque la comunidad internacional ha aceptado aplazar la publicación del informe acerca del plan sobre el estatuto final de la región del enviado especial de la ONU, Mahti Ahtishari, que estaba prevista para antes de finalizar 2006, dicho plan se hará público inmediatamente después de las elecciones, pero ya se sabe cuál va a ser su recomendación: la independencia controlada, insólito concepto diplomático que intenta armonizar las inconciliables exigencias de los albanokosovares y los serbios. Los primeros no van a aceptar nada “que no satisfaga completamente las exigencias del pueblo”, como afirma Veton Suroi, uno de los más destacados negociadores kosovares. Los serbios, como siempre, depositan sus esperanzas en el peso de Rusia en el Consejo de Seguridad de la ONU y su derecho a veto, aunque saben que Rusia regateará la solución para Kosovo con los EEUU y la UE (acérrimos defensores de la independencia kosovar), intentando obtener de ambos concesiones paliativas de sus propios problemas (que no son pocos) y el enfriamiento de la tensión con occidente. La independencia controlada supondría tal como indica la expresión, una independencia de Kosovo sometida al control de representantes de la comunidad internacional que vigilarían el respeto de los derechos humanos de las minorías. El plan de Ahtisari no va a complacer ni a los serbios ni a los kosovares, aunque hay que reconocer que los primeros perderían mucho más.
 
Los demócratas han creado dos grandes coaliciones en torno de dos partidos rivales: el Partido Democrático (PD) del difunto presidente Zoran Djindjic, cuya viuda, Ruzica Djindjic encabeza su lista, y el Partido Democrático Serbio (PDS) de Vojislav Kostunica. Éste y Borisav Tadic, actual líder del PD,  no tuvieron una relación fácil a la hora de aunar a todas las fuerzas democráticas frente al PRS en la pasada legislatura.  Kostunica, que se inclina al coqueteo con el nacionalismo, está enfrentado públicamente a Marthi Ahtisari. En teoría, acepta que todos los criminales de guerra serbios sean detenidos y entregados al TPI, pero, en la práctica, no se ha visto ningún resultado de dicha conformidad. Borisav Tadic, por su parte, lidera un partido al que se le acusa de ser el más corrupto en Serbia.
 
Si no se produce alguna sorpresa desagradable de última hora, es previsible la victoria de los demócratas, pero esto no significará un cambio profundo en la vida política. La clave de la estabilidad del nuevo gobierno residirá, como hasta ahora, en la capacidad de los líderes del PD y del PDS para cumplir con dos requisitos urgentes: la franca colaboración con el TPI -lo que implica la entrega al mismo de Ratko Mladic y Radovan  Karadzic-, así como las reformas económicas y políticas que podrían acercar el país a la UE. A estos dos partidos, que gobernarán en los próximos años, les corresponderá asimismo hacer lo que todos los políticos serbios siempre habían jurado evitar: tendrán que aceptar la independencia de Kosovo (del mismo modo que han aceptado la independencia de Montenegro en mayo del año pasado). Por tanto, en Serbia se celebrarán nuevas elecciones, pero, el gobierno que de ellas salga no va a ser precisamente nuevo.


 

 
 
Mira Milosevich es profesora e investigadora del Instituto Universitario Ortega y Gasset.