¿Renunciar a Afganistán?

por Luis de la Corte Ibáñez, 21 de octubre de 2009

(Publicado en ABC, 14 de octubre de 2009)
 
Pocos días atrás el mando militar de Estados Unidos en Afganistán advertía que la situación de ese país progresa adecuadamente... hacia el caos. El general McChristal puede haber exagerado con el fin de reforzar su petición para un aumento sustantivo de tropas. Sin embargo, la sospecha de que la guerra librada en el escenario afgano podría perderse lleva meses extendiéndose como una mancha de aceite dentro y fuera de Estados Unidos, más aún en Afganistán y entre la propia insurgencia.
 
La expectativa de una posible derrota ha llevado a algunos asesores y analistas estadounidenses a plantear incluso la conveniencia de una pronta salida de Afganistán. Dicha opción es defendida con tres argumentos principales. Según el primero crear un Estado democrático moderno en Afganistán constituiría un objetivo inalcanzable a medio plazo, dadas las peculiares características de ese país. El segundo argumento afirma que la actual insurgencia afgana no debería seguir identificándose con la amenaza terrorista que originó la intervención en 2001. Complementariamente, el tercer argumento apunta que existe una alternativa estratégica más realista para eliminar aquella amenaza: intensificar los ataques aéreos y las operaciones de comando contra los líderes y elementos de Al Qaida que aún perviven ocultos en la zona fronteriza de Pakistán. Unas declaraciones recientes de Obama subrayando su pretensión de priorizar la persecución de Al Qaida (por encima de cualquier objetivo relacionado con el futuro político de Afganistán) sugieren que el presidente estadounidense podría compartir los tres argumentos comentados.
 
Ignoramos si Obama aspira a una rápida retirada. Afortunadamente, sus secretarios de Defensa y Estado no parecen estar por la labor. Quienes aducen que será imposible modernizar Afganistán en un plazo razonable están seguramente acertados. Pero ello no elimina los inconvenientes morales de abandonar al pueblo afgano a su suerte en una coyuntura como la actual. De otra parte, es absurdo suponer que la retirada no alimentará al yihadismo global envalentonando a sus líderes y militantes. Además, la alianza entre Al Qaida y las dos facciones más potentes de la insurgencia (los talibanes del mulá Omar y el clan Haqqani) aún prevalece. Así, cuanto mayor sea el territorio controlado por los insurgentes, mayor será también la libertad de movimientos de Al Qaida y más difícil obtener información útil para localizar y capturar o eliminar a sus miembros. Finalmente, si los talibán afganos llegaran a recuperar el poder, Pakistán podría rectificar su actual ofensiva contra los radicales yihadistas que habitan en sus zonas tribales, lo que también favorecería a Al Qaida.
 
En definitiva, renunciar hoy a Afganistán sería una gran irresponsabilidad. Esperemos que el presidente Obama y sus aliados también lo entiendan así. Por supuesto, permanecer sin más no es mejor opción. El mundo libre carece hoy de una estrategia unitaria para vencer en Afganistán y la requiere urgentemente, junto con la voluntad política necesaria para aplicarla hasta su culminación.