Receta para la era post-no proliferación

por Charles Krauthammer, 24 de abril de 2008

(Publicado en The Washington Post, 18 de abril de 2008)
 
La era de la no proliferación ha terminado. Durante la primera mitad de siglo de la era nuclear, la seguridad dependió de restringir el armamento a las grandes potencias y mantenerlo lejos del alcance de los estados criminales. Esta estrategia iba a dejar de funcionar inevitablemente. Lo inevitable ha llegado.
 
Las negociaciones a seis bandas sobre Corea del Norte han fracasado miserablemente. No evitaron que Pyongyang pusiera a prueba un arma nuclear y entrase en el club. Corea del Norte ha roto una vez más su acuerdo de revelar todas sus instalaciones nucleares.
 
La otra prueba de fuego era Irán. Las negociaciones del UE-3 (Gran Bretaña, Francia y Alemania) no fueron a ninguna parte. Cada resolución del Consejo de Seguridad de la ONU decretando lo que pretendían ser sanciones era más inútil que la anterior. El enriquecimiento de uranio continúa.
 
Cuando el anuncio más reciente por parte de Irán de que triplicaba su cifra de centrifugadoras hasta las 9.000 no suscitó ninguna respuesta perceptible por parte de la administración Bush, el juego había terminado. Todo el mundo dice que se debe evitar que Irán sea nuclear. Nadie pondrá el cascabel al gato.
 
La “Comunidad Internacional” no está puesta a hacer algo de importancia para detener la proliferación nuclear. Lo cual es el motivo de que tengamos que afrontar la realidad y empezar a pensar en cómo viviremos con lo impensable.
 
Existen cuatro maneras de tratar con estados criminales que pasan a ser nucleares: la acción preventiva, la disuasión, la defensa balística y el cambio de régimen.
 
La acción preventiva funciona pero, como remedio, está consumido. Irak vio socavada su fuerza a consecuencia del ataque israelí de 1981, de la Guerra del Golfo de 1991 (que destapó los programas nucleares clandestinos de Saddam) y finalmente a consecuencia de la invasión de 2003, que puso fin a la dinastía Saddam.
 
Un efecto colateral de la Guerra de Irak fue el desarme nuclear de Libia. Viendo el destino de Saddam, Moammar Gaddafi dio a conocer y desmanteló su programa nuclear. Y si hay que creer el Informe Nacional de Inteligencia de noviembre, la invasión de Irak hasta indujo a Irán a suspender temporalmente el enriquecimiento y la conversión de tecnología civil en militar.
 
Pero el coste de la acción preventiva es demasiado elevado. Nadie va a renovar la Guerra de Corea con un ataque contra Pyongyang. Y las perspectivas de un ataque contra las instalaciones de Irán son hoy cada vez más ínfimas. ¿Qué hacer?
 
La disuasión. Funcionó en la Guerra Fría a dos bandas. ¿Funcionará contra múltiples criminales? Parece bastante apropiada en el caso de Corea del Norte, cuyo régimen, lejos de ser suicida, está obsesionado con la supervivencia.
 
Irán es harina de otro costal. Con su directiva fanática actual, la disuasión es en la práctica una jugada débil, como escribí en el 2006 al defender considerar la prevención. Pero si la prevención está descartada, la disuasión es todo lo que queda. Nuestra labor es hacer menos endeble en este contexto la disuasión.
 
Dos maneras: empezar realizando una amenaza de represalias en respuesta a la agresión nuclear iraní tan inequívoca y tan contundente que los no fanáticos de la dirección contengan o incluso expulsen a aquellos que empujan a su país al borde de la extinción.
 
Pero hay un accesorio útil para la disuasión: la defensa balística. Contra un arsenal soviético enorme, esto era inútil. Contra potencias pequeñas con arsenales pequeños, léase Corea del Norte e Irán, se vuelve extremadamente eficaz conjuntamente con la disuasión.
 
A efectos del argumento, imagine un sistema antimisiles a dos niveles en el cual cada nivel es deficiente con, digamos, una precisión de derribo del 90 por ciento. Eso significa que uno de cada 100 misiles atravesará ambos niveles. Eso refuerza infinitamente la disuasión al degradar radicalmente la posibilidad de un primer ataque con éxito. Hasta Mahmoud Ahmadinejad, presidiendo un arsenal de, digamos, 20 cabezas, retrocedería ante estas probabilidades -- teniendo en cuenta la probabilidad del 100% de que un contraataque de represalia de cientos de cabezas israelíes (y/o americanas) convirtiera a Irán en un recuerdo.
 
Por supuesto, uno puede superar la defensa balística utilizando terroristas. Pero todo lo que no sea un ataque herméticamente secreto, perfectamente ejecutado y en múltiples emplazamientos provocaría una destrucción terrible, pero no existencial. La destrucción de represalia, por otra parte, sería existencial.
 
Aquí tratamos, por supuesto, de probabilidades. La seguridad total solamente viene del cambio de régimen. Durante la Guerra Fría, nos preocuparon las cabezas soviéticas, pero nunca las cabezas francesas o británicas. Las armas no matan gente; la gente mata a la gente. El cambio de régimen seguramente llegará tanto a Corea del Norte como a Irán. Esa es la salvación definitiva.
 
Pero entre el presente y el entonces se encuentra el peligro. ¿Cómo superar con seguridad el intervalo? La disuasión combinada con la defensa balística hace tan improbable que tenga éxito un primer ataque y aún así tan seguro que provocará la autodestrucción que podría -- solamente podría -- llevarnos desde el día en que los criminales pasen a ser nucleares hasta el día en que sean depuestos.
 
Hemos entrado en la era post-no proliferación. Es hora de pensar en una situación desagradable y enfrentarla.


 

 
 
Charles Krauthammer fue Premio Pulitzer en 1987, también ganador del National Magazine Award en 1984. Es columnista del  Washington Post desde 1985.
 
 
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