Razones para una guerra

por GEES, 14 de diciembre de 2003

Con su habitual precisión Wolfowitz lo explicó recientemente: el argumento de la amenaza que suponían las armas de destrucción masiva en manos de Sadam Hussein fue el punto de encuentro en el que convergieron todos aquellos que defendían la necesidad de usar la fuerza contra Iraq, pero no el único.
 
El incumplimiento sistemático de las obligaciones impuestas en los acuerdos del alto el fuego, repetidas hasta la saciedad por el Consejo de Seguridad, no sólo representaba una burla contra Estados Unidos y el Consejo, implicaba también un mensaje dirigido a todos los déspotas del planeta sobre la incapacidad de Washington y de la ONU para hacer cumplir sus exigencias. Una falla del principio de disuasión y una invitación, por lo tanto, a la proliferación que había que evitar poniendo fin, cuanto antes, a aquella situación.
 
Fue sin duda el propio Wolfowitz quien más énfasis hizo en el segundo argumento, referido al riesgo de colaboración entre Sadam Hussein y Osama ben Laden. Incapaz Iraq de ganar una guerra a Estados Unidos, sus gobernantes podían caer en la tentación de pasar armamento de destrucción masiva a un grupo terrorista, para atacar más eficazmente a la gran potencia en un claro ejercicio de estrategia asimétrica. No había pruebas contundentes de colaboración operativa, pero sí de comunicación y relación. Desde esta perspectiva sería una pre-emptive action, concepto traducida incorrectamente entre nosotros como “guerra preventiva”.
 
El tercer argumento provenía de las campañas balcánicas: la “injerencia humanitaria”. Desde la Paz de Westfalia veníamos manteniendo el principio de “no injerencia en los asuntos internos de un estado soberano”. Se podían cometer las mayores barbaridades, pero si no suponían una amenaza para sus vecinos las restantes potencias debían mantenerse ajenas. En la actual sociedad global la ciudadanía no tolera ver, oír o leer atrocidades y quedarse de brazos cruzados. El “hay que hacer algo” se convirtió durante la crisis de Kosovo en una acción militar dirigida a poner coto a la limpieza étnica dirigida por Milósevic. Pero aquello no podía ser una excepción. Negado el principio rector y definida la vía de intervención el problema era establecer una prelación de intervenciones ¿quién iría antes, Iraq, Cuba, Korea del Norte...? ¿Por qué a unos se les puede liberar y a otros no?
 
Los tres argumentos tenían peso y sólo con el paso del tiempo podremos valorar más objetivamente su mayor o menor relevancia. El descubrimiento de una nueva fosa con unos tres mil cuerpos de ciudadanos kurdo-iraquíes, asesinados durante las campañas de represión a cargo del célebre Alí “Químico”, poco puede aportar sobre la realidad, bien documentada, de salvajes matanzas ejecutadas a lo largo de años. Sin embargo, debería movernos a reflexionar. ¿Por qué entonces, como en la crisis de los grandes lagos, no hicimos algo para evitarlo? La vida es cambio, nuevas crisis nos esperan a la vuelta de la esquina y convendría que tuviéramos criterios claros sobre cómo y cuándo debemos usar la fuerza.