Quince años después, seis lecciones no aprendidas

por Óscar Elía Mañú, 12 de septiembre de 2016

 
Quince años, cambios en presidencias, una "primavera árabe" y una crisis de refugiados después, separan el 11 de septiembre de 2001 del 11 de septiembre de 2016. Muchos intuían entonces la aparición de una nueva era estratégica en la que, si bien las tradicionales cuestiones se mantendrían, el islamismo jugaría un papel esencial. El mismo Bush lo expresó con claridad a los pocos días de los ataques: sería una guerra larga y complicada. Quince años después, hay algunas lecciones que extraer, y que los europeos tienen dificultades en lograr.
 
1. La guerra contra el terrorismo exige dotarse de unas capacidades militares adecuadas. El 11S cogió al Departamento de Defensa en pleno trabajo de replanteamiento de objetivos, operaciones y estructuras. Esto permitió a los de Rumsfeld una reacción más rápida ante los nuevos retos, que dió buenos resultados. La lucha contra el terrorismo no es únicamente militar, pero lo militar es componente insustituible de ella. Luchar contra el yihadismo pasa necesariamente por localizar las infraestructuras terroristas, acudir sobre el terreno y destruirlas antes de que, desde ellas, se inspiren, preparen u organicen ataques: la guerra preventiva es parte fundamental de la guerra contra el terrorismo del siglo XXI. La prevención no implica sólo atacar antes al enemigo, sino hacerlo de una manera determinada. Esto ha supuesto un cambio evidente respecto a lo que se ha llamado “guerra convencional”, que ningún especialista niega. Implica y exige de las Fuerzas Armadas capacidad de cambio y adaptación, inteligencia previa y sobre el terreno, capacidad de despliegue, flexibilidad en el mando y control, movilidad, potencia y precisión de fuego. Todo lo cual es caro, y exige un gran esfuerzo económico sostenido en el tiempo.
 
Es decir: la guerra, primero contra Al Qaeda, ahora contra el ISIS y después contra el grupo que les suceda, exige en primer lugar inversión militar. Los ataques de Washington y Nueva York invirtieron la tendencia norteamericana de desinversión militar tras la Guerra Fría: fue la primera y más evidente enseñanza del 11S. Quince años después, descubrimos aquí la primera anomalía europea. Tardaron poco los países de este lado del Atlántico en mirar con desconfianza y condescendencia el aumento en la inversión militar norteamericana. Aún hoy, incluso desde ámbitos europeos se desprecia la aproximación militar al terrorismo, que los europeos siguen empeñados en entender como un asunto de seguridad y delincuencia “convencionales”: que es justo lo que el 11S, con su hiperbólica destrucción, demostró que no lo era. Este desinterés de los europeos en su defensa mostró sus consecuencias en la guerra de Libia (2011), cuando los socios de la UE se mostraron incapaces de sostener una operación militar aérea de alcance medio y dificultad moderada emprendida por ellos mismos. En Siria e Irak ni lo han intentado, más allá del envío de asesores militares y operaciones especiales que no están venciendo decisivamente al ISIS. Prefieren dejar en manos de Rusia, Estados Unidos o Irán la solución al conflicto, como si un tipo de soluciones fuese igual que otro.
 
El resultado del desinterés europeo en hacer guerra es la impunidad: hoy el Estado Islámico entrena terroristas en Siria, Yemen o Irak y llama desde Raqqa a atentar en Europa. A diferencia de Ben Laden en Afganistán en 2001, los yihadistas de hoy están lejos del alcance europeo: sólo temen a Moscú y Washington. La falta de capacidades militares de los europeos implica impunidad; y la impunidad es una invitación a la agresión. A esta consecuencia se suma otra no menos importante: la desinversión en defensa de los europeos genera falta de credibilidad, desconfianza y desinterés en Estados Unidos, incluso cuando Obama ya no crea en el instrumento militar, el malestar es evidente: Trump tiene razón cuando advierte que, en estas circunstancias, quien quiera defensa y solidaridad norteamericana deberá en primer lugar pagarse la suya: ¿por qué, tras años de advertencias, iban a seguir los Estados Unidos garantizando la defensa europea si los europeos no lo hacen?
 
2. Además, la guerra contra el terrorismo exige reformas en los servicios de inteligencia. Rastrear, localizar y eliminar yihadistas exige unas capacidades de inteligencia diferentes y más intensas que las de la guerra convencional: especialmente en la era de la globalización, de las comunicaciones por satélita y de internet. Mayores capacidades humanas y tecnológicas, mayor coordinación entre agencias y mayor control y transparencia para los responsables del Gobierno. No se trata sólo de potenciar económica o humanamente los servicios de inteligencia, sino de cambiar su estructura, funcionamiento y rendimiento. La Administración Bush entendió bien las limitaciones y errores cometidos previamente al 11S. El resultado fue la reforma de toda la estructura de inteligencia, lo que desembocó en la creación en 2004 del Director de Inteligencia Nacional, con el objetivo de llegar al terrorista antes de que el terrorista llegase al objetivo.
 
En Europa no se ha producido nada semejante. En Francia y Alemania existen propuestas de reforma, que chocan con la burocracia interna: en España ni siquiera se ha llegado a plantear algo así, pese a los graves errores asociados al 11M.  Los europeos siguen engañándose pensando que los problemas de inteligencia se solucionan simplemente compartiendo información entre socios. Es parte de la verdad, pero ni mucho menos toda ella. Siguen existiendo barreras jurídicas y legales para la obtención de información, que acaba dependiendo de socios fiables y menos fiables. Existen barreras a la colaboración de fuerzas de seguridad y servicios de inteligencia que dificultan desmantelar células terroristas. Y la información no llega a los responsables de tomar decisiones a tiempo para establecer estrategias a largo plazo: con cada atentado terrorista en Europa se conocen problemas sin solucionar a la hora de compartir información, no entre paises, sino entre servicios de inteligencia, fuerzas de seguridad y responsables políticos dentro de cada nación. A los quince años del 11S, en París o Bruselas, aún se llega al terrorista después de que éste llegue a su objetivo. Y no es porque no deje pistas y rastros antes de ello.
 
3. La guerra es un choque de voluntades (Clausewitz) y exige limitar los efectos psicológicos del atentado. Está en la esencia del atentado terrorista lograr la parálisis de la sociedad a la que golpea. Evidentemente, en una sociedad abierta cada atentado produce efectos incontrolables. Por eso una de las prioridades de la Administración Bush hace ahora 15 años era recuperar tan pronto como fuese posible la normalidad en Nueva York y en el resto del país. Tardó semanas en hacerlo, pero tan pronto el tráfico aéreo y las operaciones comerciales se reanudaron, el país volvió a la normalidad progresivamente. Éste objetivo, nunca logrado del todo, es esencial para resistir el chantaje terrorista.
 
15 años después, el problema no se ha solucionado, especialmente en Europa y debido al terrorismo interno. Las ciudades europeas se ven cada vez más, cada vez durante más tiempo y cada vez con mayor profundidad, paralizadas por golpes terroristas de magnitud mucho más limitada que el ataque del 11S, que tuvo alcance nacional. Los casos de Bruselas y París son de nuevo paradigmáticos: tras cada ataque, y durante horas o días, las metrópolis europeas se sumen en el caos más absoluto sin que exista motivo real alguno para ello. No sólo son las pérdidas económicas (las derivadas, por ejemplo, del cierre de aeropuertos durante días o semanas), sino especialmente de las morales: a cada atentado siguen réplicas psicológicas que a través de los medios de comunicación y las redes sociales traumatizan durante horas a la sociedad, y paralizan a las fuerzas de seguridad y los gobiernos.
 
De nuevo el caos en Bruselas en marzo de 2016 es paradigmático, pero también lo es lo ocurrido en Marsella en julio, y en agosto en Playa de Aro (Gerona) tras una broma: pese a que los actos terroristas son más pequeños, el efecto psicológico a corto plazo es cada vez mayor mayor. Y por lo tanto el éxito de los terroristas más logrado. Los europeos, por falta de confianza en sí mismos, por debilidad ideológica o por falta de liderazgo, no han sido aún capaces de evitar el modo pánico que recorre el Viejo Continente tras cada atentado.
 
4. El verdadero recorte de libertades no es el que las élites europeas denuncian. No sólo se trata de las consecuencias inmediatas de un atentado, sino del efecto a medio y largo plazo en el ser de la sociedad. El 11 de septiembre supuso en Estados Unidos una reacción doble: en primer lugar, una reafirmación patriótica, plasmada en un apoyo masivo al Presidente, el florecimiento de banderas norteamericanas por todo el país y en el aumento de alistados en las Fuerzas Armadas para luchar en Afganistán e Irak. En segundo lugar, la defensa de las libertades americanas supuso la puesta en marcha de medidas, solidificadas en la Patriot Act con un consenso absoluto, para proteger el modo de vida norteamericano, esto, es la seguridad del día a día en una sociedad abierta.  
 
15 años después, con el yihadismo actuando directamente en y desde las calles europeas, en este lado del Atlántico sigue gustando más la discusión que la acción. El recorte de libertades no viene del refuerzo de las capacidades de los servicios de inteligencia, de los cambios judiciales o de una mayor libertad policial para localizar, seguir y detener sospechosos. El recorte de libertades viene de otro lado, está ya asentado y extendido en las sociedades europeas. Lo que nadie en 2001 pensaba podía ocurrir, está ocurriendo quince años después: en la Europa de 2016 se suspenden exposiciones, se cancelan conferencias, se censuran artículos, libros y viñetas relacionadas con el islamismo, radical o moderado. A golpe de miedo al ataque y de miedo a la corrección política, el Islam es hoy en día un tabú en territorio europeo: el caso de la deriva de Charlie Hebdo es paradigmático. Y  no se trata ya de la censura europea ante todo lo relacionado con el Islam. Más allá de ello, expresiones típicas de una sociedad abierta se vienen abajo: se suspenden partidos de fútbol, festivales de música, conciertos de música, ante amenazas más o menos confirmadas. En fin: la irrupción del yihadismo en las calles europeas ha creado un problema en el que nadie pensaba en 2001: el del recorte real, sistemático y sostenido en el tiempo de libertades en las sociedades occidentales. Con un agravante: el mismo recorte se ha convertido en un tabú.
 
5. El quintacolumnismo de la "yihad del cuchillo". El 11S situó pronto a las fuerzas de seguridad y a los servicios de inteligencia sobre la pista afgana y talibán: la respuesta a un ataque ejecutado por saudíes y egipcios, ordenada y planeada desde Afganistán era relativamente clara, contra células y miembros de Al Qaeda extranjeros. Sólo había que evitar la “doctrina Clinton”, el bombardeo esporádico e inútil de objetivos desperdigados por el desierto, y cazar a los responsables del horrible crimen que aunque entrenados en el último tramo del plan en Estados Unidos, se escondían en países lejanos con el amparo de regímenes fundamentalistas.
 
Hoy los europeos no tienen esa ventaja. Quince años después, los europeos tratan de identificar, localizar y neutralizar a sus enemigos no sólo en Yemen o Siria, sino en las barriadas y ciudades europeas. Quienes matan en las calles de las grandes urbes europeas no sólo se esconden en cuevas afganas o desiertos yemeníes: lo hacen en París, Bruselas o Londres, en barriadas enteras convertidas en zonas sin ley, donde se mezclan islamismo, tráfico de drogas y de armas, corrupción y desempleo. Los británicos que matan británicos, los franceses que matan franceses, los belgas que matan belgas, son aleccionados, captados y ayudados por franceses, británicos y belgas. Son amparados y escondidos por británicos, franceses y belgas. Y por fin, son justificados o disculpados por musulmanes moderados con pasaporte británico, francés o belga. El cambio respecto al reto al que la Administración Bush en 2001 en cualitativo, porque Estados Unidos no se enfrentaba entonces a cuestiones relativas a su propia cultura o nacionalidad; nadie llegaba entonces a entrever la pesadilla de un conflicto interno y civil dentro de la sociedad abierta. Hoy en Europa nadie se atreve a descartar este escenario en el futuro.
 
6. La cuestión del yihadismo va unida al desarrollo del Islam. En su discurso ante el Capitolio el 21 de septiembre de 2001, fue muy claro al respecto: no se trata de una guerra contra el Islam, sino contra el yihadismo y los países que amparan a sus responsables. La estrategia de Ben Laden pasaba por castigar ejemplarmente a Occidente, desalentando su presencia y su relación con los países musulmanes. Para Estados Unidos, la respuesta al 11S descansaba en buena medida en una nueva política exterior hacia el mundo musulmán, que premiase los procesos aperturistas favoreciendo las libertades y que castigase el despotismo y la corrupción. Evitar todo esto allí impediría los ataques aquí.
 
Pero quince años después, los europeos se enfrentan a un problema bien distinto: no de política exterior, sino de interior. E interior lleva a la pregunta por su propio futuro cultural, institucional, político. El auge de la población musulmana en Europa en estos quince años no deja lugar a dudas sobre el papel esencial que parece jugará en el futuro del Viejo Continente la religión islámica. Pero los europeos no se plantean, o se plantean erróneamente, el fondo de la cuestión. En primer lugar, porque a nivel religioso o ideológico, no se trata de lo que ellos piensen de la relación del yihadista con el Islam o del Islam mismo, sino de lo que él mismo piensa de sí mismo y de su religión y de lo que la mayoría musulmana piensa y hace al respecto: el Islam ni es una cuestión privada o particular del individuo, ni puede serlo sin dejar de ser Islam, por mucho que el europeo heredero de la Ilustración, decreído y relativista, lo crea así. No es él quien decide que es el Islam, sino sus fueles. Y el Islam no sólo es una religión pública –todas lo son y deben serlo- sino que es una religión política, que debe configurar a partir de las enseñanzas del Profeta las instituciones políticas y sociales. Esto es algo que los europeos son incapaces de concebir: incapaces además de percibir el peligro que encierra para ellos.
 
En segundo lugar, a nivel estratégico, los europeos vuelven a equivocarse. La historia del yihadismo demuestra que Al Qaeda, ISIS y el resto de grupos poseen un proyecto político real, concreto y posible: la creación de unidades políticas, la toma del poder en Estados o la parasitación de ellos. Esto implica una agenda política, militar, terrorista: táctica y estratégica. La desestabilización desde dentro de los países europeos, la influencia en su política exterior a través del quintacolumnismo yihadista forma parte de ella: los manuales y revistas yihadistas lo recuerdan a menudo. Ante esta estrategia, las comunidades islámicas europeas no pueden, no saben o no quieren actuar.