Promesas rotas

por Stephen Schwartz, 12 de abril de 2006

'Nunca olvidéis lo que sucedió aquí', afirmaba tajante el Papa Juan Pablo II en 1993, cuando visitó Albania - donde, bajo la dictadura de Enver Hoxha, los comunistas se encontraban en su punto más feroz de supresión de la religión. Más de una docena de años después, la sentida advertencia del Papa parece completamente olvidada. A los católicos albaneses se les prometió ayuda en la reconstrucción de su vida civil y religiosa, pero se ha concedido poco, y los cimientos para la renovación de las tradiciones católicas no existen.
 
En otros países de mandato leninista, los estados-partido combinaban la represión con la manipulación, reclutando un clero maleable para impulsar la agenda exterior de Moscú. Pero Albania fue horriblemente diferente. El 75% de su población era musulmana, dividida entre sunníes moderados de estilo otomano turco y fieles sufíes espirituales de la secta chi'í, los únicos chi'íes nativos de Europa. Alrededor del 20% eran cristianos que pertenecían a las iglesias ortodoxas, concentrados al sur de Albania, y el 10% era católico, en el norte en su mayoría. Pero cuando los comunistas llegaron al poder en 1944, rápidamente se enfrentaron a toda práctica religiosa, y hacia 1967 declaraban Albania el primer estado ateo del mundo.
 
Los albaneses han antepuesto constantemente su identidad cultural a la religión; un católico albanés del siglo XIX que ascendió para convertirse en el gobernador otomano del Líbano, Pashko Vasa, escribía memorablemente un verso conocido por todos los de su etnia, 'La religión de los albaneses es la nación albanesa'. Aunque sus cifras han sido reducidas, los católicos ocupan un lugar destacado en el legado intelectual de los albaneses. Constituyeron la vanguardia de la educación, los esfuerzos literarios y lingüísticos, y la promoción de la conciencia nacional. En particular, los católicos ayudaron a desarrollar el legado literario albanés y en el desarrollo de un alfabeto apropiado para su lenguaje. La primera novela en albanés fue escrita por un cura católico, Ndoc Nikaj, nacido en 1864. Otro cura, Gjergj Fishta, nacido en 1871, compuso un himno nacional en verso, El laúd de la montaña, publicado recientemente en inglés por primera vez. Otros clérigos-académicos católicos albaneses fueron cruciales a la hora de registrar antiguas tradiciones orales, incluyendo baladas épicas.
 
Fieles conservadores pero comprometidos con el progreso social, esos católicos dieron lugar en Albania a un movimiento democristiano similar al de Italia. También fueron firmemente anticomunistas y veían el bolchevismo principalmente como expresión del imperialismo eslavo de sus enemigos hereditarios, los serbios - con el resultado de que la práctica totalidad de la cúpula intelectual católica albanesa fue sistemáticamente destruida por el régimen comunista de Hoxha tras la guerra. Nikaj fue juzgado y ejecutado, al igual que los destacados folkloristas[1] monseñor Vinçenc Prennushi y Bernardin Palaj, el escritor cultural y social Anton Harapi, y el cura poeta Lazër Shantoja.
 
Fueron estas historias de martirio albanés las que Juan Pablo II insistía en que no olvidásemos. Piense en monseñor Nikolle Deda, que fue arrestado por los comunistas en 1946 cuando tenía 56 años. Apaleado y torturado con electricidad, su cuerpo era una ruina cuando por fin fue llevado ante un juez y condenado a muerte. Fue ejecutado en 1948 junto con el obispo Frano Gjini y a otros diecisiete católicos.
 
O piense en Nikoll Gazulli, el pastor de 55 años de la ciudad de Shkreli que fue atrapado y ahorcado por los comunistas después de que huyera a las montañas para unirse a las fuerzas de resistencia opuestas al nuevo orden. A finales de 1948, Peter Çuni, un párroco que comenzaba a ganar reputación entre los creyentes católicos, fue arrestado y pereció tras dos semanas de interrogatorios constantes, palizas y electroshock. Su cadáver fue arrojado a un vertedero.
 
El párroco Ndre Zadeja fue un importante dramaturgo asesinado por los comunistas en 1945 - a ser sucedido en su diócesis por Ded Maçaj, un párroco de veintisiete años que enseguida sería acusado de espiar para el Vaticano. Tras dos semanas de tortura se arrodillaba ante un escuadrón de fusilamiento al grito de, '¡Larga vida a Cristo rey! ¡Larga vida al Papa! ¡Larga vida a Albania!' El padre Anton Muzaj, devuelto de sus estudios en Roma para ser arrestado como espía del Vaticano. El padre Mark Gjani, pastor de la región católica de Oroshi, apaleado durante una semana, sus pies quemados con hierros al rojo y su piel rasgada y arrancada de su cuerpo. Murió, y su cadáver abandonado junto al río. El padre Jak Bushati fue capturado en 1946, apaleado y colgado cabeza abajo durante bastantes días. Su cadáver fue arrojado un pantano cerca de la ciudad de Lezha.
 
Tres de las víctimas más famosas del terror Rojo fueron mujeres católicas activas en la resistencia anticomunista. Elena Shllaku fue arrestada, apaleada y su pelo arrancado; su cuerpo fue entonces rodeado con alambre de espino. Condenada a veinte años, desapareció en un campo de trabajo. Bianca Krosaj llegó de las montañas; a los veinte años fue apaleada, electrocutada, su piel quemada, obligada a ingerir una gran cantidad de sal negándosele agua, víctima del tifus y estrangulada. Todo su pelo fue arrancado y sus dientes extirpados con tenazas. Falleció de tuberculosis.
 
Y después está Marie Shllaku, fallecida en Kosovo. Profesora católica natural de Shkodra, se unió a un grupo de luchadores armados tras el triunfo de los comunistas en Yugoslavia. Salió herida de gravedad de la lucha en Drenica, un conocido centro de resistencia del Kosovo occidental. Acogida por una familia de granjeros, fue descubierta y arrestada. La policía yugoslava ignoró sus heridas, la apaleó y torturó. Fue llevada ante un tribunal en la ciudad kosovar de Prizren. El juez era Alí Shukrija, el principal comunista durante los siguientes años entre los albano kosovares. La aleccionó durante el proceso, declarándola no apta para ser fusilada, y que debía ser quemada viva. Mientras esperaba la muerte, era escuchada en su celda por la noche, cantando canciones típicas de Shkodra. Sólo tenía 28 años cuando fue ejecutada a finales de 1946 junto con un franciscano, otra profesora y otras tres personas.
 
Tras la liberación de Kosovo en 1999, una calle de la capital fue bautizada en honor a Marie Shllaku. Pero poco más se ha hecho para recordar a estos mártires o para conservar su herencia. Bajo el comunismo albanés, la persecución de la fe católica continuó durante mucho tiempo tras la convulsión del final de la Segunda Guerra Mundial: el padre Shtjefen Kurti, por ejemplo, fue ejecutado en 1971 por el crimen de realizar un bautismo. Pero nadie en Occidente parece movido por el llamamiento de Juan Pablo a restaurar el catolicismo albanés, y los propios albaneses continúan sufriendo. Deberían disponer de una buena universidad religiosa, una prensa floreciente y nuevos escritos en su lenguaje. Pero la cultura católica continúa siendo objeto de supresión y humillación por los restos de la burocracia comunista de Albania, que aún infesta escuelas, tribunales y medios.
 
Paradójicamente, el único apoyo que han encontrado los católicos en problemas procede de la intelligentsia musulmana del norte de Albania, que admira el apostolado romano por su contribución al progreso local y nacional. Gente como el periodista musulmán Blendi Kraja están más ávidos en su promoción de la cultura católica que los representantes de la iglesia, que parecen haber caído en la pasividad. Decenas de miles de albaneses han vuelto del islam al cristianismo católico, la fe de sus ancestros antes de la conquista turca del país en el siglo XV. Los clérigos musulmanes locales no protestan contra estos retornos religiosos, argumentando que los descendientes de católicos tienen derecho a reafirmar su creencia tradicional.
 
Pero aunque el centro histórico del catolicismo albanés se encuentra en el norte del país, la jerarquía católica tiene oficialmente su cuartel general en el puerto central albanés de Durres, con el pretexto de que está más cerca de la capital, Tirana. En una visita reciente a Shkodra, la metrópolis del Norte, descubrí la ciudad atravesando dolorosamente la oscuridad y el frío cada noche, restringido su suministro eléctrico por las autoridades centrales - en medio de un invierno con nieve. Según los de Shkodra, los líderes nacionales les castigan así por su catolicismo y por su atrevido odio al comunismo. Shkodra no posee un periódico diario decente, como tampoco el tipo de vibrantes medios católicos de los que disfrutó hasta en los años treinta.
 
La discriminación del estado albanés contra los católicos se extiende hasta el uso de la lengua albanesa del norte en su variante gheg, que los antiguos intelectuales católicos utilizaron como su medio literario. El estado albanés afirma que los niños deben ser enseñados y los libros y medios publicados en un 'albanés literario unificado', y los autores que escriben en gheg son objeto de humillación. Hasta en Kosovo, el nombre de Shkodra, la capital cultural católica, es utilizada como insulto vulgar en los medios, junto con las acusaciones irresponsables de fundamentalismo musulmán y ataque obsesivo al judío.
 
Éste es un pueblo cuyo mayor héroe nacional, Skanderbeg, defendió la fe católica espada en mano - un pueblo cuyo ideal moderno destacado era la Madre Teresa, y un pueblo que dio muchas mentes creativas y mártires a la iglesia. No debe ser olvidado. Nosotros en Occidente debemos recordar la promesa hecha por Juan Pablo II de que actuaríamos rápida y generosamente para ayudar a restaurar la cultura católica albanesa.


[1] Nombre que se da a la generación de intelectuales de la región, la mayoría de los cuales fue exterminada por los comunistas.