¿Por qué pelearía un calvo por un peine?

por Amir Taheri, 1 de septiembre de 2006

¿Por qué pelearía un calvo por un peine? La pregunta encaja en la situación en la que se encuentra la República Islámica de Irán con respecto a su controvertido programa nuclear.
 
A pesar de las últimas maniobras diplomáticas, está claro que Teherán está decidido a ignorar las demandas, hechas por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, de que suspenda sus actividades de enriquecimiento de uranio y plutonio.
 
A primera vista, todo esto es bastante complicado. Irán no tiene ninguna planta nuclear en funcionamiento, y por tanto no tiene ninguna necesidad inmediata de uranio enriquecido, ni siquiera como combustible. La única planta nuclear iraní se encuentra en construcción en Helieh, en la Península de Bushehr, y no está programado que entre en funcionamiento hasta la próxima primavera. Y, cuando lo haga, tendrá suficiente combustible para los 10 primeros años de funcionamiento. Rusia, que está construyendo la planta, ha ofrecido proporcionar todo el combustible necesario para todo su período de vida útil de 37 años.
 
Resumiendo: Irán no necesita ningún uranio enriquecido en absoluto hasta el próximo marzo al menos. Después del próximo marzo, tampoco necesitaría producir uranio enriquecido ninguno hasta el año 2017. Incluso después del 2017, Irán carecería aún de necesidad de uranio enriquecido nacional para la planta de Helieh hasta el 2044.
 
El proyecto del plutonio de Irán es aún más llamativo. El país no sólo carece de cualquier planta de agua pesada que pudiera necesitar plutonio, también carece de cualquier plan para construir una. En otras palabras, Irán está gastando sumas obscenas de dinero en un proyecto para el que no tiene ningún uso inmediato. A menos, por supuesto, que el plutonio en cuestión, al igual que el uranio enriquecido discutido arriba, se destine a propósitos distintos de producir electricidad.
 
Argumentar la defensa de las plantas nucleares en Irán es difícil. Irán posee las segundas o terceras mayores reservas de petróleo del mundo y las segundas mayores reservas de gas natural. Incluso si el consumo de energía nacional iraní llegase a alcanzar la media de niveles occidentales en la próxima década más o menos, Irán tendría aún suficientes recursos energéticos nacionales como para abastecer durante más de 400 años. Como han demostrado diversos estudios de académicos iraníes, la energía nuclear sería al menos un 27% más cara de producir y distribuir que la energía generada a través del petróleo, el gas o las plantas hidroeléctricas.
 
Existe otro motivo más en contra de las plantas nucleares en Irán. El país entero se encuentra ubicado en una de las zonas sísmicas más activas del mundo. Helieh, el lugar donde se está construyendo la primera planta nuclear, has sido arrasado por terremotos en al menos tres ocasiones en el último siglo o así. Devolver el agua de refrigeración de Helieh de vuelta al Golfo provocaría daños incalculables al medio ambiente de la región, al tiempo que el problema de qué hacer con el combustible consumido sigue sin resolverse. La idea de enterrarlo bajo las aguas del Golfo o en el desierto iraní de Lut es clasificada por muchos expertos iraníes como 'abiertamente lunática'.
 
Como era de esperar, el tema nuclear nunca se ha debatido apropiadamente en el Majlis islámico ni ha sido explicado al público iraní. Es la decisión más grave tomada por un puñado de hombres y contra el consejo de muchos científicos y académicos iraníes.
 
De modo que, ¿por qué está dispuesta la República Islámica a asumir enormes riesgos con tal de no suspender el enriquecimiento de uranio ni siquiera durante unos cuantos meses antes de que la planta de Helieh esté preparada?
 
La respuesta obvia es que la República Islámica quiere colocarse en posición de construir un arsenal de armamento nuclear. No hay, por supuesto, nada ilegal en tal proyecto, Irán, y todos los restantes países, tienen derecho a construir armas nucleares si lo desean. El problema es que, en calidad de firmante del Tratado de No Proliferación Nuclear (NPT), Irán está obligado legalmente a no fabricar armas nucleares.
 
Así, los pasos lógicos que debería dar la República Islámica serían cancelar la adhesión al NPT, como hizo Corea del Norte en el 2000, o incluso retirarse de él, y hacer lo que le apetezca.
 
El problema, sin embargo, es que el Jomeinismo, la ideología en el poder en Irán hoy, tiene una lógica propia que no se comprende fácilmente en los términos del comportamiento internacional corriente.
 
Según esa lógica, la República Islámica, como representación de la Única Verdad, no está obligada por leyes, regulaciones o normas de comportamiento desarrollados por 'los infieles'.
 
Los temas se complican aún más porque el Presidente Mahmoud Ahmadinejad ha convertido el tema del enriquecimiento de uranio en el punto insalvable de su administración. Habiendo acusado a sus predecesores poco menos que de cometer traición al acordar una suspensión previa del enriquecimiento de uranio, Ahmadinejad no tiene ahora ningún motivo para hacer exactamente eso.
 
Al insistir en la suspensión como precondición para las conversaciones, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad mas Alemania están pidiendo a Ahmadinejad que destruya su imagen de macho y mine por tanto su estrategia entera para introducir la Revolución Islámica en lo que clasifica como su segunda y más decisiva fase.
 
Los 5+1 tienen que comprender que el tema del enriquecimiento de uranio en Irán hoy va mucho más allá de sus aspectos diplomáticos, militares o de seguridad. El tema ha llegado a simbolizar dos visiones de la revolución jomeinista. La primera es la de gente como los expresidentes Hashemi Rafsanjani o Mohammed Jatami, que sostienen que la tarea central de la revolución es consolidar su control sobre Irán, dejando para las generaciones futuras la idea de exportar la revolución al resto del mundo. En ese sentido, la gente como Rafsanjani o Jatami se asemejan a los defensores del 'Socialismo en un país' de la URSS de los años veinte. Ahmadinejad, sin embargo, recuerda a los defensores de la 'Revolución Permanente' del mismo período.
 
La conclusión inmediata de la mini-guerra del Líbano ha impulsado inmensamente la postura del bando de la 'Revolución Permanente'. Ahmadinejad está convencido de que su estrategia de 'maniobra preventiva' ha tenido éxito, y de que con Estados Unidos entrando en un período de confusión conforme la presidencia Bush se aproxima a su conclusión, la República Islámica puede y tiene que establecerse como superpotencia regional.
 
Y existen señales de que, tras años de baja actividad relativa, Teherán se prepara para reavivar su programa de exportación de la revolución jomeinista. En un discurso el pasado martes, el 'Guía Supremo' Alí Jamenei, afirmaba en la práctica que la 'victoria estratégica Divina' lograda en el Líbano era la señal de que los pueblos musulmanes de todas partes seguirían el estándar iraní en una confrontación con Estados Unidos y sus aliados regionales.
 
'No exportamos nuestra revolución por la fuerza', decía Jamenehi. 'La ofrecemos como regalo'.
 
Lo que afronta el mundo exterior es el resurgimiento de un régimen revolucionario decidido a imponer su agenda en la región - con o sin armas nucleares. El tema del enriquecimiento de uranio se ha convertido en un tema de política nacional de Irán y la frontera entre las dos visiones del futuro de Irán y la región. Aceptando la suspensión en cualquier forma, Ahmadinejad y su bando estarían admitiendo la derrota. Y eso es algo que no está dispuesto a hacer, especialmente después de su 'victoria' en el Líbano.
 
Puede que el hombre calvo no necesite un peine para cuidar su inexistente cabellera. Pero puede que lo necesite para demostrar que puede hacer lo que le plazca y que nadie tiene licencia para darle órdenes.

 
 
Amir Taheri es periodista iraní formado en Teherán. Era el editor jefe del principal diario de Iran, el Kayhán, hasta la llegada de Jomeini en 1979. Después ha trabajado en Jeune Afrique, el London Sunday Times, el Times, el Daily Telegraph, The Guardian, Daily Mail, el International Herald Tribune, The Wall Street Journal, The New York Times, The Los Angeles Times, Newsday y el The Washington Post, entre otros. Actualmente trabaja en el semanario alemán Focus, ha publicado más de una veintena de libros traducidos a 20 idiomas, es miembro de Benador Associates y dirige la revista francesa Politique Internationale.