¿Podrá Sarkozy salvar a Francia de los franceses?

por George F. Will, 25 de mayo de 2007

(Publicado en The Washington Post, 20 de mayo de 2007)

La tarea de Sarkozy es convencer a los franceses de que la apuesta de su gobierno en representación de su seguridad y comodidad supone la labor que ellos tienen que realizar para reducir su incertidumbre.
 
El incendio provocado es la forma de debate político preferido por la izquierda francesa, de modo que al menos 1000 vehículos fueron incendiados por decepcionados partidarios de la candidata presidencial socialista Ségolène Royal después de que fuera derrotada 53% a 47% por Nicolas Sarkozy. La primavera pasada, los disturbios fueron el argumento económico de la izquierda cuando el gobierno propuso, y después retiró, la legislación que habría posibilitado en cierto sentido que las empresas despidiesen a los empleados más jóvenes en los dos primeros años del empleo. La idea tras la legislación fue que era mucho más probable que los patronos contratasen trabajadores si despedirlos no fuera un experimento legal. Los gamberros eran, por supuesto, en su mayoría jóvenes.
 
La tasa de desempleo de Francia es del 8,7%, casi el doble que la tasa de los Estados Unidos, del 4,5%. Entre las personas por debajo de los 25 años, la cohorte que apoyó a Royal, la tasa es del 21,2%, y es probable que permanezca allí a menos que Sarkozy pueda implementar reformas que irritan a los alborotadores. Sarkozy tiene mandato de un 84% neto. Visto sin embargo a la luz parpadeante de los Peugeot en llamas, sus posibilidades de reformar de manera fundamental Francia parecen frágiles, y su idea de reforma fundamental - sigue siendo un proteccionista convencido - parece escuálida. No obstante, su tentativa merece la atención de los americanos porque afronta, en una forma especialmente virulenta, un problema que se está agudizando aquí. El problema son las contradicciones culturales del estado del bienestar.
 
Hace dos décadas, el sociólogo Daniel Bell escribía acerca de 'las contradicciones culturales del capitalismo' para expresar esta preocupación: el capitalismo florece a causa de las virtudes que su florecimiento marchita. Su éxito requiere crecimiento vigoroso, industrialización y retraso de gratificaciones, pero ese éxito produce abundancia, comodidad en expansión y la emancipación de los apetitos, todo lo cual debilita los prerrequisitos morales del capitalismo. Las contradicciones culturales de los estados del bienestar son comparables. Tales estados dan por sentado el dinamismo económico para generar inversiones, creación de empleo, beneficios corporativos e ingresos individuales de los cuales proceden los ingresos fiscales necesarios para financiar las prestaciones sociales. Pero los estados del bienestar producen en la ciudadanía una mentalidad de derechos y un bajo umbral del dolor. Esa mentalidad incita el apetito de más derechos, definidos expansivamente para incluir todo tipo de prestaciones y protecciones gubernamentales que contribuyen al bienestar entendido como bienestar material, seguridad mejorada y comodidad aumentada.
 
El bajo umbral del dolor provoca una alergia ruinosa a los rigores, las inseguridades, las incertidumbres y las discontinuidades inherentes a la destrucción creativa propia del capitalismo dinámico. El crecimiento vigoroso cobrará forma de proteccionismo, regulaciones y otras ineficacias de imposición gubernamental que impiden el crecimiento que necesita el estado del bienestar.
 
De modo que paradójicamente, los estados del bienestar son tanto enervantes como enérgicos - e infantilizadores. Son enervantes porque fomentan la dependencia; son enérgicos porque agravan una agresiva sensación de derechos (piénsese en los Peugeot en llamas); son infantilizadores porque es infantil desear un fin sin querer [asumir] los medios para ese fin, y las personas que desean estados del bienestar desean cada vez más alivio de los rigores necesarios para financiarlos.
 
Hace 25 años, el presidente François Mitterrand, un socialista que había ganado las elecciones prometiendo 'romper la lógica del beneficio', mantenía esa promesa y, en el proceso, mataba el socialismo. Prometía un gasto estimulador a través de derechos expandidos, una semana laboral corta sin salarios acortados, creación de empleo a través del gasto público e impuestos más elevados sobre las clases inversoras. De modo que la productividad cayó en picado y el desempleo se disparó - no ha estado por debajo del 8% desde 1981. El estatismo, el inevitable efecto colateral de las tentativas gubernamentales por administrar las tres incompatibilidades ideológicas de Francia ('libertad, igualdad, fraternidad') continúa. Y el 47% del electorado francés simplemente votó a favor de la promesa de Royal de más de ello, incluso si la tasa de crecimiento de Francia en el 2006 se encontraba por debajo de 21 de los entonces 25 miembros de la Unión Europea.
Sarkozy quiere reducir los impuestos, impuestos de sucesión incluidos, y eliminar el impuesto sobre las horas extra. Ese impuesto, junto con otros entrometidos gubernamentales que patrullan los aparcamientos de las compañías para detectar la industria antisocial, obliga a la semana laboral de 35 horas. Él quiere hacer lo que hizo Margaret Thatcher después de salir elegida en 1979 porque Gran Bretaña era reticente a ser gobernada no tanto por el parlamento como por los sindicatos. Antes incluso de que Sarkozy saliera elegido, los sindicatos del sector público - un gobierno organizado con el fin de presionarse a sí mismo para engrosarse - amenazaba con una huelga nacional paralizante porque él se oponía a permitir que medio millón de empleados de compañías controladas por el gobierno se jubilasen antes que los empleados del sector privado y con pensiones mayores.
 
A lo largo de los 25 años, la izquierda francesa y algunos nacionalistas de derechas se han dedicado a atacar con saña 'el capitalismo angloamericano frío, empobrecedor y sin corazón', y el producto nacional bruto per cápita de Francia se ha dado de bruces del séptimo puesto en el mundo hasta el 17. La tarea de Sarkozy es convencer a los franceses de que la apuesta de su gobierno en representación de su seguridad y comodidad supone la labor que ellos tienen que realizar para reducir su incertidumbre.


 

 
 
Ó 2007, Washington Post Writers Group