Palestina. La "amistad tradicional"

por GEES, 29 de noviembre de 2012

¿Existe alguna razón estratégica, diplomática o incluso moral para que España vaya más lejos de la "tradicional amistad con los pueblos árabes" en relación con Oriente Medio? En tiempos de cambios en toda la región, no parece muy razonable anclarse en esa tradición tan franquista, que en los años cincuenta buscó las simpatías árabes para lograr a cualquier precio la entrada de España en la ONU. Desde entonces han pasado sesenta años, que son muchos años. Muchos años para la región y muchos más para España.
 
Nada ha cambiado en el campo palestino en los últimos tiempos. La corrupción caracterizando el régimen de la ANP en Cisjordania, mientras que en Gaza rige la dictadura islamista de Hamás. Los territorios palestinos se cuentan entre los lugares más corruptos y violentos de la tierra: las imágenes de seres humanos arrastrados como guiñapos por motocicletas conducidas por ruidosos milicianos serían motivo suficiente para congelar cualquier ayuda al régimen de Hamás y presionar a los dirigentes palestinos. Pero es justo al contrario: en vez de aplazar cualquier reconocimiento, se obvian tanto los criminales métodos de Hamás como la falta de capacidad y de interés de Al Fatah en acabar con las distintas milicias. Es decir: sin exigir nada a cambio, se está reconociendo el terrorismo como medio político legítimo. En el caso de un país como España, azotado durante medio siglo por este fenómeno, dicho reconocimiento es especialmente grave.
 
En segundo lugar, votar a favor del reconocimiento ni traerá la paz ni la acercará. Los que votan a favor saben perfectamente que Hamás no renunciarán a la destrucción de Israel ni a incendiar la región sólo por que un puñado de países se lancen a reconocer un Estado palestino. Las milicias y grupos terroristas seguirán reventando autobuses israelíes, hagan lo que hagan los margallos del mundo: hay que ser muy insensato para pensar que con mayor soberanía y sin control israelí el terrorismo remitirá en la región. Al contrario, que estos grupos tengan la esperanza de poder hacer y deshacer a su antojo en el futuro con menor control exterior alimenta sus sueños sangrientos. Creer que un gesto exterior animará a los dirigentes palestinos es algo que la experiencia demuestra falsa. ¿No ha aprendido nada nuestro país sobre la internacionalización de los conflictos?
 
En tercer lugar, el apoyo a declaraciones de independencia unilaterales invita a que cualquier Administración, en cualquier circunstancia, se abone a la autodeterminación. Y aquí de lo que hablamos es de intereses españoles básicos. ¿Con qué autoridad va España a detener en el exterior las ambiciones secesionistas del País Vasco y Cataluña, si las va defendiendo para otras regiones? En el caso de las ambiciones palestinas, la analogía va unida al terrorismo: ¿qué pensaría el Gobierno si alguien reconociese unilateralmente la independencia vasca, reconociendo y pasando por alto al mismo tiempo al terrorismo de ETA? No sabemos a Margallo: a nosotros, que se obvie en el exterior el asesinato y la extorsión de centenares de españoles nos indignaría: ¿con qué derecho tratamos a Israel como no nos gustaría que nos tratasen?
 
Obras son amores y no buenas razones. Las declaraciones formales de apoyo a Israel y las llamadas telefónicas están bien, pero lo que cuenta es lo que se hace y no lo que se dice. El mensaje que Exteriores traslada está demasiado claro. Denunciar el terrorismo pero reconocer como interlocutores legítimos a unos dirigentes palestinos que ni han abandonado el terrorismo ni han mostrado su intención de hacerlo da una imagen de país poco de fiar. De igual manera, hablar de una paz y una estabilidad duraderas mientras se alimentan las esperanzas belicistas de las milicias palestinas es un ejercicio de pavorosa ingenuidad.
 
Pero, sobre todo, lo que carece de sentido alguno es defender para Gaza lo que no se admitiría para Hernani, o pensar que lo que se pide para Ramala no se puede pedir para Barcelona con la misma legitimidad por otros países.
 
Si hay un país en Europa cuyo interés nacional está en oponerse a cualquier declaración unilateral de independencia, ése es España. Salvo que uno piense que no es el interés nacional el que debe guiar la política exterior española, sino la "tradicional amistad con los pueblos árabes", que tanto gustaba a Areilza y Castiella, tan preocupados por Gibraltar, y que ahora asume Margallo.