Oriente Medio, el desafío de Europa

por Ángel Pérez, 21 de enero de 2005

Existe en la Unión Europea un debate permanente entre posiciones que entienden su futuro como la construcción de un contrapeso al poder de EEUU y aquellas que consideran que la necesidad de ese contrapoder no existe. Esta profunda divergencia no solo no se ha cerrado tras los graves atentados en Nueva York de 2001, sino que las guerras posteriores en Afganistán e Iraq, así como la situación del conflicto palestino, la han ampliado peligrosamente. Mientras una parte notable del debate estratégico se centra en esta cuestión, Europa muestra reticencias serias a asumir los retos que su proximidad al Norte de África y Oriente Medio le imponen. Es difícil sostener al mismo tiempo una estrecha alianza con los EEUU y la necesidad de constituirse en un contrapoder frente a Washington.
 
Los grandes amigos no requieren contrapesas, sino fórmulas que ordenen y garanticen la eficacia de su colaboración. Tarde o temprano llegará el momento de aparcar disensiones teóricas y asumir que la conjunción de las potencias políticas de ambos actores convertiría la búsqueda de soluciones a los problemas de la zona en una tarea  más sencilla o, en todo caso, más fructífera. Por supuesto es inevitable que surjan diferencias entre ambas orillas del Atlántico, diferencias lógicas y condicionadas por la mayor o menor proximidad geográfica, la más o menos intensa dependencia energética y por la estructura política de uno, una sola nación, y otro, una amalgama de naciones bastante heterogénea.
 
Pero independientemente de esas diferencias parece poco realista considerar que la Unión Europea (UE) no se juega nada en Iraq, en Afganistán o en Palestina, a pesar de lo cual la actividad diplomática y militar europea desplegada en la zona es ineficiente, con frecuencia insuficiente y casi siempre opuesta a las posiciones norteamericanas.
 
El origen de las reticencias
 
Las reticencias de la Unión Europea a coordinar su actividad en  el Norte de África y en Oriente Medio con los EEUU, o sencillamente a intervenir intensa y continuadamente en la zona, hay que buscarla en la historia y la geografía. La actitud europea hacia la zona se puede resumir en “evitar riesgos”, comportamiento que hace imposible la audacia diplomática. Los factores que alimentan este miedo son tres, a saber, la dependencia energética, la experiencia histórica y el problema migratorio.
 
La cercanía geográfica explica con facilidad la dependencia energética. La fácil comunicación entre Europa, el Magreb y Oriente Medio, por mar y por tierra, refuerzan esta tendencia. El 40% de la producción argelina de gas está dirigida a Europa. El 90% del petróleo libio acaba también en la Unión Europea. Y aunque el crudo del Golfo se divide casi por igual entre Europa y EEUU, en realidad lo exportado a EEUU representa una parte proporcional menor del conjunto de sus importaciones de crudo, siendo Latinoamérica su proveedor principal. Esta dependencia energética no es probable que disminuya a corto y medio plazo. Y la comunicación entre ambas regiones, Europa y Oriente Medio y Norte de África, seguirá intensificándose. Hoy por hoy la distancia entre la Unión Europea y el Magreb es cero, pues Ceuta y Melilla se encuentran de hecho en el norte de África. Si en el futuro Turquía se convierte en miembro de la UE, ésta pasará a ser frontera directa de Oriente Medio, con implicaciones todavía difíciles de predecir. Los problemas estratégicos de la región se convertirán en problemas directos de la Unión, el atractivo migratorio de la organización será  más fuerte, pues la posibilidad de cruzar la frontera turca y encontrarse en territorio comunitario generará con seguridad expectativas poco realistas en las nuevas regiones vecinas.
 
A las circunstancias meramente geográficas hay que añadir las estrictamente históricas. Las experiencias europeas en la zona han dejado un amargo sabor de boca. El Reino Unido ha vivido en la región algunas experiencias históricas traumáticas, desde las campañas militares contra el imperio otomano, pasando por la gestión de los mandatos sobre Palestina y Mesopotamia, las campañas en el desierto durante la II Guerra Mundial, la ocupación de Persia en 1941, o la fallida ocupación del Canal de Suez en 1956.
 
La experiencia italiana en Libia también dejó heridas, tanto en la colonia como en la metrópoli; y Francia todavía arrastra el fantasma de la guerra argelina y sus 250.000 muertos, una guerra que terminó con el abandono del territorio, la huida en condiciones deplorables de la población europea, el colapso de la IV República y un intento de golpe de estado contra De Gaulle originado en el ejército colonial. Alemania, por último, aunque careció de colonias contó con la alianza del Imperio Otomano en la Primera Guerra Mundial, durante la Segunda Guerra Mundial estableció estrechos vínculos con Persia e Iraq; y, por último, mantiene unas relaciones intensas, aunque problemáticas, con Israel a cuenta del Holocausto. España, por último, se vio envuelta en una dura guerra en el Rif, que terminó influyendo decisivamente en la política metropolitana, y arrastra con Marruecos el contencioso del Sahara tras el abandono, en circunstancias internas extraordinarias, del territorio en 1975.
 
Como consecuencia los grandes países europeos son en general reticentes a mezclarse en exceso en los problemas estratégicos de las regiones vecinas, fenómeno alimentado además por el retraimiento general de las sociedades europeas, la falta de medios, militares y diplomáticos, y la concentración de altas dosis de energía e imaginación en la construcción europea. De ahí que las iniciativas de la Unión para el Norte de África y Oriente Medio caminen siempre en el terreno de la ambigüedad y las buenas intenciones sin llegar a obtener éxitos notables o duraderos.
 
La necesidad de fomentar el desarrollo económico de la región para disminuir así los riesgos demográficos y  estratégicos generados en ella constituye el origen del conocido como proceso de Barcelona, iniciado en 1995 con el objetivo de convertir la cuenca mediterránea en un amplio espacio pacífico, estable y próspero. Sin embargo la amplitud de objetivos y el carácter heterogéneo de los países participantes han impedido la consolidación del proceso, que se ve afectado además por las diferencias entre los miembros de la UE. La actitud hacia Israel, el apoyo o rechazo a la intervención en Iraq y las diferencias entre intereses regionales, por ejemplo las existentes entre Francia y España en el Magreb, también han contribuido a minar la eficacia del proceso.
 
Iraq e Israel
 
La invasión de Iraq y el conflicto palestino constituyen dos asuntos que generan notable tensión en Europa, no solo en círculos políticos sino también en el seno de la sociedad. Ésta se encuentra profundamente dividida en torno a las dos cuestiones y reacciona de forma visceral ante cualquier acontecimiento relacionado con ellas. Ambos conflictos constituyen vectores de transmisión del elevado antiamericanismo europeo. Hasta tal punto están los dos conflictos vinculados a la percepción que en Europa se tiene de EEUU que a menudo las reacciones políticas, diplomáticas, o mediáticas están más condicionadas por la necesidad de marcar diferencias con la Administración Norteamericana que por los propios acontecimientos. Sobre el conflicto palestino-israelí existe, no obstante, una posición común europea que pretende ser equilibrada, pero que de facto no ayuda a reducir las diferencias con los EEUU, dónde el apoyo que suscita Israel es muy superior. Conviene recordar sin embargo que estas malas relaciones entre el estado judío y la UE son recientes.
 
En los años 60 la imagen de Israel en Europa era de la de un pequeño estado que luchaba de forma heroica por su supervivencia. Todos los esfuerzos que realizaba Israel por consolidar su desarrollo y seguridad eran admirados. Cuando se desencadenó la Guerra de los Seis Días, en 1967, esa percepción positiva se hizo incluso más patente y solo un mandatario europeo, De Gaulle, condenó la acción militar israelí y reaccionó en consecuencia estableciendo un embargo militar a ese país. Este escenario ha cambiado radicalmente. La imagen actual de Israel en Europa es pésima. Se critican sus métodos, se le acusa de perpetuar el problema, se compara a sus dirigentes con terroristas y se disculpa indirectamente la acción terrorista palestina considerándola como la única reacción posible a la política israelí.
 
Definitivamente se ve en el pueblo palestino a la víctima y en Israel al verdugo, esquema que la izquierda europea ha asimilado casi como un dogma. Producto de esta situación es la escasa simpatía que la posición europea despierta en Israel, una de las razones que invalidan las limitadas iniciativas europeas dirigidas a resolver el conflicto. La multiplicación de acciones antisemitas, que no han pasado desapercibidas ni en Israel ni en EEUU, genera otro ámbito adicional de desconfianza y recuerda, por lo demás, la dramática historia reciente del continente.
 
Estos actos, perpetrados con frecuencia por musulmanes residentes en Europa, ponen de relieve el serio problema social de los estados de la Unión, que cuentan casi todos con notables comunidades islámicas, hecho que explicaría en parte la particular sensibilidad que los gobiernos europeos muestran hacia el pueblo palestino. Esta sensibilidad diplomática tiene su traducción mediática en la presentación ambigua de los ataques suicidas contra civiles israelíes. Simplemente las sociedades europeas han optado por evitar conscientemente cualquier signo de empatía con la sociedad israelí. Entre el año 2000 y el 2004 cerca de 400 israelíes han sido asesinados de esa manera, y cerca de 3000 han resultado heridos. Si trasladáramos esos porcentajes a la población de España equivaldrían a más de mil muertos y 12.000 heridos; y en el caso de Francia rondarían los 4.000 asesinados y cerca de 3.000 heridos. Si Europa desea de verdad participar activamente en la búsqueda de una solución al conflicto palestino-israelí es estrictamente necesario demostrar a Israel que su seguridad, bienestar y futuro son importantes. Y esto es algo que ciertamente no sucede, como reflejan las comparaciones de Israel con Sudáfrica, de su ejército con los nazis o la calificación permanente de su primer ministro como un bestia energúmeno.
 
Una parte de este cúmulo de estereotipos se ha trasladado también a Iraq. Los ingredientes que han llevado a las sociedades y algunos gobiernos europeos a mostrar una actitud poco o nada comprensiva con la ocupación de ese país son similares. Miedo escénico, antiamericanismo, a veces visceral; intereses económicos y el deseo íntimo de obviar un problema acuciante de seguridad. Hasta el extremo que una vez ocupado el país, constituido un gobierno provisional y previstas unas elecciones las actitudes de países como Francia, Alemania o España siguen siendo frías, poco prácticas y contraproducentes. Sencillamente es una obviedad que, cualquiera que fuese la posición ante la guerra antes de que aquella estallara, a Europa le conviene que el proceso iniciado por EEUU y sus aliados acabe con éxito, a pesar de lo cual los medios de comunicación y los líderes de la izquierda continental manifiestan una evidente satisfacción poniendo trabas al desarrollo democrático de Iraq, insistiendo en la gran derrota norteamericana y evitando la cooperación más elemental con los estados aliados y comprometidos en ese país. Los datos objetivos, sin embargo, deberían llevar a la Unión hacia un fácil acuerdo sobre Iraq, basándose en las resoluciones de Naciones Unidas y la necesidad de encontrar una solución estable a la actual situación iraquí. Algo que por ahora no tiene visos de suceder.
 
El Islam europeo
 
Por paradójico que parezca el rechazo que la ocupación de Iraq y la política israelí suscitan en Europa no se corresponden con una percepción más benigna del Islam. En realidad el fundamentalismo islámico es percibido por los europeos como un riesgo en proporciones similares a los Estados Unidos. Europa ha sido escenario de acciones terroristas, atentados frustrados y es centro de operaciones logísticas de numerosos grupos terroristas de ese signo. Éstos cuentan con un medio menos hostil que el americano para desarrollar sus actividades por dos razones, la ya notable comunidad islámica asentada en Europa y la benigna política de inmigración para con los países norteafricanos.
 
Frente a los 15 millones de musulmanes que hay hoy en la UE,  sólo existe una comunidad judía de cerca de un millón de personas. La influencia que este dato tiene sobre la política exterior de los estados miembros no debe despreciarse. La mitad de esos quince millones ha nacido en Europa, su índice de natalidad casi triplica al de los ciudadanos no musulmanes y su edad media es significativamente menor que la del resto de la población. Estas variables permiten predecir un salto demográfico nada desdeñable de la comunidad musulmana europea, que pasará de constituir un 5% de la población en la actualidad a un 20% en torno al año 2050.
 
Aunque el origen geográfico de la población musulmana varía de unos estados a otros de la Unión, los problemas generados por su existencia son parecidos. Los sentimientos e incidentes antimusulmanes se han multiplicado, actitudes y acontecimientos paralelos a la intensificación de actividades islámicas en Europa de signo más o menos agresivo, generando una nueva percepción de la población islámica europea como un riesgo interno de gestión crecientemente difícil. La radicalización de sectores notables de esas comunidades y la necesidad sentida de atender a los requerimientos electorales de ese grupo de votantes interfieren a menudo en la elaboración y aplicación de políticas diversas, sin duda la migratoria, pero también la educativa o la política exterior.
 
En este contexto no es extraño que la guerra de Iraq o el conflicto palestino alimenten las tensiones y generen disfunciones relevantes en la actividad exterior de la UE. La compatibilidad entre Europa e Islam es de nuevo una cuestión a la que habrá que buscar respuestas en un escenario no del todo propicio, dado que el declive demográfico del continente reducirá la capacidad para hacer frente con margen de maniobra a los retos identitarios, religiosos y políticos que plantea la población musulmana. Ésta a su vez encuentra, por razones similares, la integración, la identidad y la capacidad adquisitiva, problemas quizás insuperables para abrazar las ideas centrales de la tradición liberal europea, entre ellas, la igualdad de sexos, la libertad sexual y la identificación con el estado. Simplemente esas ideas son ajenas a las tradiciones culturales de los musulmanes europeos, con independencia de su lugar de procedencia.
 
Turquía
 
La integración de Turquía en la UE constituye un problema de notables dimensiones directamente vinculado, por lo demás, al que ya representa el Islam en Europa. El tamaño demográfico de Turquía, su nivel de desarrollo económico y político, la importancia del Islam y la cuestión chipriota son obstáculos innegables. La integración de Turquía no solo afectará a la relación de la UE con Oriente Medio, sino a la modernización en conjunto del mundo islámico. De producirse, de hecho, tendría un impacto igual o mayor que el de un Iraq democrático y estable.
 
Este es el argumento más insistente de los defensores de la integración. Se puede resumir así: si Turquía se incorpora a la Unión y acepta las condiciones que tal integración presuponen otros estados musulmanes tendrán que repensar y reformar sus sistemas de gobierno en la misma dirección. Además el ejemplo turco constituiría un apoyo claro a los pequeños e ineficaces movimientos reformistas de corte democrático existentes en el mundo musulmán. Pero esta idea obedece quizás más a un deseo que a una realidad. Turquía ya es un ejemplo bastante razonable para el mundo islámico que sin embargo ha tenido poca o ninguna influencia en la región a la que por naturaleza pertenece, Oriente Medio, y no Europa.
 
La ampliación de la Unión en esa dirección incorporaría una constelación ingente de conflictos y tensiones regionales de la periferia al centro de la vida política comunitaria y desvirtuaría el proyecto de una Europa más o menos federal y razonablemente cohesionada, con fronteras estables y consolidadas. Se puede plantear la cuestión, para ser mejor comprendida, en sentido contrario. No es que Turquía sea ajena a Europa, es que Europa es un agente externo en Oriente Medio. Y este factor es evidente, hasta el punto de que la oposición elevada a la integración turca en la Unión esta basada en esa percepción inconsciente de no pertenencia a un espacio cuya geopolítica camina por derroteros distintos a los de Europa desde que, precisamente, la región dejara de ser parte del viejo imperio otomano.
 
Conclusión: Cooperación necesaria
 
La cooperación entre Europa y los EEUU debería tener tres campos de actividad prioritaria. En primer lugar deberían acordar posiciones sobre la dirección política de Palestina. Los desacuerdos sobre el papel de Arafat han sido continuos, y en ese sentido debe decirse que su muerte ha resuelto parte del problema. Los europeos han considerado siempre que a pesar de las limitaciones del personaje su ascendiente era lo suficientemente relevante como para seguir considerándolo una pieza clave del proceso de paz. Los americanos, al igual que Israel, entendían que su incapacidad para hacer frente a los extremistas estaba bien probada y era, por tanto, no una pieza clave del proceso de paz, sino uno de sus obstáculos. Aunque Arafat ha desaparecido está por ver si estas diferencias no se perpetuan en su sucesor, convirtiendo el problema del liderazgo en un obstáculo estructural y no coyuntural del proceso de paz.
 
En segundo lugar la Unión Europea debería acordar con los EEUU una estrategia común antiterrorista, estrategia que dejara fuera de juego a los diferentes grupos que operan en Oriente Medio como Hizbulah, Hamas o la Yijad Islámica. Este acuerdo antiterrorista tendría una prolongación regional trascendente, pues obligaría a presionar en el mismo sentido a los gobiernos de Siria, Líbano e Irán, que han apoyado o financiado a estos grupos de forma inexcusable.
 
Por último la Unión y los EEUU deberían seguir cooperando en su empeño por impedir que Irán complete su programa de armas nucleares. Los europeos se han tomado este objetivo en serio, sobre todo a partir de 2003, tras la visita que los ministros de exteriores del Reino Unido, Francia y Alemania hicieron a Teherán. Sin embargo sobre la decisión iraní de modificar la trayectoria de su programa parece haber influido tanto o más el resultado de las últimas elecciones presidenciales norteamericanas que la acción diplomática europea.
 
Los estados miembros de la UE deben hacer un esfuerzo por concentrarse en problemas objetivos y prácticos y dejar de perder tiempo en elucubraciones sobre la política exterior común o las consecuencias de la invasión de Iraq. De lo contrario las relaciones con EEUU seguirán deteriorándose y la UE perderá la oportunidad de contribuir a los cambios que  afectan o afectarán a la región norteafricana y a Oriente Medio. Cuando la UE y los EEUU cooperan los resultados son buenos, los ejemplos más variados, desde Kosovo a Afganistán así lo demuestran. Este debe ser el aliciente que anime la superación de las actuales divergencias estratégicas en las relaciones transatlánticas.