Orden, desorden y caos global

por Rafael L. Bardají, 16 de abril de 2017

Publicado en "Espectador Incorrecto" núm 4, marzo 2017

 

Conviene contemplar el mundo como si se tratara de un colorido cubo de Rubik. Con cada color en su lado parece algo sencillo, pero tras unos cuantos giros, se revela como un rompecabezas endiablado. A nosotros nos sucede como al dichoso ingenio: recomponer el orden perdido es siempre más costoso que desbaratar el orden original. Nada de qué extrañarse, pues es lo que también ocurre en la naturaleza tal y como nos la explica el concepto de entropía y la segunda ley de la termodinámica: siempre hace falta mucha más energía para volver al equilibrio primigenio que la necesaria para destruirlo. El mundo y la política internacional, nos guste o no, se rigen por los mismos principios.
 
En segundo lugar, la imagen del cubo de Rubik también nos sirve para entender la diversidad que reina en la arena global, donde se yuxtaponen orden, desorden y caos. No es difícil conseguir una cara de un solo color, bien ordenadita, mientras que el resto del cubo es una mezcla de colores incoherente. Igual pasa en nuestro mundo: hay regiones y zonas en calma frente a otras donde impera el desorden, el caos y la violencia. Por poner otra metáfora, el mundo actual se asemeja mucho a un archipiélago de islas de desigual tamaño y fortuna, rodeadas de grandes áreas de riesgo y zozobra.
 
¿Cómo es posible que después de tantos años de relativa estabilidad y tranquilidad hayamos pasado ahora a un orden en rápida descomposición y a un creciente caos? La teoría nos los explica muy claramente: para que reine el orden internacional se tienen que dar dos presupuestos básicos: El primero, que haya un entendimiento entre los principales actores sobre lo que es lícito y permisible y lo que está prohibido y es condenable. O sea, que se acepten unas mismas reglas de juego por todos o por una gran mayoría; el segundo, que se dé un equilibrio militar entre las principales potencias, tanto en lo que se refiere a la cantidad de sistemas de armas, como a la naturaleza de las mismas. Esto es, un balance militar estable es aquel en el que priman los aspectos defensivos sobre los ofensivos. Pues bien, hoy apenas se sostienen ambos presupuestos. No, al menos, a escala global.
 
Durante las décadas de la Guerra Fría se dio un  entendimiento básico entre las dos superpotencias que consistió, esencialmente, en evitar un enfrentamiento directo, que podría resultar suicida de emplearse las armas atómicas, y en no inmiscuirse en lo que sucedía dentro de las respectivas áreas de influencia. Tras la desaparición de la URSS en 1991, muchos en América pensaron que el mundo pasaría a regirse por una sola potencia, los Estados Unidos. Superada la bipolaridad por la muerte súbita de una de las partes, el mundo se quedaba solamente con una superpotencia. Era lo que se llamó “el momento unipolar”. La demostración de fuerza y diplomacia para contrarrestar la invasión de Kuwait por Saddam Hussein, la explosión tecnológica y la ampliación de la OTAN bajo Clinton, eran la mejor expresión de esa dulce posición dominante norteamericana.
 
Ahora bien, la “Pax Americana”  no era del agrado de todos, ni mucho menos.  Y pronto se verían algunos de los resquemores. La intervención de la OTAN contra Serbia acerca de Kosovo, hizo que saltaran las primeras chispas en Moscú, donde ni podían dejar caer a uno de sus tradicionales aliados, ni permitir sin más que la OTAN hiciera y deshiciera en una zona que había estado baso su directa influencia. La misma lógica que bastante más tarde utilizaría Putin para criticar los bombardeos aliados sobre la Libia de Gadafi.
 
Sorprendentemente, el reto más llamativo contra el orden unipolar –de hecho, contra el orden occidental- no vendría de la mano de un Estado, sino de un grupo terrorista islámico, la Al Qaeda de Bin Laden.  No sólo un hombre se atrevería a declararle la guerra a América, sino que sería capaz de orquestar el mayor atentado terrorista de la Historia hasta el momento. La guerra contra el terrorismo, las dificultades militares en Afganistán e Irak, la persistencia de atentados jihadistas, hizo resquebrajarse la imagen de una América omnipotente. Más bien comenzaba a percibirse como una potencia a la desesperada dando golpes de ciego.
 
 Los europeos, normalmente fieles seguidores de Washington, empezaron a dividirse seriamente, llegando a hablarse en plena crisis de Irak de la “Vieja y Nueva Europa”, según expresión del entonces secretario de defensa Donald Rumsfeld. Los posteriores intentos del Presidente Obama de llegar a un gran acuerdo con Rusia por encima de los intereses de los aliados europeos, generó aún más ansiedad y escepticismo sobre la capacidad de liderazgo norteamericana y la unidad de Occidente. Sobre todo los centroeuropeos, los primeros sacrificados.
Finalmente, la crisis económica de 2008 acabaría por hundir la idea de que el orden internacional podía ser sostenido por unos Estados Unidos débiles, endeudados y progresivamente absorbidos por sus problemas domésticos.
 
Sea como fuere, el hecho incontestable es que en la segunda década del Siglo XXI al orden liberal surgido tras la Segunda Guerra Mundial, construido en sus instituciones y valores esencialmente por los Estados Unidos, le han surgido serios contestatarios que se ven como alternativas reales.
Por un lado está la Rusia de Putin. Si bien su agresión contra Georgia fue vista como un acto de violencia alejada del suelo europeo, la anexión de Crimea y la intervención militar en Ucrania del Este, por irregular que ésta sea, no dejan lugar a dudas: Rusia está dispuesta a modificar las fronteras por la fuerza cuando así le interesa. Da igual que se hubiera comprometido en los 90 a no hacerlo. El espíritu actual del Kremlin es luchar por recobrar el estatus perdido de superpotencia. No es otro el principio que le mueve para intervenir en Siria en favor de Bashir el Assad y toda su diplomacia expansiva en el Oriente Medio, de Egipto a Irán.
 
El Presidente Trump cree que puede llegar a un nuevo entendimiento con Moscú. Todo presidente americano lo ha creído antes que él. George W. Bush dijo de Putin que le había mirado a los ojos y que había visto el alma de una persona en la que se podía confiar. Años más tarde se corregiría en sus memorias, escribiendo que no le había mirado lo suficiente. El Presidente Obama también arrancó su estancia en la Casa Blanca proponiendo un "reseteado" de las relaciones bilaterales pero acabó en un clima gélido y poco productivo. Tal vez Trump tenga esta vez más suerte, pero en la medida en que Putin busca un reequilibrio de poder global donde Rusia salga favorecida y entienda éste como un juego de suma cero, sus objetivos acabarán chocando con los de América. Es cuestión de tiempo.
 
China es otra potencia "revisionista", esto es, disconforme con el actual reparto de poder mundial. Su estrategia, de momento, es más de negación que de imposición. Expande lenta pero inexorablemente su área directa de influencia. A veces con estratagemas como la construcción de islas artificiales que le sirven después para declarar su mar territorial en torno a ellas. Lo que China está buscando, en esta fase, es arrinconar a Estados Unidos en lo que considera su esfera de influencia. Y para ello se ha embarcado en un extenso programa rearmamentístico destinado a impedir el acceso litoral de la US Navy y complicar cualquier operación militar americana en la zona. Los más alarmados, como es lógico, son los aliados regionales de Estados Unidos, Japón y Corea del Sur.
 
El gran tercer rival del "orden Occidental" es la República Islámica de Irán. A su doble carácter de persa e islamista, se viene a sumar su potencial nuclearización (tan sólo postpuesta una década por el acuerdo firmado en 2015). A la sombra del acuerdo nuclear, Irán se ha embarcado en políticas muy agresivas buscando dominar la escena estratégica de todo el Levante. Irak ha caído prácticamente en sus manos con la coartada de estar combatiendo al Estado Islámico. Y lo mismo ha intentado en Siria con su apoyo directo e indirecto (a través de su grupo libanés Hezbollah) al régimen de Damasco. Teherán quiere que se la reconozca como la potencia determinante en todo el Oriente Medio y hará cuanto esté en su mano para lograrlo. La respuesta de sus vecinos escapa por completo a nuestra influencia. Ni Europa ni América son actores tomados en serio.
 
Por último hay otro gran reto para el orden internacional, el jihadismo. Tanto Al Qaeda como el Estado Islámico son fuerzas revolucionarias que aspiran a dominar todo el mundo. Obviamente hoy no están en capacidad de conseguirlo, pero sí pueden hacer que sus atentados terroristas sean endémicos. Según su naturaleza o frecuencia podrán ser más o menos desestabilizadores.
Lejos de estar instalados en una cómoda multipolaridad, la realidad es que nos estamos adentrando en un orden apolar en el que ninguno de los grandes actores puede imponer sus reglas. Y no se trata ya sólo de que cada cual cuente con una visión alternativa de cómo debe ordenarse el mundo, sino que han irrumpido otras poderosas fuerzas en presencia que merman la capacidad de influencia de los actores tradicionales, a saber, los estados nación. Sabemos que hay corporaciones más poderosas que muchos de los miembros de las Naciones Unidas. Pero también ha ya ayuntamientos que manejan más presupuesto y gestionan más población que muchos Estados. Igualmente, la difusión de las tecnologías ha otorgado un papel cada vez más central al individuo motivado. Las redes sociales se han convertido en un medio de movilización de masas mucho más flexible y difícil de dominar que los medios de comunicación tradicionales. Por no hablar de las nuevas tecnologías militares que permiten a un pequeño grupo ser tan devastador como todo un ejército.
 
El poder no sólo se ha diseminado, sino que también se ha difuminado. En gran parte, por ejemplo, el éxito de Rusia o la capacidad de actuación del jihadismo se debe a su falta de escrúpulos a la hora de emplear la fuerza. Aleppo y Raqqa son dos buenos ejemplos de violencia indiscriminada. Por el contrario, las democracias liberales encuentran cada vez más difícil justificar y sostener una acción armada.
 
En el mundo hoy conviven zonas de relativa estabilidad, áreas de desorden y zonas de caos. La tendencia, por desgracia, es que las primeras disminuyan en favor del crecimiento de las otras. Haría falta líderes fuertes y clarividentes para detener la erosión del orden, evitar las tensiones que puedan desembocar en conflictos abiertos y restaurar un entendimiento básico sobre lo que es aceptable y no en política internacional. Desgraciadamente, esos líderes fuertes, cuando existen, no son democráticos, no nos engañemos. Y si lo son, como es el caso de Donald Trump, nos negamos a aceptarlos. Así, es imposible que reine el orden.