Operación Jaque

por Pedro Fernández Barbadillo, 2 de noviembre de 2009

(Del libro Operación Jaque. La verdadera historia, de Juan Carlos Torres. Editorial Planeta. Barcelona, 2009)

En julio de 2008, el mundo quedó conmocionado por la noticia de que en una increíble operación el Ejército colombiano había rescatado a la política Íngrid Betancourt, ex candidata presidencial, y otros rehenes de manos de los terroristas de las FARC. El asombro creció a medida que se conocieron más detalles de la operación: no se produjo ningún disparo, no hubo ningún muerto ni herido y fue una operación de inteligencia perfecta. Un año después, ha llegado a España el libro que narra la Operación Jaque, escrito por Juan Carlos Torres.

El rescate de Betancourt, de once militares y policías y de tres norteamericanos, junto con el apresamiento de dos jefes guerrilleros sin una sola baja confirma que las Fuerzas Armadas colombianas son las mejores del Caribe, porque son capaces de desarrollar operaciones de inteligencia que se prolongan durante meses y ejecutarlas sin equivocaciones y sin apoyo exterior.
 
Una de las prácticas terroristas más frecuentes de las FARC y el ELN consiste en el secuestro durante años de militares, policías y políticos colombianos, a los que mantienen en la selva para presionar al Gobierno con intercambio de prisioneros o negociaciones. Íngrid Betancourt, por ejemplo, fue secuestrada en febrero de 2002, a los tres días de que el presidente Andrés Pastrana rompiese las negociaciones con las FARC en las que había cedido a esta banda guerrillera un territorio libre de autoridades y funcionarios de la extensión de Extremadura. (Hay que mencionar que Betancourt, acompañada de su compañera Clara Rojas, ignoró los consejos militares y se empeñó en penetrar en una comarca donde la actividad narcoguerrillera era poderosa.)
 
Las FARC valoran tanto sus rehenes y el hecho de mantenerlos presos que han llegado a asesinar a algunos de ellos antes que permitir que el Ejército los rescate. La matanza de once secuestrados en mayo de 2003 hizo que el presidente Álvaro Uribe ordenase al Ejército que se suspendiesen los rescates violentos y a cambio comenzase una labor de inteligencia más lenta y callada, pero quizás la única manera de conseguir la liberación de estas víctimas del terrorismo, como la localización visual de los secuestrados por militares en la selva y la interceptación de comunicaciones.
 
La Operación Jaque no tiene equivalente en la historia de las operaciones encubiertas. El único modelo que encontraron los colombianos fue la Operación Trueno, realizada por comandos israelíes en 1976 en el aeropuerto de Entebbe (Uganda). Un avión de Air France había sido secuestrado por terroristas del FPLP palestino y desviado a la capital de Uganda. Ante la amenaza de asesinar a los pasajeros israelíes, las Fuerzas Armadas organizaron una compleja operación de rescate en la que cuatro aviones de transporte llegaron al aeropuerto a través del mar Rojo y de Etiopía, y una vez allí, en un golpe relámpago, los militares anularon a la guardia ugandesa, irrumpieron en el avión, mataron a los terroristas, rescataron a los pasajeros y escaparon a Kenia. En total, los muertos fueron 33 ugandeses, 13 terroristas palestinos y alemanes, un militar israelí -hermano del actual primer ministro israelí- y una rehén asesinada después por terroristas palestinos como venganza. Otra parecida -no citada en el libro- es la Operación Chavín de Huántar, desarrollada en 1997, y en la que comandos del Ejército peruano irrumpieron en la residencia del embajador japonés en Lima, donde unos guerrilleros del MRTA mantenían secuestradas a 72 personas.
 
El rescate de los secuestrados colombianos era muy distinto. No se trata de unidad armada que irrumpe bajo un disfraz en una zona enemiga y cumple su objetivo con la amenaza de sus pistolas y fusiles: el grupo estaba indefenso y su seguridad dependía de su disfraz. “En esta operación de inteligencia los únicos armados serían los guerrilleros. Ahí radicaba su valor” (pág. 154). Los profesionales de inteligencia colombianos -adiestrados por británicos, israelíes y norteamericanos, tal como cuenta el autor en la página 76; no hay aportación española en este asunto- levantaron un trampantojo, entraron en contacto con el jefe de la tropa que tenía secuestrada a Betancourt y sus compañeros como si fuesen la dirección de las FARC y, a lo largo de quince meses, persuadieron al terrorista de que se dirigiera a un área determinada para entregar los rehenes a unos observadores internacionales. De acuerdo con el plan de rescate, la misión internacional tenía que estar formada, entre otros, por un árabe, un australiano, un periodista, un camarógrafo, dos enfermeras y un médico. Había que seleccionar y adiestrar al personal para que encajase en los papeles asignados.
 
La capacidad de los militares colombianos queda patente con el detalle con el planearon la operación: búsqueda de un lugar con el ruido ambiental similar al de la jungla para emitir por radio; clases de teatro para los participantes en la Operación Jaque; debate sobre la reacción de los secuestrados, que podrían negarse a subir al helicóptero de rescate o amotinarse ya a bordo, algunos de los cuales llevaban diez años presos de las FARC; etcétera. Juan Carlos Torres subraya varias veces que Jaque fue exclusivamente colombiana, sin intervención de ningún otro aliado. “Esta operación es ciento por ciento nuestra”, dijo el ministro de Defensa Juan Manuel Santos (pág. 115). Sólo se avisó al Gobierno de Estados Unidos unos días antes de ejecutarla por compromiso de Uribe con George Bush y por que tres de los rehenes eran norteamericanos (págs. 128 y 129).
 
En este relato los momentos más impresionantes son aquellos en los que los militares y los civiles, sabiendo que podrían ser asesinados o convertirse en rehenes, se ofrecen para participar en el rescate, y sin tener el consuelo de ver su cara en periódicos y televisiones. Junto a la emoción hay algunos momentos de humor: los miembros del equipo de rescate salían con frecuencia a restaurantes de caros con el siguiente argumento: “Quién quita que en los próximos años tengamos que comer las lentejas de las FARC”. Uno de los oficiales que participaron en el rescate, le dijo lo siguiente a Betancourt: “Ingrid, esto es de un colombiano para otro colombiano. Usted tiene unos hijos muy lindos y lo que yo acabo de hacer lo hago por un hijo de colombiano. Prométame que nunca, ¡nunca!, va a recordar nuestras caras”.
 
El libro está escrito en un estilo ágil y rápido, con la acción dividida en pequeños capítulos. Aparte del realismo, Operación Jaque. La verdadera historia contiene verismo: el autor habló con prácticamente todos los protagonistas, desde el entonces ministro Santos a los rescatadores.
 
Todavía hay héroes, y encima hablan español y piden el amparo a Cristo antes de poner su vida en riesgo. (Varias de las mujeres militares levantaron un altar al Niño Jesús de Praga a cuya protección divina encargaron la misión.)
 
Año y medio después del rescate la vida ha cambiado mucho para la mayoría de los protagonistas de esta aventura. José Manuel Santos dejó el Ministerio de Defensa y puede ser el candidato del Partido Social de la Unidad si Uribe decide no presentarse a su segunda reelección. El cabo William Pérez, enfermero y protector de Betancourt, ha empezado sus estudios de medicina. Betancourt ha recibido muchos premios que la han llevado por todo el mundo y se ha divorciado de su segundo marido; sus compañeros de cautiverio han contado cosas poco agradables de su comportamiento durante esos años. Quienes siguen igual que antes de la Operación Jaque son los militares colombianos dedicados a la derrota de las FARC.
 
Y la conclusión es que con los terroristas no se puede negociar.