Odisea al anochecer

por Ignacio Cosidó, 31 de marzo de 2011

El Diccionario de la Real Academia Española fija dos acepciones para odisea. La primera es “viaje largo, en el que abundan las aventuras adversas y favorables al viajero”. La segunda es “sucesión de peripecias, por lo general desagradables, que le ocurren a alguien”. Diez días después de ponerse en marcha la operación militar en Libia no está clara cuál de estas dos acepciones le es aplicable a la operación “Odisea al amanecer”.
 
A fecha actual en el balance de la intervención militar nos hace pensar más bien en la primera. Entre lo favorable destaca haber detenido la masacre que el tirano proyectaba sobre la ciudad de Bengasi y otros núcleos de la resistencia, así como haber logrado plenamente el objetivo de establecer un área de exclusión aérea y el embargo marítimo. Entre las sombras no haber detenido la guerra en otras muchas ciudades como Misrata o Zintan. Mirando al futuro, el riesgo es que nuestra intervención pueda terminar produciendo un enquistamiento del conflicto, un triunfo de los sectores más radicales e incluso llevar a una partición del país que traería mayor inestabilidad en el Mediterráneo. Unos riesgos que estamos obligados a conjurar. 
 
Para eliminar esos riesgos es fundamental antes de nada clarificar definitivamente el objetivo de nuestra misión. Cuando uno va a una guerra es fundamental conocer con precisión cuál es el objetivo. La resolución 1973 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas autoriza a la protección de la población civil pero veta cualquier posibilidad de ocupación terrestre. La interpretación de esta resolución es diferente entre los propios miembros de la Coalición. En mi opinión, será muy difícil proteger al pueblo libio si Gadafi se mantiene en el poder, porque su voluntad de aniquilar físicamente toda oposición ha quedado plenamente constatada, pero es evidente que ese objetivo trasciende el mandato de la ONU. Esto plantea a un serio problema a los puristas de la legalidad internacional, como tradicionalmente ha sido nuestro Gobierno. O logran un nuevo mandato del Consejo de Seguridad Nacional o una intervención que comenzó con amparo de las Naciones Unidas puede terminar resultando en una ilegalidad sobrevenida.
 
Por otro lado se está produciendo un déficit de liderazgo político. La política exterior de Obama se está caracterizando por una renuncia a mantener el tradicional liderazgo norteamericano del mundo occidental para cambiarlo por un multilateralismo cooperativo. Libia es la primera crisis en la que se está ensayando esta nueva doctrina. El problema es que la Unión Europea tampoco está en condiciones de sustituir ese liderazgo en esta guerra, como consecuencia de sus divisiones internas. Así, Alemania no sólo se ha inhibido militarmente de la intervención, sino que se abstuvo en el Consejo de Seguridad. La propuesta de Francia de un comité político "ad hoc" con participación de los países árabes resulta atractivo, pero puede hacer inviable la toma de decisiones. Es más, las experiencias de “guerras por comité”, incluso dentro de la propia Alianza Atlántica, no son alentadoras. En mi opinión, esta operación debería ser liderada políticamente de forma más clara por la Unión Europea. Para ello resulta necesario que los líderes europeos hagan más abstracción de sus agendas políticas locales y mantengan una perspectiva estratégica de mayor alcance para el conjunto de la Unión. 
 
Ir a una guerra sin una estructura de mando definida y unas reglas de enfrentamiento claras es una temeridad. La OTAN ha asumido finalmente el mando de las operaciones militares, tras una fase inicial en que el mando fue asumido por Estados Unidos, aunque sin una verdadera integración de todas las operaciones. Superar la desconfianza de Turquía ha sido crucial para que la OTAN pueda hacerse cargo de la operación, pero ahora habrá que vencer también la resistencia de otros aliados a dar a la Alianza Atlántica el control estratégico de la guerra.
 
A mi juicio existe un problema añadido con las autolimitaciones nacionales que se imponen al uso de la fuerza. El Gobierno de Zapatero es un buen ejemplo de ello. Creo que es un error poner un límite temporal a las operaciones militares, aunque sea prorrogable, como ha hecho España. Con ese tipo de constricciones damos un mensaje equivocado tanto al régimen de Gadafi, mostrando nuestra voluntad de desentendernos tan pronto como nos sea posible, como a nuestros aliados, poniendo en cuestión la firmeza de nuestro compromiso. Las Fuerzas Armadas españolas llegaron tarde al teatro de operaciones, nuestros aviones fueron desplegados cuando la zona de exclusión aérea estaba lograda y algunos de nuestros barcos aún se encuentran en ruta. Es más, una vez destruida la aviación de Gadafi, la presencia de los F-18 españoles en Libia puede resultar irrelevante si se mantiene la prohibición de atacar objetivos en tierra. Es con sus carros de combate y con su artillería con las que el régimen de Gadafi mantiene la ofensiva. 
 
Estas limitaciones se explican en el caso español por la falta de convicciones que caracteriza toda la política de Zapatero. Es más, no creo que el Gobierno socialista se mueva en este asunto ni por un interés estratégico, que al menos no ha explicado, ni por las razones humanitarias esgrimidas por un presidente que siempre se ha distinguido por ser amigo de dictaduras que pisotean diariamente los Derechos Humanos, como la Cuba de Castro. Cabe preguntarse por tanto cuáles son las verdaderos motivos de Zapatero para embarcarnos en esta guerra a la que se empeña en llamar “crisis”. Pero sean cual sean esas razones, y a pesar de todas las calumnias que los dirigentes socialistas continúan vertiendo sobre Irak, la realidad es que al final son los gobiernos del PSOE los únicos que terminan mandando a nuestros militares a la guerra. Lo hizo Felipe González en la primera guerra del Golfo con soldados de reemplazo y lo hace ahora Zapatero con la guerra en Libia, aunque ni siquiera se atreva a definirla como tal. El cambio de discurso ha sido tan radical, desde la pancarta del “No a la guerra” al apoyo entusiasta a la intervención militar, que genera un déficit de legitimidad política y moral del presidente del Gobierno para mandar a nuestras Fuerzas Armadas a un conflicto que tendrá un coste económico de unos 15 millones mensuales para las maltrechas arcas de Hacienda y que como toda guerra pone en riesgo la vida de nuestros soldados.
 
Más allá de todas las dudas que persisten tras estos primero días de operaciones, es necesario seguir respaldando una intervención que constituye un imperativo moral y una necesidad estratégica para Europa. Una intervención que para tener éxito debería contar con un más amplio mandato de Naciones Unidas, ser liderada políticamente de forma más cohesionada por la Unión Europea, ejecutada con eficacia por la estructura militar de la OTAN, contar con un compromiso firme de España y culminar con el fin de la tiranía en Libia.