"Odisea al amanecer", más allá de Libia

por José Enrique Fojón, 23 de marzo de 2011

Existe un consenso muy generalizado en que la última década del siglo XX fue una época excepcional, un tiempo de optimismo, donde la realidad se veía a través de un velo de superioridad occidental como consecuencia de la victoria en la Guerra Fría. Una de las novedades que trajo la década fue lo que se denominó “guerras de elección” (wars of choice), aquellas en la que se creía que con la voluntad y la superioridad tecnológica occidentales era suficiente. Parecía que las consecuencias del 11- S, las guerras de Irak y Afganistán, acabarían con este tipo de intervenciones, pero parece que no ha sido así.
 
Los acontecimientos que desde mediados del mes de enero se desarrollan en el mundo árabe -descritos por los medios de comunicación occidentales como “revolución democrática”- han desembocado a los dos meses de su comienzo en una intervención militar en Libia de una coalición ad hoc de países europeos, árabes y de los Estados Unidos. Las motivaciones hechas públicas para la intervención son parecidas a las que llevaron a Bosnia y Kósovo, y pueden resumirse en las declaraciones del Premier británico Cameron: “… creo que no podemos quedarnos quietos y permitir a un dictador cuyo pueblo lo ha rechazado, matar a su pueblo indiscriminadamente. Hacerlo sería enviar una falsa señal a otros”. Desde un punto de vista medianamente realista, el argumento es, como mínimo, parcial: si se generaliza este tipo de comportamiento, estaríamos constantemente en guerra.
 
El caso de Libia vuelve a poner sobre la mesa la misma pregunta que no se contestó en los conflictos de las dos décadas anteriores: qué estado final se busca, lo que es lo mismo que preguntar el cómo de la victoria. Se puede inferir una pauta general de comportamientos en este tipo de “conflictos” (léase guerras): se entra en un estado de justificaciones morales con empleo generalizado de metáforas, se comienza con la euforia resultante de aplicar la alta tecnología militar (shock and awe) que proporciona una ventaja inicial, se sigue con la mission creep; después se presentan las primeras bajas propias, se entra en una pronta fatiga, aparecen elecciones a la vista y se busca la salida más rápida.
 
Si pudiésemos efectuar la contradicción esencial de un acto de ciencia ficción y entrásemos en un túnel temporal para aparecer en el pasado noviembre en la Cumbre de la OTAN en Lisboa, podríamos habernos encontrado con esta noticia: “Una persona fue atendida por los servicios sanitarios debido a que repetía a voz en grito que dentro de cuatro meses habría un conflicto en el sur del Mediterráneo y sería gestionado por una coalición creada ad hoc”. Las reacciones de los líderes políticos sobre el hecho se limitaron a risas burlonas y a declarar que Rusia era un socio más.
 
La bufonada anterior sirve para ilustrar el hecho de que el caso de Libia ha roto los esquemas de Europa. Si para una guerra en los aledaños del continente hay que constituir una coalición, la utilidad de la OTAN y de la Unión Europea, queda como mínimo en entredicho; debemos admitir que se está ante una situación que requiere un análisis en profundidad, porque desconocer su naturaleza sería, cuanto menos, negligente.
 
La reunión del Consejo de Seguridad del pasado 17 de marzo, puede que se recuerde como el hito que marcó una nueva configuración de la política europea. La “foto” que correspondería sería la de la reunión en París del día 19 de Marzo en el Elíseo preludio de la acción aérea francesa contra las huestes de Gaddafi. La reunión, presidida por Sarkozy, con Clinton, Merkel, Cameron… y líderes árabes, escenifican la “coalición” para derrocar al tirano e imponer otra situación política. Hay que señalar que, sorprendentemente, también estaba la señora Ashton, Alta Representante de la “política exterior europea”.
 
Las abstenciones de China y Rusia fueron determinantes para que se pudiese pasar la resolución 1973. La abstención de Alemania era otra cosa; era la demostración de su status como gran potencia, un alarde de autonomía ante la OTAN y la UE. Es en este punto donde se debe intentar ver el “gran cuadro” de la situación que se desarrolla más allá del Golfo de Sirte y a la que afectará el desenlace del caso libio.
 
La presente situación de inestabilidad en el mundo árabe se produce en un momento en que la libertad de acción estratégica de los Estados Unidos se ve constreñida debido a su empeño en Afganistán, la fatiga de Irak, los problemas presupuestarios y la situación en Oriente Medio, sobre todo en la zona del Golfo. Este hecho ha tenido su influencia en que Washington haya adoptado un, aparentemente, perfil secundario en la intervención. La ausencia de Obama en París es harto significativa. La gira por Iberoamérica no es la disculpa para la justificar la ausencia de uno de los líderes de una coalición que inicia una guerra.
 
La situación en Libia es de guerra civil, aunque la motivación publicada de la intervención aliada es impedir los ataques a la población civil; pero en este caso lo opuesto a civil no es militar, sino combatiente y, ahí reside la primera metáfora de la situación. En una guerra civil es difícil distinguir a los combatientes de ambos bandos y si se entra en este tipo de conflicto es para ayudar a uno de los bandos. El “moralismo” en estas situaciones impide ver lo que hay detrás en una guerra civil, pero ahí está el control de la maquinaria del estado por diferentes bandos y motivaciones. Ante esto se pueden efectuar algunas preguntas. ¿Cuál es el estado final deseado? El portavoz oficial del Elíseo dijo que era un cambio de régimen. ¿Qué régimen va a ser el que sustituya a Gaddafi? Incógnita. Otra pregunta: ¿Quién va a tutelar el proceso? Respuesta con metáfora: “la comunidad internacional”. Pregunta: ¿Quién es el comercial de la comunidad internacional? Respuesta: no hay respuesta.
 
Es muy posible que el apoyo americano a la resolución 1973 cuente con restricciones (caveats) a su participación en las operaciones, que pueden contemplar la no implicación en acciones terrestres. La pregunta es este punto sería: ¿para el paso siguiente sería suficiente las capacidades de la actual coalición o habría que escalar a, por ejemplo, la OTAN? En este tipo de situaciones es fácil la escalada, pues cuando los “blancos” para los ataques aéreos se agoten y siga el problema, el siguiente paso es la “intervención humanitaria” por tierra.
 
Los desacuerdos que se están produciendo en la OTAN y en la UE por el caso libio Se deben sumar a los que se vienen produciendo en ambas organizaciones desde hace mucho tiempo y  que comprometen su futuro. Sin entrar en el juicio sobre la oportunidad de la intervención en Libia, los hechos que rodean al acontecimiento son harto evidentes. La postura de Alemania, con su voto en la ONU y con la no participación en las operaciones, junto con el bajo perfil de Italia, son hechos elocuentes. Se ha quebrado la solidaridad atlántica y se ha pulverizado una oportunidad para materializar la pretensión de una política exterior europea, se ha sembrado desconfianza.
 
La situación en el Mediterráneo también escenifica la contienda por el liderazgo europeo en plena crisis de la eurozona: Alemania o Francia, el pulso está servido. ¿Actuará el Reino Unido como offshore balancer? Es muy posible que recupere su postura tradicional. Otro protagonismo a seguir es el de Turquía, la situación en el Levante es, como siempre, delicada y esa es su zona de influencia, pero su vocación mediterránea es conocida, y el caso libio es una oportunidad para ejercerla. La pertenencia de Turquía a la OTAN la convierten en un protagonista destacado con influencia en la situación.  
 
La intervención en Libia abre una situación imprevisible en una zona donde Europa se juega mucho, pero donde los Estados Unidos no tienen intereses vitales. El estado final de Libia después del conflicto es otra incógnita. Como puede influir la situación en los vecinos de Libia y estos en la de aquella es una importante historia, tanto Níger, como Chad y Sudán no son, precisamente, modelos de estabilidad. Egipto tendrá algo que decir porque la situación puede tener efectos desestabilizadores en la etapa que ha iniciado y Túnez también puede sufrir las consecuencias.
 
Es la primera vez que algunos países europeos lideran una operación militar para efectuar un cambio de régimen y coincide con un escenario de restricciones presupuestarias en Defensa y de crisis económica, en unas sociedades que, precisamente, no son conocidas como proclives a asumir sacrificios. Si el desenlace favorable no es rápido, el problema está servido. “Odisea al amanecer” es un buen nombre para una situación que está por escribir.