Obamanía

por Rafael L. Bardají, 29 de febrero de 2008

(Publicado en ABC, 29 de febrero de 2008)

Los europeos habían estado hasta hace poco del lado de la senadora Hillary Clinton como su candidata ideal a las presidenciales americanas. Ahora, como todo el mundo que es anti-Bush, comienzan a pasarse al campo de Obama. Y es cierto: Barack Hussein Obama cuenta, en este momento, con todas las de ganar y ser nominado como el candidato demócrata para las elecciones de noviembre.

Y no se trata de la frescura de su campaña, donde todo gira y se limita a ensalzar un cambio que nunca llega a definirse en qué consiste. A los europeos, cualquier cambio respecto a George W. Bush les parece automáticamente bien, por lo general. Más aún si se instala en la Casa Blanca un candidato de color, algo impensable entre nosotros, dicho sea de paso.
 
Si Obama se alza con su candidatura formal se deberá más bien a que el Partido Demócrata se ha instalado definitivamente en el espacio reservado a la extrema izquierda. Nada novedoso, pues desde el liderazgo de Howard Dean, ese deslizamiento no ha hecho sino acelerarse. Y precisamente, esa es la razón por la que Hillary se está encontrando con tantas dificultades en su carrera presidencial. Su aireada sensatez como senadora le está pasando factura.
 
Quienes ven en Obama la idea de cambio están convencidos de que si sale nominado, se llevará por delante al candidato republicano, el senador John McCain; quienes ven en Obama al izquierdista que en realidad es, creen que los americanos no le auparán a la presidencia. Pero a tenor de las pasiones que está despertando entre los suyos, esa es una cuestión abierta.
 
Los europeos haremos mal si confiamos en que Obama será un presidente más próximo a nuestros intereses. Es verdad que se desconoce todo sobre sus planes, pero si su pasado nos sirve de guía, Obama será un proteccionista en lo económico y un aislacionista en los temas de seguridad. Una combinación que sólo puede traer consecuencias negativas para nuestra propia economía y seguridad. Gracias a Dios, los europeos todavía no podemos votar en América.