Obama tras Osama

por Juan F. Carmona y Choussat, 20 de mayo de 2011

 

(Publicado en La Gaceta, 19 de mayo de 2011)
 
Obama bautizó la guerra contra el terrorismo “operaciones de contingencia exterior” y la primavera árabe la relegó a segundo plano, pero la contingencia Bin Laden, la ha vuelto a poner de actualidad. Síntoma de que, en realidad, siempre había estado allí.
 
Obama quería ganarse a la opinión pública, pero sin perder la guerra. Desde Guantánamo, hasta el sistema de escuchas, pasando por Afganistán continuó lo que Bush puso en marcha, porque funcionaba. Pero lo hizo, ay, sin decirlo, interpretando perfectamente la mentalidad posmoderna que quiere seguridad, pero no lo necesario para garantizarla.
 
Su táctica era comparable a la deténte de Nixon y Kissinger tras la derrota del Vietnam. Entonces, la contracultura y la reacción popular obligaron a los Estados Unidos a complacer a los votantes dándoles retirada. Ahora se trataba de organizar un regreso estratégico que permitiera navegar las aguas procelosas de las encuestas declinantes respecto a la intervención afgana, mientras se seguía protegiendo al pueblo del terrorismo.
 
La promesa de retorno a partir de 2011 se compensaba con el incremento de tropas. Y con unos 1.800 asesinatos selectivos con aviones no tripulados en la frontera afgano-paquistaní, sin contar las incursiones del Yemen y las aún más opacas operaciones especiales en lugares ignotos del Cáucaso. Y nadie se preguntó por las armas que portaban los difuntos o cómo se obtuvo la información para localizarlos. La retirada era, pues, sólo aparente, aunque real en sus deseos a largo plazo.
 
La guerra daba sus frutos, con el éxito añadido ante la opinión de que parecía que no la había. Y la recompensa más fabulosa ha sido la liquidación del terrorista en jefe.
 
Obama no sólo ha cosechado así el reconocimiento en las encuestas ‑aceptación media del 51,5%‑, sino también la mejor excusa para finiquitar la guerra contra el terror. Como diría Talleyrand, “esto sería peor que un crimen; sería un error”. Afganistán debe seguir preservándose de los talibán y hay que impedir a Irán, cuya revuelta en 2009 fue desatendida por Obama, que se convierta en potencia nuclear.
 
La lectura correcta de los sondeos debe incluir la preocupación por la crisis. La deplorable actuación de la autoridad monetaria, dirigida por el inefable Bernanke, que se ha propuesto matar dos pájaros –deuda y desempleo–, con el único tiro de la inflación, corre el riesgo de consagrar en Estados Unidos una cifra de paro similar a la de Francia. Eso es allá inaceptable.
 
El conflicto libio, donde Estados Unidos intervino reticentemente, empezó, como Irak, un 19 de marzo. El 9 de abril los marines ayudaban a descolgar la efigie de Sadam en Bagdad. Puede que no haya hoy, según la expresión del sector de comunicación de la Casa Blanca, “botas sobre el terreno”, aunque sí huellas de las zapatillas de los agentes de la CIA, pero tampoco ha sido desalojado Gadafi.
 
Egipto no ha evolucionado como el progresismo anunciaba. Los revolucionarios de Tahrir han sido orillados por la Junta Militar y la Hermandad Musulmana. En el referéndum de reformas constitucionales destinado a preparar las elecciones, los primeros, apoyados por los oprimidos coptos, pidieron el “no” rogando más tiempo. Sin embargo, la prensa internacional, como un solo hombre, celebró incomprensiblemente la victoria del “sí”. Las indicaciones del Gobierno, abriendo lazos con Irán y cuestionando el tratado de paz con Israel –que firmó Sadat tras la derrota del Yom Kipur–, no son alentadoras.
 
Las masacres del régimen sirio, aliado de Irán en Oriente Medio, patrocinador del grupo terrorista Hezbolá que desequilibra al vecino Líbano, y anfitrión de Jaled Meshal, líder de la otra banda terrorista escindida de la Hermandad Musulmana, Hamás, no han conmovido a Occidente como las prometidas por Gadafi.
 
El resto de países en convulsión avanzan entre las sombras dejadas por las autocracias aceptadas por Occidente hacia el caos, sin que tengan fuerza suficiente los escasos liberales indígenas, dejados a su suerte por Obama, para desequilibrar un statu quo que ya no es sinónimo de estabilidad, si alguna vez lo fue, sino de un peligro cierto de ganancia de pescadores de diversa orientación islamista.
 
La intuición de Obama de que la retirada estratégica es lo que desean los americanos, puede verse desmentida por la apreciación de que sus hijos heredarán un mundo más peligroso y una deuda descomunal. Como los americanos, que son 300 millones, todavía tienen niños, a diferencia de los europeos, una fría mañana de enero de 2013 podrían celebrar el discurso de un republicano.
 
 
Juan F. Carmona y Choussat es Doctor en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid.