¿Nos hemos convertido en nuestro peor enemigo?

por José María López Bueno, 10 de diciembre de 2008

Durante este otoño hemos sido testigos de los desorientados vaivenes de las principales economías mundiales para hacer frente a la crisis. De las pocas excepciones a estos comportamientos erráticos sólo cabe destacar la bajada de tipos concertada entre la FED, el BCE y Banco de Inglaterra del domingo 12 de Octubre con ciertas medidas conjuntas en el sistema bancario de la zona Euro. Es muy necesario señalar que esta reducción de tipos es una medida de origen técnico y no político; es decir, de los bancos centrales, no de los ministerios. Del principal evento político global motivado por la crisis, la reunión en Washington del G20, pese a las grandes declaraciones y el interés despertado, pocas medidas prácticas pueden extraerse, como era de esperar.
 
La actuación de los gobiernos occidentales, de los políticos, en este tiempo ha sido casi invariablemente la de “cada uno a lo suyo”. Y sin ningún tipo de reparos.  Si no ¿cómo se explica que, tan sólo 24 horas después de criticar públicamente las medidas de garantía bancaria adoptadas por Irlanda, el Ministro alemán de Finanzas anunciara, con Angela Merkel a su lado, idénticas medidas para las entidades alemanas? Ejemplos como estos, desgraciadamente, abundan.
 
Para muchos la explicación a este tipo de actuaciones descoordinadas, impulsivas y cuasi vergonzantes, estaría en el desconocido alcance de la crisis y en el temor a sus consecuencias políticas en los reinos de taifas en que parecen haberse convertido las principales economías mundiales.
 
Es una explicación plausible pero, en mi humilde opinión, esconde un problema de fondo mucho mayor que hará cada vez más difícil enfrentarnos con éxito a futuras crisis, sean del tipo que sea.
 
El problema es un problema de definición. No sabemos qué tenemos que defender y, consecuentemente, es muy difícil decidir qué medidas adoptar. No es que no sepamos a qué hacemos frente.  Es verdad que algunos problemas presentan inicialmente perfiles difusos, pero esta indefinición se resuelve tarde o temprano. Lo que no sabemos muy bien es qué defendemos y, en consecuencia, cada uno se limita a trata de salvar su (con perdón) trasero. Así difícilmente se pueden hacer las cosas bien.
 
Independientemente de cuáles puedan ser las soluciones posibles, es necesario, previamente, saber qué está en riesgo. ¿La casa? ¿La vida de las personas? ¿Los muebles del jardín o el contenedor de basura de la esquina? Y para eso -mis disculpas por parecer pueril- primero hay que saber cuál es la casa, si hay alguien dentro y donde están los muebles del jardín. Luego veremos si tiramos un cubo de agua, enchufamos la manguera del jardín, llamamos a los bomberos o todo a la vez. 
 
Se explican así muchos de los debates abiertos actualmente en política nacional, internacional, económica. ¿Qué hacemos en Afganistán? ¿Para qué sirve la OTAN? ¿Hasta dónde debe llegar? ¿Garantizamos los depósitos? ¿Todos? ¿Se nacionaliza la banca? ¿Hay crisis? ¿Negociamos con los terroristas? ¿Siempre? ¿Nos levantamos al paso de la bandera de un país amigo o concedemos “lo que sea” por hacernos una foto junto a su presidente? ¿Qué hacemos con Irán? ¿Y con Irak?
 
Los distintos razonamientos acaban invariablemente en un rosario de debates estériles al no tener claro cuál es el objetivo último. El objetivo ¿es ganar un debate, unos puntos en las encuestas o unas elecciones?
 
Lamentablemente este es el debate. Se trata de acuñar mensajes que suenen bien según el momento. El debate es de mensajes no sobre el fondo. ¿Suena bien?, ¿vende?, son las preguntas a resolver y el objetivo último. Si verdaderamente van dirigidos a resolver los problemas o crear un futuro mejor, no es la cuestión.
 
Es verdad que en una democracia deciden los ciudadanos y éstos no están para debates sesudos y profundos sino, como consumidores, para productos de consumo agradables, asequibles y que encajen en sus expectativas. El ciudadano, como consumidor, elige lo que quiere y no quiere complicaciones, ni en su adquisición, ni en su uso ni en el pago.  Y, mercadotecnia manda, esto es lo que la clase política ofrece.  Si un producto no encaja hoy, saldremos mañana con otro mejorado. 
 
El debate no es de ideas o valores, sino de productos dirigidos al consumidor y, como productos de consumo, tienen que tener un beneficio directo y claro.
 
Pero en Política, las consecuencias de esta venta a medida afectan a toda la sociedad y condiciona el futuro de sus -nuestros- herederos. Las políticas de inmigración, terrorismo, educación o mercado laboral, por citar unas pocas, condicionan, no sólo las expectativas de poder de una fuerza política sino, una vez aplicadas, el desarrollo de sociedades cada vez más complejas y su futuro (el de nuestros hijos).
 
La discusión es de marca y packaging, no sobre el contenido y mucho menos su finalidad.  Con tal de vender se acaba ofertando lo que la gente quiere comprar. 
 
Por eso, lamentablemente, el debate político actual no es de ideas, si no de eslóganes y discursos dirigidos a un consumo masivo y, por tanto poco profundo. Su destino son los treinta segundos que ocupa en un Telediario o su titular en un periódico. En tan poco espacio, obviamente, no hay lugar para debates de ideas si no sólo para eslóganes o, peor, chascarrillos. Dicho sea de paso, en el programa de debate político más visto de televisión se deben exponer las ideas ¡en 59 segundos!
 
La pregunta es entonces la de, siendo una democracia dónde quien decide es el ciudadano, ¿qué mal hay en darle lo que pide? ¿No es esto la democracia?
 
Admitamos por un momento esta dudosa premisa y digamos que sí, que en eso consiste una democracia. La pregunta sería entonces la de si cualquier tema debe estar abierto a debate y, por tanto, a la libre interpretación o, por el contrario, si deben existir determinadas certezas sobre las que basar nuestra existencia como sociedades.
 
Es precisamente aquí donde está la clave: si entendemos que deben existir unas bases sobre las que un grupo de seres humanos decide fundamentar su vida en conjunto (sociedades), estamos admitiendo que hay cuestiones fuera de debate.  Esas cuestiones básicas, son -o más bien deberían ser- los Valores sobre los que se asienta nuestras sociedades y su cuestionamiento no debería ser posible a menos que seamos conscientes de que de cambiar los Valores, cambiaremos las sociedades.
 
Podemos discutir sobre la decoración del salón, si quitamos la bañera y ponemos una ducha pero todos sabemos que los pilares de la casa, como el suelo y el techo, son intocables. Al menos deberíamos saberlo. Si no lo tenemos muy claro podemos acabar cediendo a la ocurrencia del decorador de turno y aprovechar unas goteras para hacer una piscina o un jacuzzi o derribar un pilar para hacernos un loft. ¿Por qué no? 
 
Con razonamientos así, tan abiertos, ocurrentes y creativos, se acaba llegando a discutir la esencia de lo que somos. ¿El Estado?; “discutido y discutible”. ¿Para qué sirve la OTAN?; para “cercar a Rusia”. ¿Qué hacemos en Afganistán?; seguir el juego a los americanos. Y así todo, que todo vale.
 
Mal nos irá -más bien, mal nos va- si seguimos así. No podemos cuestionar todo o, mejor dicho, hay cosas que debemos tener muy, muy claras y que no pueden ser objeto de debate publicitario.
 
El Estado de Derecho, la democracia, nuestro papel en el mundo junto al resto de democracias son cuestiones esenciales que, desgraciadamente, nadie o muy pocos defienden en nuestras sociedades occidentales.  Curiosamente quien ose plantear tales cuestiones básicas, no para su debate si no, todo lo contrario, para fijar su posición como pilares de nuestras sociedades, corre el riesgo de ser tachado de inmovilista, reaccionario, neocom o cualquier otra ocurrencia, siempre con ánimo descalificador.
 
Si no tenemos claro qué es lo que somos, cuál es la esencia de nuestras sociedades (la separación de poderes, la libertad individual, el respeto a los Derechos Humanos, la igualdad ante la Ley) acabaremos admitiendo, no ya pulpo como animal de compañía, si no tigre, gorila u oso. Y si los cuervos sacan los ojos no es difícil imaginar que pueden sacarnos cualquiera de estas criaturitas.
 
Debemos defender y dejar muy claro cuáles son los valores de nuestra sociedad so peligro de acabar no sabiendo qué somos y, por tanto, no sabiendo qué debemos defender. Es cierto que las amenazas son grandes y las decisiones difíciles. ¿Deben entrar los Gobiernos en el capital de la banca o debemos dejar caer el sistema? ¿Debemos controlar la inmigración o abrir las puertas? ¿Deben votar todos los inmigrantes? Para poder responder a amenazas complejas es imprescindible tener algunas cuestiones básicas medianamente claras.
 
Nadie defiende los valores de nuestra sociedad porque, bien no interesan (no venden) o, peor, a algunos les interesa que no quede muy claro para poder actuar según convenga. Lamentablemente el problema no es sólo nacional. Es verdad que en España estamos siendo sobresalientes en cómo no hacerlo; ahí tienen a ZP en el New York Times.  Pero tampoco están las cosas muy claras en el resto de democracias occidentales. Si no ¿qué mal habrían en plantear una Alianza de Democracias? ¿No compartimos idénticos valores? (esta Alianza sí tendría sentido y no la otra, salvo que lo que uno quiera sea vender humo). ¿No tiene la Unión Europea su origen en sociedades creadas bajo el influjo de la ética judeo-cristiana? ¿Debemos permitir que otros países financien templos religiosos en nuestro suelo cuando esos mismos países no sólo no admiten reciprocidad (básica en Derecho Internacional) sino ni siquiera la libertad de culto? ¿Debemos ser tolerantes con las dictaduras? ¿Incluida la cubana?
 
Cuando el debate es sobre ideas/productos de consumo y no sobre principios se cae en errores como en los que estamos cayendo las sociedades occidentales. En unas sociedades, sobre todo las europeas, que han nacido y crecido bajo el manto del estado del bienestar, donde el esfuerzo no siempre es necesario y los riesgos parecen muy lejanos, pocos están para debatir cuestiones de fondo. Lo que importa es el día a día, el consumo que, por definición, tiene un corto ciclo de vida.
 
Las cuestiones fundamentales, los valores, los principios son temas que requieren análisis en profundidad, conocimientos y compromiso.  Una vez adoptados unos principios es difícil desdecirse. Aunque algunos son verdaderos artistas en darle la vuelta (ZP et al.), a cualquiera con decencia le condicionan.
 
Hoy en día nadie quiere compromisos ni fajarse en debates sesudos. No sólo no venden si no que suelen ser aburridos. Para colmo, obligan.
 
Pero no deberíamos olvidar que si como sociedades desarrolladas hemos llegado hasta aquí no ha sido por un azar del destino, si no por el tesón y el esfuerzo de los que nos precedieron y toda una serie de valores y principios que, si bien han evolucionado a lo largo de los siglos, una vez adoptados, han condicionado a esas sociedades.
 
Por eso, ante la molicie hedonista que impera en todo los órdenes de nuestras sociedades, donde todo vale y no hay mayor compromiso que el de no comprometerse en exceso, nos hemos acabado convirtiendo en nuestro peor enemigo, ese que sí puede acabar con nuestras sociedades tal y como las conocemos. No nos derrumbarán una, en singular, crisis económica ni conquistas salvajes de allende nuestras fronteras sino que, poco a poco, iremos cediendo nuestro sitio a cualquiera que tenga la intención de ocuparlo. No es que no sepamos qué nos pasa, que decía Ortega; no nos importa mucho mientras estemos materialmente satisfechos. Lo que nos pasa es que no sabemos ni lo que somos. Y si no tenemos claro qué somos, difícilmente sabremos qué tenemos que defender