No es Ben Laden

por Óscar Elía Mañú, 3 de mayo de 2011

 

El terrorismo es una amenaza global, en el doble sentido del término: por un lado incluye aspectos que van más allá del acto terrorista; la propaganda, la psicología, la economía o la técnica se convierten en campo de batalla ilimitado. Por otro lado, salta de país a país por encima de las fronteras: tiene sus centros de financiación en un país, atenta en otro, y se entrena en un tercero. Por si fuera poco, su origen temporal está mucho más allá y mucho antes del atentado; y sus efectos perduran en el tiempo después de las explosiones. Esto vale tanto para el etarra como para el islamista: el terrorismo es la expresión salvaje de una ideología totalitaria. Lo es Al Qaeda, y lo era Ben Laden.
 
En el caso de Ben Laden, los expertos avisaron del peligro antes de que el saudí atacara Nueva York y Washington: no sólo del peligro de las bombas, sino de la siniestra ideología que éstas traían tras de sí, y que es aún peor que las explosiones. Tras el salto a la fama del saudí el 11-S, la guerra contra él declarada por Bush lo enterró en la clandestinidad, dificultando las operaciones de su grupo de hombres. Al Qaeda se fue diluyendo en grupos locales, cada vez con una menor dependencia de la matriz saudí y una mayor capacidad autónoma. Se evitaron atentados –no todos– pero eso no impidió que los grupos islamistas proliferaran por el planeta, y la ideología islamista buscase otros caminos para expandirse: si ya no atacando Manhattan, si derrocando a un gobierno allí, islamizando un barrio aquí, o abriendo una mezquita o un canal de televisión islamista más allá. Las tres cosas sustituyen por un tiempo a las bombas y los terroristas suicidas
 
El problema no es ni era Ben Laden. Ni siquiera la red alqaedista, que permanece aún estable y dispuesta a golpear. El problema es que el islamismo ha avanzado desde 2001, y aunque no bajo la tutela directa de Ben Laden, sí en la misma versión nihilista y despiadada de émulos y discípulos. Y sí en la versión "moderada" de políticos, imanes o intelectuales, que desde Casablanca a Yakarta siguen impulsando impunemente la ideología de la yihad. Y ese es el problema; Occidente, lejos de aprender que los islamismos acaban en terrorismo, juega con una doble ficción: que los primeros pueden sustituir, apaciguando, al segundo, y que basta con eliminar o detener a éste o aquel dirigente para solucionar el problema. De ahí que se esté celebrando la muerte de Ben Laden como si todo hubiese acabado, como si con él terminase una realidad que siempre nos ha aterrado y que nunca hemos querido mirar de frente. Pero el carácter global del islamismo nos recuerda que a Ben Laden le sustituirá Al-Zawahiri, que en Afganistán Occidente negocia la entrada talibán en el Gobierno, que los Hermanos Musulmanes cogen fuerza en Egipto, y que para Al Qaeda se abre una oportunidad de oro con las crisis libia y tunecina en el Magreb y el Sahel. Hoy, como en 2001, Ben Laden no es el problema. No el más importante, al menos. ¿Queremos verlo?