No abandonar a los iraquíes

por Frederick W. Kagan, 5 de junio de 2007

(Publicado en American Enterprise Institute, 28 de mayo de 2007)

Al Qaeda no piensa que Irak sea una distracción de su guerra contra nosotros. Al Qaeda está segura de que Irak es el frente central, y lo es.
 
De vez en cuando, las naciones afrontan pruebas fundamentales de carácter. Obligadas a elegir entre opciones dolorosas pero inteligentes, o las irresponsables que ofrecen solamente alivio temporal al dolor, un pueblo tiene que decidir el precio que está dispuesto a pagar para salvaguardarse a sí mismo y a sus hijos y hacer lo correcto. América ha hecho frente a pruebas así antes. Guiados por Abraham Lincoln, encontramos nuestro mayor desafío durante la Guerra Civil y lo superamos, a pesar de las agonizantes dudas sobre la posibilidad de éxito incluso una vez entrado 1864. La Gran Generación se recobró del impacto de Pearl Harbor y rehusó dejar de luchar hasta que tanto Alemania como Japón se hubieran rendido incondicionalmente. Un momento similar se nos presenta en Irak. ¿Qué haremos?
América tiene intereses nacionales vitales en Irak. El movimiento global al Qaeda ha decidido derrotarnos allí -- no para establecer una base desde la que buscar mayor tiranía y terror simplemente, sino para levantar un triunfal monumento sobre las ruinas de la potencia americana. Al Qaeda afirma haber derrotado a la Unión Soviética en Afganistán, y su atractivo descansa en parte sobre esa presunción. Si América huye del campo de batalla contra este enemigo en Irak, al Qaeda habrá logrado un lema de apelación aún más contundente. Ese es el motivo por el que guerrilleros de al Qaeda procedentes del mundo musulmán están llegando a Irak en masa y luchando desesperadamente por conservar y expandir sus posiciones allí. Al Qaeda no piensa que Irak sea una distracción de su guerra contra nosotros. Al Qaeda está segura de que Irak es el frente central -- y lo es. Imaginar que América puede perder en Irak pero prevalecer en la guerra contra el jihadismo es casi como imaginar que podríamos haber entregado Europa a los Nazis pero haber ganado la Segunda Guerra Mundial.
Al Qaeda no es nuestro único enemigo en Irak, no obstante. Irán ha elegido librar allí una guerra contra nosotros, decidido a trabajar en nuestra derrota para sus propios fines. Las armas iraníes e incluso consejeros fluyen a Irak y asisten a nuestros enemigos, tanto suníes como chiíes, para matar a nuestros soldados e intentar establecer el control sobre el propio Irak. El apoyo iraní no es el resultado de un malentendido que pueda zanjarse solamente con que hablásemos con los mulás. Es la prolongación de casi tres décadas de guerra fría entre Irán y los Estados Unidos que comenzaron en 1979, con un ataque iraní contra suelo americano soberano de la embajada norteamericana en Teherán. Los estados del Golfo Pérsico están siguiendo los acontecimientos de cerca para ver quién gana. Si Irán tiene éxito sacando de Irak a América, la hegemonía iraní sobre la región es probable. Si ese suceso se combina con el avance de un arma nuclear iraní, entonces la hegemonía iraní es aún más probable. El dominio de Oriente Medio a través de este régimen iraní sería muy malo para América. Y una carrera armamentística nuclear en la que los estados árabes intentasen servir de contrapeso frente a la potencia iraní también sería muy malo para América.
Al Qaeda no piensa que Irak sea una distracción de su guerra contra nosotros. Al Qaeda cree que Irak es el frente central -- y lo es.
Éstos son los riesgos americanos obvios en la lucha en Irak, y son lo bastante elevados como para justificar todo esfuerzo posible para tener éxito allí. Pero hay motivos para seguir luchando más allá incluso de estas consideraciones geopolíticas. En un reciente viaje a Irak, vi los riesgos físicos de esta lucha. Hablé con el mando de la octava división del ejército iraquí en Diwaniyah, el general Othman. Él es chií, a la cabeza de una unidad fuertemente chií. Le pregunté cuál era el desafío más serio que afrontaban. Respondió enseguida: las milicias chiíes. El general Othman defiende firmemente un Irak gobernado por la ley, en el que el gobierno ostente el monopolio del uso de la fuerza, y el que suníes y chiíes son tratados paritariamente. Ha sometido sus creencias a la prueba de fuego de la batalla. Cuando vio que los miembros del Ejército del Mahdi, la milicia chi'í de Moktada al-Sadr, habían tomado el control de la ciudad de Diwaniyah, llevó a cabo una operación de limpieza a gran escala y las expulsó con la ayuda de las fuerzas americanas. El general Othman controla ahora Diwaniyah, donde la gente puede respirar tranquila de nuevo, no sujeta ni a esa milicia ni a ninguna otra. No hay alternativa para el general Othman. El Ejército del Mahdi está decidido a matarlo a él y a su familia, y lo hará si no seguimos apoyándole. La vida de este hombre decente se encuentra en nuestras manos.
En Iskandariyah conocí al general Qais, el mando de las fuerzas policiales de la provincia de Babil. Le planteé la misma pregunta. Cuál es su mayor desafío. Sin dudarlo, también el dijo: las milicias chiíes. Se sabe que la policía iraquí está infiltrada por milicianos chiíes, pero el general Qais ha creado una fuerza que utiliza contra esas mismas milicias a diario. Ha sobrevivido a tentativas de asesinato, y su familia y él se encuentran bajo constante amenaza. También ellos dependen de América para ayudarles a luchar contra los agentes de Irán que pretenden derrotarnos. A lo largo de Irak hoy, personas decentes están plantando cara y estableciéndose una identidad. Nos buscan, trabajan con nosotros, y luchan junto a nosotros contra nuestros enemigos, hasta contra las poderosas milicias chiíes. Si les abandonamos ahora, serán torturados y asesinados, junto con sus familias. Habremos dejado expuesta a la destrucción a toda persona decente del país.
El hecho es que el gobierno democrático de Irak es un aliado -- y un aliado fuerte -- contra al Qaeda. Contra al Qaeda, los líderes iraquíes del gobierno, la sociedad civil, el ejército y la policía son implacables. Hasta los árabes suníes, que en tiempos proporcionaron asilo y apoyo a al Qaeda se han vuelto contra los terroristas. Miles de árabes suníes en Anbar, Salahaddin, Diyala, Babil, y hasta Bagdad han contactado con la Coalición y el gobierno iraquí, ofreciendo combatir a los takfiris, como ellos llaman a al Qaeda. La provincia de Anbar, la que los funcionarios de la Inteligencia Marine habían abandonado prácticamente apenas el año pasado, ahora está perdida para al Qaeda. Miles de iraquíes han muerto luchando contra al Qaeda. Cuando al Qaeda ataca los centros de reclutamiento, las clínicas, las instalaciones gubernamentales y los destacamentos de la policía y el ejército, los iraquíes no buscan refugio. Vuelven al combate, a luchar con mayor contundencia. Pero siguen necesitando nuestra ayuda. Si les abandonamos, los terroristas de al Qaeda castigarán de manera bárbara a aquellos que se les han opuesto. Puede que hasta aterroricen al pueblo tanto que sean capaces de establecer una sede en parte de Irak. Este es ciertamente su objetivo. No podemos permitirles tener éxito.
Pero los riesgos son aún más elevados que estos. Tuve oportunidad de recorrer el mercado cerca de la calle Haifa el otro día. Apenas en enero, las calles de este vecindario mixto sunní-chi'í mostraban intercambios de fuego durante todo el día entre terroristas de al Qaeda y soldados iraquíes y americanos. Las fuerzas americanas no han terminado aún de limpiar el vecindario. No obstante, recorrí el mercado con el lugarteniente general Ray Odierno, mando del Cuerpo Multinacional en Irak, el general jubilado Jack Keane, el coronel Bryan Roberts, el mando de la brigada local, mi esposa, Kimberly Kagan, el coronel H.R. McMaster, y otros soldados y civiles americanos diversos. Con un puñado de soldados armados como escolta y helicópteros de ataque volando sobre nuestras cabezas para proteger contra francotiradores que se sabe presente en la zona, recorrimos el laberíntico mercado. El mando de la brigada americana era bien conocido para los locales, que nos saludaban a todos, 'Salaam aleikum, wa aleikum es-salaam'. Niños sonrientes atravesaban nuestro grupo, nos rodeaban, pidiendo caramelos, las gafas de sol de mi mujer, una de las estrellas de general Odierno ('sólo una, por favor -- tú tienes tres'). Atravesamos unos atestados billares y pasamos las mesas de hombres jugando al dominó. Los jugadores intentaban hacer sus jugadas pacientemente a pesar de nuestra interrupción; los ancianos lanzaban las fichas de dominó sobre la mesa triunfalmente e intentaban convencernos de jugar con ellos.
Pero las escenas más conmovedoras tuvieron lugar en algunos de los peores destinos de la ciudad. Nuestros vehículos blindados transitaron por Ghazaliyah y Dora, dos vecindarios sunníes fuertemente infiltrados por al Qaeda y bajo presión de las milicias chi'íes. Hay pocos servicios en estos vecindarios, y los ataques y matanzas con explosivos caseros han sido rasgos regulares hasta muy recientemente. Recorrimos el saneamiento de las calles y vimos agujeros de bala y bomba en los edificios. Pero para mi sorpresa, también vimos niños en esas calles que no expresaban hostilidad o corrían o permanecían parados al pasar los ocupantes. En su lugar sonreían y hacían aspavientos, pidiendo caramelos o simplemente saludando. Hasta en los peores lugares de Irak, no hemos perdido a los niños. Aún nos miran con esperanza. Esperan que les salvemos de la muerte y la violencia. Ellos aún creen que cumpliremos nuestros compromisos con sus padres.
¿Qué sucederá si abandonamos a estos niños? La muerte les perseguirá a ellos y a sus familias. Al Qaeda intentará subyugarlos. Las milicias chiíes le echarán de sus casas o los mataran. Y ellos y sus vecinos, y todo el mundo en Oriente Medio, sabrá que les abandonamos a su suerte. Todo el mundo sabrá, 'Nunca confíes en los americanos'. Todo el mundo advertirá a sus hijos, 'los americanos solamente te traicionan'. Cimentaremos nuestra reputación como indignos de confianza. Perderemos a esta generación no solamente en Irak, sino por todo Oriente Medio. Y habremos perdido más que nuestra reputación y nuestra capacidad de proteger nuestros intereses. Habremos perdido parte de nuestra alma.


 

 
 
Frederick W. Kagan es académico residente del AEI.