Muerte a los apóstatas

por Robert Spencer, 14 de noviembre de 2006

(Publicado en FrontPageMagazine, 24 de octubre de 2006)

Recordará usted a un ciudadano afgano llamado Abdul Rahmán, que saltó a la palestra internacional la pasada primavera cuando su conversión del Islam al cristianismo llevó a su detención con la intención de someterle a juicio por apostasía. En aquel momento fue llevado en secreto a la seguridad de Italia. Ahora, los jihadistas de Afganistán exigen su devolución a Afganistán a cambio de un periodista italiano, Gabriele Torsello. 'Queremos resuelto este tema antes del final del Ramadán', exigían sus captores, sin que la resolución parezca inminente mientras se aproxima el final del mes sagrado.
 
Es seguro decir que si las autoridades italianas acordaran entregar a Abdul Rahmán a los secuestradores, el converso sería asesinado con total seguridad por su crimen de apostasía del Islam. Pero en el momento de la detención de Abdul Rahmán, despistados analistas internacionales señalaban lo que pensaban que eran garantías de libertad de religión y consciencia en la nueva Constitución afgana: después de todo, ¿no jura el documento 'respeto' a la Declaración Universal de los Derechos Humanos? ¿No reza que 'los seguidores de otras religiones' son 'libres de practicar su fe y llevar a cabo sus ritos religiosos dentro de los límites de las provisiones de la ley'?
 
Realmente lo pone, pero ¿cuáles son 'los límites de las provisiones de la ley'? La propia Constitución deja la respuesta totalmente clara: 'En Afganistán', estipula, 'ninguna ley puede contrariar las creencias y las provisiones legales de la sagrada religión del Islam'. Ordena que el Presidente haga el juramento de 'obedecer y salvaguardar las provisiones de la sagrada religión del Islam', y sólo en segundo lugar 'cumplir con la Constitución y las demás leyes de Afganistán y supervisar su implementación'. Lo que es más, afirma que 'las provisiones de adherencia a los fundamentos de la sagrada religión del Islam y el régimen de la República Islámica no pueden tener enmiendas”.
 
La mayor parte de los observadores no musulmanes pasaron por alto el significado de estas provisiones, y especialmente el peligro que planteaban para conversos como Abdul Rahmán y la libertad religiosa en general. Es comprensible, no obstante, puesto que tantos musulmanes de Occidente sostienen que el Islam no contiene ninguna provisión contra la apostasía. Típico de esto es 'Abandonar el Islam no es un pecado capital', un artículo de M. Cherif Bassiouni, un profesor de Derecho de la Universidad DePaul y presidente del Instituto Internacional de Derecho de los Derechos Humanos, publicado cuando Abdul Rahmán fue detenido. 'La conversión de un musulmán al cristianismo' escribía Bassiouni, 'no es un crimen punible con la muerte bajo la ley islámica, al contrario de las acusaciones del caso Abdul Rahmán en Afganistán'. Muchos portavoces musulmanes insisten en lo mismo en programas de radio, atacándome como 'islamófobo' por señalar los muchos textos islámicos que textualmente exhortan a que los apóstatas sean asesinados.
 
Aún así, la idea de que la pena capital por apostasía siempre ha sido un elemento de 'los fundamentos de la sagrada religión del Islam' es algo que algunos musulmanes nunca han hecho ningún esfuerzo por maquillar o negar. IslamOnline, una página controlada por un equipo de académicos islámicos encabezados por el internacionalmente influyente jeque Yusuf al-Qaradawi, explica, 'si una persona cuerda que ha alcanzado la pubertad comete voluntariamente apostasía del Islam, merece ser castigado. En tal caso, es obligatorio que el califa (o su representante en funciones) le solicite que se arrepienta y vuelva al Islam. Si lo hace, se acepta, pero si rehúsa, será inmediatamente asesinado'. ¿Y si alguien no espera a que aparezca el califa y se toma la justicia por su mano? Aunque el asesino ha de ser 'amonestado' por 'saltarse la prerrogativa del califa y tomar sus privilegios', no 'se paga con sangre por matar a un apóstata (o cualquier penitencia)' - en otras palabras, no hay un castigo significativo para el asesino.
 
Estas leyes se remontan a las palabras y las obras del profeta del Islam, como explico en mi nuevo libro La verdad sobre Mahoma. Cuando 'forzó su entrada' en La Meca, según su biógrafo Ibn Sa'd, 'la gente abrazó el Islam voluntariamente o a la fuerza' (Ibn Sa'd, II.168). El profeta del Islam ordenó a los musulmanes que luchasen contra aquéllos individuos o colectivos que se resistieran a su avance en la ciudad -- a excepción de una lista de personas a ser asesinadas incluso en caso de buscar refugio en la propia Ka'bah. Una de ellas fue Abdaláh bin Sa'd, un ex musulmán que en tiempos había sido empleado de Mahoma encargado de redactar las revelaciones coránicas; pero posteriormente había apostatado y vuelto al [culto] quraysh. Fue descubierto y llevado ante Mahoma junto con su hermano, y suplicó clemencia al profeta del Islam: '¡acepta la súplica de Abdaláh, Apóstol de Alá!' Abdaláh repitió esto dos veces, pero Mahoma permaneció impasible. Después de que Abdaláh lo repitiera una tercera vez, Mahoma aceptó.
 
Tan pronto como Abdaláh se fue, Mahoma se volvió a los musulmanes presentes en la sala e increpó: '¿es que no hay un hombre sabio que le haga frente al ver que impedía que mi mano aceptase su súplica, y le matase?'
 
Los presentes, inmediatamente, respondieron: '¡No sabíamos tus verdaderas intenciones, Apóstol de Alá! ¿Por qué no nos hiciste una señal con la mirada?'
 
'No es aconsejable', dijo el profeta del Islam, 'que un profeta haga gestos engañosos con la mirada'.
 
La apostasía del Islam siempre había sido para Mahoma el mal supremo. Cuando era señor de Medina, algunos criadores de caballos llegaron a la ciudad y aceptaron el Islam. Pero no les gustó el clima de Medina, de modo que Mahoma les dio unos cuantos camellos y un guía; una vez que estuvieron lejos de Medina, los comerciantes mataron al guía, soltaron los camellos y renunciaron al Islam. Mahoma les hizo perseguir. Cuando fueron capturados, ordenó que les fueran amputados los pies y las manos (en cumplimiento del Corán 5:33, que ordena que aquéllos que provocan 'la corrupción de la tierra' sean castigados con la amputación de sus manos y pies en lados alternos), que sus ojos fueran arrancados con barras de hierro al rojo, y que fueran abandonados a morir en el desierto. Sus súplicas de agua, ordenó, tienen que ser rechazadas.
 
Las tradiciones son claras en que una de las principales razones de que el castigo fuera tan severo es que estos hombres habían sido musulmanes, pero se habían 'convertido en renegados'.Mahoma legisló para esta comunidad que ningún musulmán puede ser condenado a muerte excepto por asesinato, relaciones sexuales ilegales, o apostasía. Dijo textualmente: 'Si alguien [musulmán] abandona su religión, mátalo”.
 
A la luz de todo esto, provoca incredulidad que los practicantes de apología islámica en Occidente aseguren que, en palabras de Ibrahim B. Syed, presidente de la Fundación Internacional de Investigaciones Islámica de Louisville, Kentucky, 'no existe registro histórico que indique que Mahoma (que la paz sea con él) o cualquier otro de sus compañeros condenase a muerte alguna vez a alguien por apostasía'. Este tipo de afirmación puede ser reconfortante para los no musulmanes, que prefieren creer que la condena a muerte dictaminada contra Abdul Rahmán es algún tipo de anomalía. Desafortunadamente, esta afirmación simplemente no está de acuerdo con los hechos de la vida de Mahoma. Que tales afirmaciones no sean cuestionadas no hace sino subrayar la necesidad de que los occidentales se informen de las verdaderas palabras y obras de Mahoma - lo que hace las acciones de los estados islámicos y de los grupos jihadistas mucho más inteligibles que las palabras de los apologistas islámicos de Occidente.
 
La exigencia de los secuestradores de que Abdul Rahmán sea devuelto a Afganistán ilustra lo vacío de los argumentos que escuchamos todo el tiempo - acerca de cómo debemos apoyar a presuntos musulmanes moderados como Bassiouni absteniéndonos de notar la debilidad y lo infumable de sus excusas. Mientras somos educados con presuntos 'reformistas', los radicales musulmanes implementan alegremente los elementos de la ley islámica ante los que alucinados no musulmanes sacuden sus cabezas y acuerdan que no existen.
 
Es bueno que el gobierno italiano no dé muestras de estar considerando devolver a Afganistán a Abdul Rahmán. Sería mejor si el gobierno de los Estados Unidos, del que depende el régimen afgano para prolongar su supervivencia, llamase a los afganos a abandonar las provisiones de la sharia en la Constitución de la nación, y a afirmar en términos inequívocos la libertad religiosa y de consciencia. Puesto que las acciones de los secuestradores han puesto al gobierno afgano en una tesitura peculiar. ¿Qué pueden decir los funcionarios afganos? ¿Que no quieren que los secuestradores pongan las manos encima de Abdul Rahmán, porque quieren matarlo ellos mismos? Las exigencias de los secuestradores son un desagradable recordatorio de que Estados Unidos ha depuesto un régimen de shari'a en Afganistán, los Talibanes, sólo para reemplazarlo con otro. El Departamento de Estado debería pedir a los afganos que aprovechen la ocasión de estas exigencias para solicitar una exhaustiva reevaluación del papel del Islam en la vida pública afgana. Pero esto, por supuesto, es menos probable que ocurra aún que el retorno de Abdul Rahmán a Afganistán con vida. Una certeza es que la gente continuará sufriendo por la libertad religiosa en Afganistán - bajo la mirada indiferente del ejército de la coalición.


 

 
 
Robert Spencer es director de Jihad Watch y autor de 5 libros, 7 monografías y numerosos artículos acerca del terrorismo islamista. Licenciado con honores en Estudios Religiosos por la Universidad de Carolina en Chapel Hill, lleva desde 1980 estudiando teología, derecho e historia islámicos en profundidad. Es adjunto de la Free Congress Foundation, y sus artículos acerca del islam aparecen en el New York Post, Washington Times, Dallas Morning News, el National Post de Canadá, FrontPage Magazine, WorldNet Daily, Insight in the News, Human Events o National Review Online entre otros. Entre sus textos se encuentran algunos de los libros más conocidos acerca del terrorismo islámico, como “El mito de la tolerancia islámica” (Prometheus Books, 2005. ISBN 1591022495), “La guía políticamente incorrecta del islam” (Regnery Publishing, 2005. ISBN 0895260131), o “El islam al descubierto: cuestiones preocupantes sobre la religión de mayor crecimiento del mundo.”