Metternich
por
Iskren Kirilov ,
02 de Septiembre de 2010
(Del libro Metternich. Le séducteur diplomate, de Charles Zorgbibe. Editions de Fallois, 2009)
En abril de 1848, a la llegada de Clement de Metternich a Londres, a quien la ola revolucionaria en Europa obligó a exiliarse en la isla, el Times sentenciaba: “ha caído el último escombro del viejo sistema” (p. 477). Según este periódico, el antiguo Canciller austriaco había conseguido frenar e impedir durante un tiempo nada menos que el progreso de la humanidad. ¿Quién era este hombre de ojos azules y mirada benévola capaz de engañar al propio Dios, en palabras de Stendhal, y qué habrá hecho para merecer un juicio tan severo?
Charles Zorgbibe, Profesor de Derecho Público en la Sorbona, conocido en España por su Historia de las Relaciones Internacionales publicada en 2000, es el autor de esta excelente biografía de Clement de Metternich, cuyo objetivo es arrojar luz sobre una de las figuras históricas más relevantes de la primera mitad del siglo XIX. Se trata de una obra muy bien documentada que relata en orden cronológico la vida personal y política del flamante canciller austriaco, cuyo paso por la historia marcó el inicio de una nueva etapa en las relaciones internacionales que se prolongaría hasta la Primera Guerra Mundial. En realidad, este libro va más allá del mero relato biográfico, siendo su auténtico protagonista la diplomacia en el continente europeo después de la Revolución Francesa.
El vencedor de Napoleón, el artífice del Concierto europeo, el “cochero de Europa”, el hombre que hizo bailar al ritmo del vals vienense a todos los Monarcas del Viejo continente era, según sus coetáneos, el mentiroso más grande del mundo civilizado. Talleyrand, su homólogo francés, decía de él que mentía siempre, pero que no engañaba a nadie, a diferencia de Mazarin que engañaba, pero no mentía. Metternich permanecía impasible ante las críticas y confiaba en el veredicto de la historia. Él mismo se consideraba como “un viejo médico en el gran hospital del mundo” (p. 492). Su medicina predilecta fue el arte de gobernar, que curiosamente aplicaba sólo a la política exterior. En efecto, Metternich se aburría sobremanera de la administración del Estado y aborrecía la política interior. Este hecho no debe sorprender tratándose de un hombre cuyo talento principal consistía en seducir y encantar. Unas cualidades que podían ser desarrolladas sólo en las relaciones con sus pares, pero que carecían de sentido y utilidad en el ejercicio exclusivamente vertical del poder, típico de un régimen autoritario. Curiosamente su escasa participación en los asuntos internos fue bastante desconocida, tanto dentro como fuera de su país, habiendo sido considerado desde siempre como el responsable máximo de la gestión del Estado – particularmente desastrosa tras la muerte del Emperador Francisco I de Austria en 1835 -, lo que contribuyó a que se consolidara su fama de estadista despótico.
El futuro Canciller de Austria, nació fuera de sus fronteras en Coblenza, en la región de Renania-Palatinado. Metternich pertenecía a una familia de aristócratas que ejercían el oficio diplomático. Cuando tenía quince años, su padre lo matriculó junto con su hermano menor en la prestigiosa Escuela Diplomática de Estrasburgo. Las enseñanzas recibidas en Estrasburgo y posteriormente en la Universidad de Maguncia, dejarían una huella indeleble en su manera de concebir el mundo y las relaciones internacionales.
El matrimonio de conveniencia de Metternich con la nieta del poderoso Canciller de María-Teresa, el Conde von Kaunitz, dio un empujón importante a su carrera diplomática. La gran admiración hacia el difunto abuelo, un personaje emblemático de aquella época, hacía más soportable la unión con una mujer que Metternich encontraba muy poco atractiva. No deseando separarse de su hija, el padre de Eleonor, había impuesto a su futuro yerno la condición de no aceptar ninguna misión al exterior antes de su muerte, lo que retrasó con dos años el inicio de sus andares diplomáticos. Metternich dedicó este tiempo a lo que consideraba la pasión de su vida – las ciencias exactas y naturales. En esta época acostumbraba a visitar hospitales e incluso asistía a operaciones quirúrgicas.
Tras su primera misión diplomática en Dresden, fue enviado como Embajador a Berlín y desde allí a París en 1806. Metternich permaneció en la capital francesa hasta 1809, lo que le permitió estudiar y analizar en profundidad, cual fuera un científico, el carácter y el comportamiento del Emperador de los franceses, llegando a convertirse en el mayor “experto en Napoleón”. Concluyó que el gran hombre de Francia era un “parvenu”, carente de cultura, buenas maneras y saber estar, cuyo éxito se debía en gran parte a las circunstancias favorables de un “mundo en disolución”. Metternich reconocía y admiraba en él la inteligencia al servicio de la acción, pero despreciaba el “producto de la revolución”, muy distinto del modelo de hombre refinado y culto que le habían inculcado en la Escuela Diplomática.
Su encuentro con Napoleón fue muy distinto de aquello que se había producido un año antes con el zar ruso Alejandro I. Metternich fue subyugado por la inteligencia y el carisma del joven monarca místico. En los años venideros, los dos iban a ser los principales hacedores de los destinos de los pueblos europeos.
La idea napoleónica de una monarquía universal se encontraba en las antípodas del equilibrio europeo preconizado por Metternich. La monstruosidad de este proyecto (p.84), en ojos del diplomático austriaco, justificaba el uso de cualquier medio, incluida la traición del pacto de sangre suscrito mediante el matrimonio de Napoleón con María Luisa, la hija del Emperador austriaco; urdido por el propio Metternich ante la amenaza de que Napoleón se casara con una de las hermanas del zar ruso, lo que hubiera marginado Austria.
La primacía del equilibrio entre las potencias europeas, la oposición frontal a todo acto subversivo o revolucionario, así como la fidelidad absoluta a la Corona de Austria, o lo que es lo mismo en aquella época, la defensa del interés nacional por encima de todo, son los tres principios rectores de la política de Metternich.
La idea del equilibrio europeo encuentra su máxima expresión durante el Congreso de Viena cuando las potencias vencedoras decidieron reintegrar a Francia en el concierto europeo en lugar de castigarla con indemnizaciones de guerra y perdidas territoriales (es llamativo el contraste con la política de Bismarck sesenta y cinco años más tarde), haciendo una distinción clara entre Napoleón, definido como la principal amenaza para la paz en el continente, y el pueblo francés.
El Congreso de Viena marca un punto de inflexión en las relaciones internacionales e inaugura la era de las cumbres y reuniones de los jefes de Estado y de sus plenipotenciarios. Conviene recordar que durante el Antiguo Régimen los monarcas no se reunían ni siquiera con motivo de las bodas dinásticas. Si bien el Congreso de Viena será para siempre vinculado al nombre de Metternich, la idea original de un “gobierno de facto en Europa” que se reuniese periódicamente para discutir los problemas del continente, no fue suya sino de su homólogo británico Lord Castlereagh. El Secretario de Foreign Office era la viva encarnación del espíritu europeo en Gran Bretaña, y la persona que mejor conocía los asuntos al otro lado de la Manche. Sin su ayuda hubiera sido imposible unir en una Alianza, las monarquías conservadoras del Centro y del Este de Europa con la Inglaterra liberal y la Francia de la Restauración.
En Estrasburgo, el joven Metternich había sido testigo del asalto al Ayuntamiento de la ciudad, que pretendía emular la toma de la Bastilla. Este motín provocó el más rotundo rechazo del aristócrata que lo calificó como “un acto de vandalismo cometido por un populacho en delirio, por una multitud de imbéciles que se consideraban el pueblo” (p. 22). Su animadversión hacia la Revolución, reforzada tras la ejecución de María Antonieta en 1793, lo acompañó durante toda su vida, convirtiéndolo tal vez en el último gran exponente del Antiguo Régimen.
Seductor y cosmopolita hasta en sus amores - tres esposas austriacas, tres amantes rusas y tres amantes francesas, de lo más granado de la época -, la auténtica patria de Metternich fue Europa, pero en su pecho siempre batió un corazón austriaco.
Read english version
- Compartir
-