Mauritania: Golpe de Estado con olor a petróleo

por Ana Camacho, 20 de septiembre de 2005

(Publicado en MUNDO NEGRO - nº 499 - septiembre 2005)
 

La Junta Militar que el pasado 3 de agosto derrocó al presidente mauritano Ahmed Uld Taya ha enarbolado la bandera de las libertades democráticas para justificar el paso con el que ha puesto fin a los más de veinte años de Gobierno de su antiguo colega. Su objetivo, han asegurado en un comunicado, es “poner fin a las prácticas totalitarias del régimen derrocado que en los últimos años han sometido a un gran sufrimiento al pueblo mauritano”. Pero la tradicional sensibilidad de este país magrebí a las sacudidas del conflicto en el Sahara Occidental, las fricciones provocadas por el alineamiento de Taya con Estados Unidos y la inminente entrada de Mauritania en el club de los productores de petróleo, proyectan muchas dudas sobre el auténtico móvil de la asonada militar.
 
Las sublevaciones militares han sido una constante en la historia de Mauritania desde la proclamación de su independencia de Francia, en 1960. El propio coronel Taya también había llegado al poder por esta vía con un golpe de Estado con el que en diciembre de 1984 apartó al presidente Mohamed Juna Uld Haidalla, aprovechando que éste se hallaba fuera del país para participar en Burundi en una cumbre franco-africana. Pero, a diferencia de sus antecesores, a partir de 1991, Taya puso en marcha una democratización que en 1992 desembocó en las primeras elecciones presidenciales multipartidistas. Su premio fue el triunfo en las urnas con el 62,65 por ciento de los votos frente al 32,75 por ciento de los obtenidos por el que entonces era su principal rival, el primer presidente de Mauritania, Moktar Uld Daddah.
 
La consolidación de esta apertura democrática tuvo que abrirse paso en un escenario altamente inflamable por las tensiones étnicas que enfrentan a la población árabe-bereber con la minoría negroafricana y las contradicciones de una sociedad que en apenas veinte años ha tenido que renunciar a la vida de los pastores y comerciantes nómadas para asentarse en los centros urbanos. Todo ello, rociado con ese peligroso combustible que es la pobreza endémica (400 dólares de renta per cápita en 2003) en un territorio devorado por el desierto del Sahara: este mismo año Mauritania ha sido uno de los países del Sahel que ha padecido el azote de la plaga de langostas y la sequía que han hecho estallar la hambruna en el vecino Níger y que, según la ONU, podría poner en peligro de muerte a los habitantes de otros países vecinos, incluidos unos 600.000 mauritanos (casi la quinta parte de la población) para los que ya se ha movilizado una ayuda de 10 millones de dólares.
 
Las dificultades de índole interna recibieron, además, la onda expansiva procedente de un entorno geopolítico muy agitado por el conflicto del Sahara, la rebelión tuareg en el vecino Malí, la ofensiva islamista en Argelia y sus particulares roces con Senegal. El régimen de Marruecos, por ejemplo, nunca se resignó a que Mauritania, un país clave para la solución del conflicto del Sahara Occidental, tras apoyarle en su guerra contra el Frente Polisario, optase por firmar la paz con los saharauis y reconocer a la RASD (República Árabe Saharaui Democrática).
 
No ha habido fisuras ni en las fuerzas armadas ni en los cuerpos de seguridad. Gracias a ello, dicen, aprovechando que Taya se hallaba en Arabia Saudí para asistir a los funerales del rey Fahd, pudieron tomar la capital en menos de 24 horas y sin que se produjesen ni muertos ni heridos. Una de las claves de esta unanimidad es que esta rebelión ha contado con la luz verde de Ely Uld Mohamed Vall, jefe desde 1987 de la Seguridad Nacional y, curiosamente, responsable del descabezamiento de las tres intentonas anteriores.
 
Todos condenan el golpe
 
Especialmente duras han sido las condenas de Estados Unidos y la Unión Africana. El embajador estadounidense en Nuakchott ha exigido en su primer contacto con Mohamed Vall la devolución del poder al derrocado presidente. Pero la pureza de sus intenciones queda en entredicho por el temor a que el cambio de régimen suponga la pérdida de uno de sus más valiosos soportes para la estrategia que el presidente Bush ha emprendido para impedir que el desierto del Sahara se convierta en un nuevo santuario de los terroristas de Al Qaeda. Taya fue uno de los primeros gobernantes de la zona en adherirse a la iniciativa Pansahel con la que Estados Unidos inauguró en 2002 el envío de instructores y material para que los ejércitos de los países del Sahel puedan garantizar, con un esfuerzo conjunto, el control de sus fronteras indispensable para acabar con los salafistas argelinos y los traficantes de armas que surten a este y otros grupos islamistas.

Otro motivo de preocupación para Washington es que los principales partidos de la oposición nunca aceptaron que Mauritania, nominalmente una República Islámica, se convirtiese con Taya en el tercer país de la Liga Árabe y el único del Magreb que mantiene relaciones diplomáticas con Israel. Todos acusan a Taya de esgrimir la amenaza del terrorismo islámico para eliminar a sus rivales políticos acusándoles de extremistas y defienden que una de las medidas ineludibles para evitar que el fundamentalismo se convierta en un mal real es la ruptura con Tel Aviv que han incluido en sus programas electorales.
 
Menos dobleces presenta la postura de la Unión Africana, que ha suspendido la participación de Mauritania en las actividades de la organización mientras sus nuevos gobernantes no vuelvan al orden constitucional. El presidente en ejercicio de la Unión Africana, el jefe del Estado nigeriano, Olusegun Obasanjo, tras denunciar sin “equívocos” el derrocamiento de Taya, anunció consultas con otros dirigentes africanos para lograr “una acción concertada”.
 
La iniciativa de la Junta Militar ha sido recibida en Nuakchott con manifestaciones de alegría en las que han participado miles de personas. Estas muestras de júbilo, el apoyo recibido por los partidos opositores y esa unidad dentro del ejército que ha hecho superflua la imposición del toque de queda o el recurso a los controles militares, han sido los principales argumentos con los que el flamante CMJD ha evitado, en la ronda de entrevistas que se entabló a las pocas horas del golpe con las embajadas extranjeras, el aislamiento diplomático que obligó al hijo de Eyadema a celebrar elecciones.
 
Sólo el Partido Republicano Democrático y Social que lidera el propio Taya ha rechazado el “cambio anticonstitucional”. El resto de las fuerzas políticas, desde los progresistas hasta los islamistas, han legitimado el golpe, aunque con reservas. Su aprobado final lo condicionan a “los hechos”, es decir, a que los militares cumplan sus promesas de “crear las condiciones favorables para un juego democrático, abierto y transparente” y, por el momento, les parece sospechosamente exagerado el plazo de dos años que los nuevos gobernantes han asegurado necesitarán para constituir “verdaderas instituciones democráticas” antes de devolver el poder a los civiles.
 
La sombra del petróleo
 
La oposición tiene motivos para desconfiar. En primer lugar, Mohamed Vall y los demás miembros de la junta han sido pilares del régimen que ahora condenan. Además, es inevitable asociar su repentino cambio de opinión con el milagro que está a punto de convertir uno de los países más pobres del mundo en una boyante potencia petrolera, con unas reservas de importancia similar a las que han convertido a Angola en la segunda productora de crudo del África subsahariana después de Nigeria.
 
Woodside Petroleum, la segunda petrolera de Australia, está a punto de perforar el primero de los seis pozos con los que tiene previsto iniciar a comienzos del 2006 la producción de 75.000 barriles de crudo diarios en el yacimiento de Chinguetti, situado a unos 85 kilómetros de Nuakchott, en pleno Océano Atlántico. A unos 25 kilómetros, Fusion Oil -otra petrolera australiana que también ha negociado con el Frente Polisario- ha anunciado nuevos descubrimientos de crudo y gas en el yacimiento de Tiof, que podrían sumar unos 200 millones de barriles. La francesa Total, la británica Premier Oil, la española Repsol, la China National Petroleum -número uno en China-, Petronas, el Grupo BG, el Grupo Hardman, Baraka Petroleum (otra australiana que ha tratado con Marruecos por el petróleo del Sahara) o la mauritana Roc Oil, son algunas de las empresas que han logrado permisos de exploración para tomar parte en el festín de los 1.000 millones de barriles de petróleo y 30.000 millones de metros cúbicos de gas que, por el momento, se calcula se ocultan en las profundidades marinas y del Sahara.
 
La primera decepción de los opositores ha sido la inclusión en el nuevo Gobierno nombrado por la Junta Militar de numerosos antiguos altos cargos de Taya. Entre los que repiten, destaca el ex ministro de Exteriores Ahmed Uld Sidi Ahmed, denostado como el artífice de las relaciones entre Mauritania con Israel y que vuelve a hacerse cargo de la diplomacia mauritana.