Más motivos por McCain

por Charles Krauthammer, 5 de noviembre de 2008

(Publicado en The Washington Post, 31 de octubre de 2008)

La semana pasada di motivos evidentes para votar a John McCain: En un mundo peligroso que entra en una era de proliferación nuclear sin control, la elección entre el candidato con más preparación en política exterior que se recuerda frente a un novato sin ninguna experiencia y la noción de un mundo interconectado cogida con alfileres no es resulta comprometida.        

Pero la cuestión es la economía y los asuntos cotidianos que preocupan al electorado, nos dicen. De acuerdo. Empecemos por la economía.
 
Ninguno de los candidatos tiene conocimientos económicos particularmente profundos ni una intuición económica agudamente incisiva. Ninguno tiene una idea clara de qué hacer exactamente en la debacle financiera actual. Demonios, ni el uno ni el otro ni nadie, incluyendo a las mentes económicas más privilegiadas del mundo, desde Henry Paulson al gerente del Banco Central Europeo. Pero aún así han logrado salir del paso con cierto éxito.
 
Tanto McCain como Barack Obama han reunido gabinetes económicos cuidadosamente seleccionados que pueden diferir sólo en los detalles de sus planes pero que tienen acercamientos razonables para gestionar la crisis. De manera que olvide el bombardeo propagandístico. Ningún candidato tiene ventaja alguna sobre el otro en este terreno.
 
En los demás asuntos nacionales, McCain es simplemente el conservador moderado que en tiempos hizo las delicias de la institución de los medios de Washington, el defensor de una miríada de herejías conservadoras que le convirtió en el dolor de muelas de los Republicanos del Congreso y George W. Bush. Pero ahora se interpone a una rehabilitación Demócrata en su variante audacia-de-la-esperanza, por lo que los antiguos amigos de McCain se echan atrás con el pretexto de que repentinamente se ha vuelto de derechas.
 
Bazofia interesada. McCain es el mismo de siempre. Hablando en general, él concibe el gobierno como un contrapeso Rooseveltiano (Teddy con un toque de Franklin) a los diversos malhechores de la riqueza y el poder. Quiere que el gobierno aborde amenazadoras obligaciones tales como la seguridad social o Medicare. Quiere liberar cobertura sanitaria empezando a separar su extenuante relación con el empleo -- un ruinoso accidente de la historia (que se deriva de la Segunda Guerra Mundial y los controles de los precios) que incrementa el temor a la pérdida del puesto de trabajo, pone freno a la movilidad laboral y lastra a la industria estadounidense con costes que le empujan a la insolvencia (véase Detroit.) Y apoya tipos contributivos marginales y corporativos más bajos para estimular la creación de empleo y la iniciativa.
 
Una agenda ecléctica, moderada y centrista en general en un tipo entregado al bipartidismo de manera casi congénita.
 
Obama, por otra parte, habla cada vez menos de bipartidismo, su tarjeta de presentación durante su etapa mesiánica anterior. Él no necesita hacerlo. Si gana, contará con generosas mayorías Demócratas en ambas cámaras. Y al contrario que en 1992, Obama no es ningún Clinton centrista.
 
¿Qué va a ganar usted?
 
(1) Tarjeta de afiliación sindical, que se traduce en la abolición del voto secreto en la homologación de los sindicatos en el espacio laboral. Grandes armarios roperos irán a su casa por la noche y le pedirán que firme una tarjeta de afiliación a un sindicato. Firmará.
 
(2) La denominada Doctrina de Imparcialidad -- un proyecto de Nancy Pelosi y destacados senadores Demócratas -- una aberración de corte Hugo Chávez diseñada para abolir el debate radiofónico conservador.
 
(3) Jueces que se extralimitan hasta de la creatividad constitucional que esperamos de los jueces designados por Demócratas. Jueces elegidos en función del criterio públicamente anunciado de Obama: “empatía” hacia 'los pobres o afroamericanos o discapacitados u homosexuales' -- en un sistema legal sustentado históricamente sobre el ideal de justicia totalmente independiente de la situación vital de uno.
 
(4) Una ampliación sin precedentes del poder del gobierno. Sí, lo sé. Ya ha sucedido. Un gobierno conservador ya ha nacionalizado parcialmente la industria hipotecaria, la industria aseguradora y nueve de los bancos estadounidenses más grandes.
 
Todo esto se perdona generalmente porque todo el mundo entiende que la presente crisis exige medidas extraordinarias. La diferencia estriba en que los conservadores se inclinan instintivamente a hacer temporales las medidas así. En tanto que una administración Obama-Pelosi-Reid-Barney-Frank va a encontrar irresistible la tentación de utilizar las herramientas heredadas -- 700.000 millones de dólares de gasto en gran medida sin control -- como oportunidad de oro para rehacer radicalmente la economía americana y el contrato social.
 
Esto no es socialismo. No es el fin del mundo. Supondría, sin embargo, un giro decididamente izquierdista a la estela del Great Society de Lyndon Johnson. La alternativa es una administración McCain con una presidencia conservadora y moderada presidiendo un gobierno dividido y en general inclinado a resistirse a un modelo socialdemócrata europeo de regulación social y económica que ofrece, por ejemplo, tipos fiscales marginales distribuidores de la riqueza que asfixian el crecimiento.
 
La elección de la seguridad nacional en estas elecciones está cantada. La elección de la política nacional es más equívoca porque es ideológica. McCain es la quintaesencia del candidato de centro-derecha. Pero el país de naturaleza de centro-derecha se dispone a rechazarle. El hambre de catarsis anti-Republicana y la promesa deslumbrante de esperanza Obamista resultan simplemente demasiado irresistibles. Los lamentos vendrán por la mañana.


 

Charles Krauthammer fue Premio Pulitzer en  1987, también ganador del National Magazine Award en 1984. Es columnista del  Washington Post desde 1985.
 
 
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