Más allá de la complacencia. Los anti antiterroristas presionan a favor de un desarme unilateral

por Clifford D. May, 31 de julio de 2008

A menudo se dice que los atentados del 11 de septiembre de 2001 fueron “una advertencia” que forzó tanto a la clase política como al público a tratar de forma seria (aunque tardíamente) un peligro que por años había sido minimizado y marginado.
 
Pero como Andrew McCarthy aclara en sus magníficas memorias, Willful Blindness (Ceguera Voluntaria), la modorra persiste; demasiada gente aún no admite que “en una época en la que las armas de destrucción masiva se han convertido en más accesibles que nunca antes, el islam militante puede plantear una verdadera amenaza existencial para Estados Unidos. Como mínimo, constituye una amenaza estratégica formidable”. 
 
Los partidarios de una defensa fuerte se han visto avasallados en todo momento por los izquierdistas que culpan primero a Estados Unidos (“Los efectos negativos se están dejando sentir ahora”), por los paleo-conservadores que creen que los americanos que se aventuran en el extranjero suscitan inevitablemente que se agiten los avisperos y por los libertarios que ven amenazas contra las libertades civiles detrás de cada iniciativa contraterrorista. 
 
El hecho de que no haya habido un ataque catastrófico en suelo americano durante casi 7 años ha envalentonado a esta coalición de anti antiterroristas. Ellos están seguros de que la razón por la que no nos han atacado recientemente - como a Londres, Madrid, Bali, Bagdad, Kabul etc. - no tiene nada que ver con ninguna de las medidas tomadas por la administración Bush.
 
De hecho, un nuevo libro, The Dark Side: The Inside Story of How the War on Terror Turned into a War on American Ideals (El lado oscuro: Los entresijos de cómo la guerra contra el terrorismo se convirtió en una guerra contra los ideales americanos) por Jane Mayer de la revista The New Yorker, afirma que después del 11 -S, al presidente Bush y al vicepresidente Cheney “les entró el pánico” e implementaron una politica que ha alimentado el terrorismo antiamericano y que ha violado tanto leyes domésticas como internacionales.
 
Según esta narrativa, la administración creó “un gulag americano” en el que cientos de inocentes musulmanes han sido objeto de abusos, humillaciones y torturas. Mayer llega tan lejos como para acusar a Bush y a Cheney de “hacer de la tortura la ley oficial de la nación en todo menos en el nombre”.
 
El propósito de esta crueldad - el uso de “métodos de la KGB” - no era para obtener información acerca de tramas terroristas que salvara vidas, afirma Mayer. Era obtener “confesiones falsas”. El propósito de todo esto es un misterio ya que otra acusación es que Bush ha actuado como si Estados Unidos tuviera la autoridad legal para detener a combatientes ilegales durante el tiempo de las hostilidades. (No parece habérsele ocurrido a Mayer que todos los presidentes en todas las guerras anteriores han disfrutado de la misma autoridad).
 
Los medios progres se están tragando esta historia completita. En un programa de la radio pública tuve una presentación conjunta con Mayer la semana pasada. El moderador no estaba muy interesado en saber si el relato de Mayer era veraz. En lugar, lo que quería saber es si yo estaba de acuerdo con lo que su libro implicaba a las claras y es que necesitamos “una comisión que averigüe la verdad”, algo similar a la que se estableció en Sudáfrica después del apartheid para revelar si la administración Bush cometió “crímenes de guerra”.
 
Usando un atajo para ir de acusación a convicción, el columnista de White House Watch del Washington Post, Dan Froomkin, describió el libro de Mayer como “otro importante libro que narra el descenso a la anarquía”.
 
Y una recensión del libro en el Washington Post por el catedrático de la Universidad de Boston, Andrew J. Bacevich (y partidario de Barack Obama) afirma que Mayer ha establecido de una vez por todas que “en el Washington de George W. Bush, las decisiones que importan las toman en secreto un puñado de personas nombradas por el presidente y comprometidas con la idea de que nada debe inhibir que el ejecutivo ejerza su poder”.
 
Uno podría preguntar: En el Washington de William J. Clinton, ¿lo de bombardear la fábrica de farmacéuticos de al-Shifa en Sudán - sospechosa de fabricar armas químicas por un acuerdo entre Saddam Hussein y Osama bin Laden - se decidió en un cabildo abierto? 
 
Más concretamente: ¿Hay alguien que seriamente se crea que una guerra contra tenebrosos grupos terroristas se puede llevar a cabo sin más secreto que el que rodea a una decisión sobre política sanitaria? (Y ya que estamos, ¿no estuvo envuelto en secretismo el grupo de trabajo de Hillary Clinton para estudiar lo de la asistencia sanitaria?)
 
Frank Rich del New York Times sabe por qué salieron las cosas mal: Bush y Cheney miraron demasiada televisión. “Poseídos por los escenarios de bombas por explotar a lo “24”, todo lo que quieren hacer es proteger a Estados Unidos contra otros ataques terroristas” afirma Rich.
 
Uno puede argüir que la obligación primera del gobierno federal es proteger a Estados Unidos. Pero eso no tiene ningún efecto sobre aquellos que, como escribe Max Boot, distinguido miembro del Council on Foreign Relations, insisten en que “nos vayamos de Irak, deroguemos la ley PATRIOT, eliminemos la autoridad de vigilancia del Ejecutivo, forcemos la liberación de los detenidos en Guantánamo y los enviemos al sistema regular de la justicia penal, impongamos incluso mayores restricciones a los interrogatorios de sospechosos de terrorismo y que en general disipemos la sensación de urgencia que ha guiado a las iniciativas americanas de contraterrorismo desde el 11-S”.
 
Lo que vendría después de tal desarme unilateral no es difícil de predecir. Incluso entonces, ¿cuáles son las posibilidades de que cualquier anti antiterrorista finalmente despertara?

 
 
Clifford D. May, antiguo corresponsal extranjero del New York Times, es el presidente de la Fundación por la Defensa de las Democracias. También preside el Subcomité del Committee on the Present Danger.
 
 
 
 
©2008 Scripps Howard News Service
©2008 Traducido por Miryam Lindberg